BLOG SOBRE JUAN PASQUAU - PERIÓDICO INTEMPORAL



PERIÓDICO INTEMPORAL DEDICADO A JUAN PASQUAU

Para que vuelvan a acercarse a la obra del escritor ubetense quienes tuvieron la suerte de conocerlo, para que lo descubran quienes no lo conocieron, para que todos crezcan en permanente conversación con sus escritos y su pensamiento.

lunes, 13 de diciembre de 2010

EN UNA NOCHE OSCURA...






¡Qué mundo!, ¿eh? Y ¡qué vida ésta! Los suspiros “son aire y van al aire” ; pero al salir el suspiro encuentra la palabra y se vertebra la queja…¡qué mundo éste! Y, sin embargo, este mundo es la escena, también, de los poetas y de los santos.

Porque cada uno encuentra en seguida su estúpido que zaherir, su loco de quien hablar; no es difícil que cada uno tenga para las ocasiones su malvado, inclusive, del, que hacer uso en el placer –barato– de la murmuración. Pero cerca de nosotros pueden alentar, alientan de seguro, las almas limpias. ¿Pocas? Por lo pronto, ahí están los poetas. (Poesía es el arte de ruborizar al pensamiento haciéndole afluir a la faz el ardimiento oculto.) Y los ascetas, pagando los cristales que los demás hemos roto. Y los justos que viven en esperanza…La Tierra es destierro, y, no obstante, mirada con ojos limpio ofrece su cara de paraíso perdido. Los árboles, el agua, la luna y los pájaros son inocentes. Hay espíritus con perfume de flor, no lejos quizá de la planta venenosa, del hombre que no ha cavado pensamientos ni ha cultivado amores. ¿Por qué todo tan repartido y… tan poco separado? La discriminación del trigo y la cizaña es una operación sutil reservada a Dios. Aquí todo, informe, crece junto y hasta amiga junto. Con frecuencia, dentro de una misma alma. Y ése es el drama. Porque extirpando cizañas corremos el riesgo de malograr espigas. O espigando podemos herirnos. Y viviendo, inutilizamos razones. Y cuántas veces la razón –mal esgrimida– inutiliza vidas. Ahí está el drama.

Los poetas han elegido la mejor parte. Van soñando caminos. Pasan mostrando tirsos de belleza. Noblemente –tímidamente, porque la nobleza desecha la baladronadas– se acercan a nosotros hombres confusos con su ofrenda lírica. Están las cosas concretas, rotundas, definidas; llega el poeta –huso y rueca– y ataca, audazmente, la madeja uniforme, laminando los conceptos hasta sorprender los hilos extraños. Llegan los poetas, lanzan su metáfora y la lengua canta, musical, como una doncella encandilada de piropos… Mejor aún si los poetas mondan los conceptos y los presentan en su desnuda integridad, sin adherencias. Cuando la idea se desnuda es siempre bella. En el último fondo, belleza y verdad coinciden. ¿Belleza y verdad unidas no constituyen, acaso, el entramado, el dibujo, la forma del Bien?

Es, justamente, lo que en este artículo se pretende considerar. La verdad, la belleza y el bien no forman compartimentos estancos. ¿Tres poderes? ¿Tres “estados”? No; nada más tres vertientes, tres aspectos de una pureza única. Trinidad –belleza, verdad y bien– que muchas veces no se manifiesta ostensible porque sucede, ocurre, que una “falla” originaria plegó la vida, el mundo, rompiendo continuidades y dislocando concordancias. Exactamente, como en la geogenia acaece en el hombre. Desnivelada, presionada, la primigenia estructura quebró su armonía, y el Bien roto tomó nombres diferentes. Nombres, según la altura. ¿Cómo unos se quedaron con la poesía; otros, con la razón; otros, con la virtud; otros…, sin nada? Quizá hay criminales con una honda vena poética y santos con subsuelo de terrosa, anodina vulgaridad. En ciertos hombres está encima lo que en otros yace. Topamos con los del buen fondo –“en el fondo es buena persona”– que erizan en la superficie sus púas de agresividad. Como contraste, no es difícil tropezarse con los que enseñan una dulzura –que no es necesariamente ficticia– y esconden con loable esfuerzo sus bajos instintos. Todos, por eso, merecemos piedad. El mundo, sí, es una falla asombrosa. No son raras las simas que enriquece el oro y las cumbres que coronan las malezas. El mundo es un fracaso –clave: la Caída– con fragmentos sublimes de su primer orden, de su divina estirpe. Cascote de gráciles ánforas rotas es la Humanidad, si bien cascote redimido de Esperanza…

La mejor sorpresa es cuando encontramos, concordantes, razón, bondad y belleza; cuando advertimos que ningún plegamiento hostil ha deshecho dentro del hombre la perfecta unanimidad. Me fijo, ahora, en San Juan de la Cruz –cada año, en noviembre, San Juan opone sus categorías a las anécdotas de Don Juan–, síntesis maravillosa en que se “confabulan” el más elevado lirismo, la más fina sabiduría, el más denodado esfuerzo de la voluntad. Santo de “líneas armoniosas”, espíritu sin zonas de hundimiento. Leyéndole, pensamos –vemos– que el mundo del santo y del poeta procede de la misma raíz, o, mejor, que el santo es la lógica consecuencia del poeta cuando éste, en lugar de pararse, avanza; avanza sin temor a los “fuertes y fronteras”.

Uno tiene sus preferencias. Para mí, cuando leo a Juan de Yepes, el “otro” poeta es Antonio Machado. Cuando leo a Antonio Machado, el “otro” es Juan de Yepes. ¿Verdad que son muy distintos? Pero la misma agua mueve sus molinos…

Previa una labor de prospección, la vena poética del autor de «Soledades», ¿no se hermana con la del autor del «Cántico»? Pero , claro está, la tectonia es diferente en uno y otro. El de Fontiveros prefirió mantener las “líneas armoniosas”, pero hubo alteración en la disposición, hubo ruptura en los estratos del “profesor de lenguas vivas”. Y, a la postre, la sedimentación espiritual que uno y otro ofrecen no puede resultar más distante. A don Antonio se le esconde Dios entre la niebla –él lo dice–; Juan de Yepes hace el vacío de la “Noche oscura”, y en el centro de las “Nadas” se le aparece el Amado. Al poeta, los suspiros se le tornan hieles; a “San Juan del Ay” –“¡Ay, quién podrá sanarme!”–, en los gemidos le florecen rosas. Machado desfallece en la búsqueda; el carmelita rastrea trascendencias en la emoción transida de las cosas:

Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura
y yéndolos mirando
con sólo su figura
vestidos los dejó de su hermosura…
¿Termina el poeta donde el santo empieza? En el de Fontiveros, el “logos” se sublima; pero en el cantor de los campos de Castilla el “logos” se derrumba, deviene en “pathos”. Y, sin embargo, los dos han renunciado al “mundo”, a ese mundo que juzga por las apariencias sin penetrar la desnuda belleza. Los dos han visto el “prado de verduras, de flores esmaltado”. Ante él, el frailecico inundado, cegado por la visión, inquiere, pregunta, anhela; “Decid si por vosotros ha pasado.” Jadeante, montero mayor del espíritu, suelta sus lebreles:

Buscando mis amores
iré por esos montes y riberas,
ni cogeré las flores
ni temeré las fieras
y pasaré los fuertes y fronteras.
El fraile, osado, emprende la aventura; pero Machado –triste maestro de melancolías– ha enflaquecido en la demanda:

¡Ojos que a la luz se abrieron
un día para, después,
ciegos tornar a la tierra
hartos de mirar sin ver!
Y por eso en “San Juan de Ay” cesa la angustia en el hallazgo:
Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.
Mientras el profesor de Baeza nada más sueña:

Anoche soñé que oía
a Dios qritándome ¡Alerta!
luego, era Dios quien dormía
y yo gritaba ¡Despierta!
¡Qué mundo!, ¿eh?... “el ave divina, trocada en pobre gallina.” Habrá que saltar las bardas del corral. Pero, ¿quién sabe el ardid? ¿Quién acierta el camino? ¿Y las alas…? Juan de Yepes cuenta su huída:

En una noche oscura,
con ansias en amores inflamada
salí sin ser notada
estando ya en mi casa sosegada;
a escuras y segura
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a escuras y en celada
estando ya mi casa sosegada.
San Juan de la Cruz es el poeta, con todas las consecuencias, que “continúa”, que no se contenta al soñar caminos; que sigue el camino hasta agotar la andadura. Porque al final de la línea poética, si no hay “falla” ni quiebra, está ciertamente Dios.

(ABC, 22 de noviembre de 1969)

(Fotografía: Luis María Moreno Cobo)

domingo, 12 de diciembre de 2010

EN LA CALLE SAN JUAN DE LA CRUZ.-




Había de tener el santo dedicada en Úbeda una calle así: una callejuela, no una vistosa avenida. ¿No parecería bastante extraño, lo de “Gran Vía de San Juan de la Cruz”? San Juan de la Cruz, para hablar con Dios, para cantar de Dios –para orar, para poetizar–, se “instalaba” en el centro del alma. Al centro del alma, creemos, no se llega sino a través, precisamente, de inusitadas callejuelas del pensamiento. Es muy compleja, muy difícil, el alma; no está trazada a cartabón. Y sus “distancias” no pueden ser medidas a compás: no son, jamás, distancias en línea recta. Por eso, cualquier operación intelectual exige doblar muchas esquinas, superar muchos obstáculos topográficos del alma... y del cuerpo. ¿Quién es capaz de conocerse mediante lógicas geometrías analíticas? ¿Quién, introspectivamente, usando de trazados en ángulo recto, podrá introducirse en el meollo de la genuinidad, de la intimidad? (En la intimidad, está abolida la línea recta.) Para encontrarse a sí mismo hay, en todo momento, que atreverse más, siempre más, en el sinuoso dédalo de la “complicación” personal.

Cada hombre es una “persona”; he aquí una verdad –con apariencias de perogrullada– que olvidamos con frecuencia. Porque cada persona es –se sabe hasta la vulgaridad– un mundo. Un mundo distinto y aparte que, como tal, informado de vivencias exclusivas probablemente, adolece de un trazado peculiar, de un plano vital diferente. Sucede en el trabajo de la introspección que podemos creer que hemos dado con nosotros mismos, que nos hemos encontrado, cuando llegamos a éste o el otro rincón, a cierta esquina del alma que, a lo mejor, para otros, representa algo así como el centro geográfico de sus vidas pero que, para uno, está situado más acá o más allá. Así, nos confundimos, erramos. Y, creyendo constatar nuestra carácter específico en lo que, probablemente, puede ser en nosotros, accidente o circunstancia solamente, desistimos de penetrar más hondo, más adentro de la propia intimidad. Y sospechamos entonces que, más adentro, sólo podemos hallar barrios miserables, oscuros: deleznables suburbios de nuestra personalidad. ¿No preferimos circular, más bien, por las anchas vías del genérico afán común, tapiando nuestra mismidad, entregándonos al tráfico –más social que personal– de la convivencia, del sentir uniforme? Eliminamos de esta manera lo más valioso de nosotros mismos; hurtamos lo más sincero, a nuestro autoconocimiento.

Pero enseñó el santo carmelita a penetrar, a través de inextricables caminos, en el recinto último del espíritu. Desde su último recinto, San Juan hablaba con el Señor, cantaba al Señor. Es un reducto apartado de Úbeda, pues; superadas muchas esquinas –paraje ambiguo, complicado de callejas– tenía que encontrarse el convento en que murió el Cisne de Fontiveros. Porque el alma es, quizás, una “vieja ciudad”. Y San Juan de la Cruz era el nocherniego insaciable de esa oscura, difícil, “vieja ciudad”.

(De BIOGRAFÍA DE ÚBEDA)

(Fotografía: Justin and Sophie)

viernes, 10 de diciembre de 2010

ESTABILIDAD




La vida siempre es «interina», pero se añora, irremediablemente, lo estable. Precios interinos, salud interina, tristeza y alegría temporeras.. Todos somos temporeros porque, ¡ay!, nos movemos en el tiempo. Y sin embargo ansiamos con todas nuestras fuerzas pertenecer a un escalafón seguro, a una plantilla vital. Y no hay ricos de plantilla, ni hombres sanos de plantilla, con salud garantizada. Ni nos aguarda el «ascenso» de manera irremisible. ¿Por qué? La vida es radical inseguridad, constante tanteo. De ahí los desengaños. Todo el mundo se desengaña alguna vez. Pero si se desengaña es porque antes se ha engañado, porque antes ha creído demasiado.

No obstante hay épocas más inseguras que otras. Por lo visto, la nuestra es inestable, en grado extremo. De un día a otro cambian los gustos, las mentalidades, el arte y las ideas.. Parece que cuando, en siglos pasados, una costumbre (sea cual fuere) se ganaba un prestigio, había costumbre para rato. Y hasta en el comercio la estabilidad era un hecho: había precios para rato. Brinton glosa –por ejemplo– la estabilidad de los mercados en la Edad Media. Entonces, la ley de la oferta y demanda no existía y, según él, los beneficios del vendedor eran un concepto de salario. Economía estática. No existía el progresismo en el sentido que ahora se da a la palabra. Se achacaban los cambios al pecado; nunca, a la evolución natural.. Y si la economía era tradicionalista, ¿cómo no iban a serlo las ideas?

No hay que envidiar a la Edad Media ni a ningún tiempo pasado. Tampoco hay que desdeñar a ninguna de las cosas que fueron y ya no son.

El hecho es que vivimos en un tiempo en que la inestabilidad es ley. Todavía hace un siglo, los padres podían prever el futuro de sus hijos y acertaban con ligeras variantes. Y la herencia que se recibía –material o espiritual– era una circunstancia que predeterminaba y «conformaba» muchas actitudes. El rico sabía que, salvo accidente fatal, seguiría siendo rico. Y el hombre educado, por otra parte, estaba en inmejorables condiciones de seguridad siendo hombre educado. Hoy no. Hoy, cualquier actitud tiene que vencer innumerables resistencias. Hoy, propiamente, no hay estados de ánimo sin lucha. Hoy dominan las «impresiones de ánimo». Los colores están suplantando el dibujo y las vibraciones efímeras y aleatorias de la personalidad pugnan por quebrar cualquier línea de conducta. Si cada mañana varía el precio de la carne, cada atardecer entra en crisis el cuadro de las convicciones. ¿Qué va a suceder mañana?.

Ha entrado a la habitación en que trabajo un hijo mío, un niño de siete años.

—Papá ¿cuánto tiempo va a durar el buen tiempo?

—No lo sé, hijo mío.

No. No sabe uno nada. Si fuese el tiempo climatológico lo único imprevisible... Pero hay muchas cosas importantes cuya vigencia uno tampoco puede garantizar.

¿Qué será de este niño mañana? Por supuesto, si Dios lo quiere, será un hombre del mañana. Pero ¿cómo serán los hombres del mañana? ¿Sus ideas? ¿Sus preferencias? ¿Sus normas? ¿Sus principios? Nadie puede aventurar un juicio. Antes, los padres leían, aproximadamente, en el «porvenir» de sus hijos. Deletreaban al menos su futuro. Antes, cuando el tiempo era en «tempo» lento. Ya es dificilísimo; ya el ritmo dinámico, en velocidad creciente, nos aleja la visión.

—Papá, ¿Hasta cuando dos y dos van a ser cuatro?

—No lo sé, hijo, no lo sé.

(Diario JAÉN, 24 de diciembre de 1964)

martes, 7 de diciembre de 2010

SE ESCRIBE CON MINÚSCULA




Es precisa la reconciliación. Pero corremos el peligro de hacer de la reconciliación un tópico; de dejarla en palabra. Y es que, generosamente, sentimos una especie de entusiasmo -más bien retórico- hacia un perdón universal, hacia la idea noblemente ambiciosa de un desarme unánime de los espíritus. Pero esto es como querer que de la noche a la mañana cesen los nublados y las tormentas en todas partes. Es desde luego más viable y más eficaz que cada uno comience no con «la» reconciliación —sublime tema— sino con «una» reconciliación al alcance de su mano. ¿No empiezan las enfermedades a nivel celular? También la salud. Si todos queremos que por lo menos amengüen estas salvajadas que cada mañana nos trae el periódico o nos sirve la televisión al tiempo de la sopa —ejecuciones en masa, actos de terrorismo, secuestros, asaltos, guerras—, de nada va a servir, probablemente, una «condena» a nivel de opinión prudentísima y equilibrada. Menos aún va a servir una condena con veneno dentro, de esas que pretenden acabar con un conflicto promoviendo un conflicto nuevo y se ponen agresivas para evitar la agresión. De otra parte, propugnar reconciliaciones de alto voltaje sentado en mi mesa de despacho me es comodísimo, además de ser virtuosísimo. ¿Qué trabajo me puede costar decir que sería preferible perdonar a esos «golpistas» o a esos «revolucionarios» que en Abisinia y en el espacio de una noche (pongo por ejemplo) han llevado a dedo, sin trámite judicial alguno, sesenta y tantas ejecuciones de dirigentes políticos? Ya se sabe (y no sé por qué se sabe) que el asesinato de un político empieza a ser un asesinato venial (y no sabe uno por qué venial) en la época de la apoteosis de los derechos humanos; y por eso, no hay filantropía y humanismo más fácil que el de exhortar perdones, reconciliaciones, comprensiones, tolerancias y sonrisas pensando en fricciones o enfrentamientos que me son lejanos, que no afectan —por lo menos, de momento— a la integridad personal propia, a mi fama, a mi hogar, a mis trabajos, a mi familia, a mi dinero o a mi hacienda.

Creo que erramos la metodología hacia la paz, la reconciliación y el amor, empleándonos en altas —o más bien inaccesibles— empresas lejanas, abstractas o utópicas. Si yo comenzase no con la Paz, sino con mi paz, y no con el Amor, sino con mi amor, y no con el Perdón, sino perdonando a este prójimo que tengo al ladito en lugar de al distanciadísimo prójimo que no conozco..., entonces, en el limitado círculo en que yo vivo se notaría el esfuerzo. Está claro que la vida social está constituida por una serie de circunferencias secantes y tangentes y no por un conjunto de círculos concéntricos. Teniendo esto en cuenta, lo mejor es que cada uno principie pacificando su área y así alguna vez lograremos entendernos. Pero la gente —y todos somos gente— queremos poner el carro delante de los bueyes y casi creemos que la maldad o el egoísmo o la crueldad personales van a terminar cuando cesen las ambiciones y las guerras universales, más bien anónimas y despersonalizadas. No es eso. O el cáncer se ataja desde el inicio evitando la proliferación de células enfermas o no hay nada que hacer. La violencia empieza en el fondo del alma de cada hombre. Pero se origina de una forma que parece, seguramente, inofensiva. La guerra la declaramos todos al menor descuido con gestos, actitudes y palabras que engendran odios y sentimientos a los que apenas concedemos importancia por considerarlos minúsculos.

Don Manuel puede empezar cada mañana «poniéndose nervioso», nada más después de haber tomado el desayuno, ante el desplante inoportuno del adolescente barbudo que le ha tocado en lote. Y Jorgito —que es mi joven amigo—, ¿no empieza también la guerra cada jornada con un «¡no lo aguanto!» proferido ante un señor mayor cuyo defecto alguna vez no es otro que el de que le gusta Campoamor, o que se pone un poco enfático cuando va a pronunciar ante una concurrencia «unas breves y agradecidas palabras», o que perteneció al partido de don Melquíades Álvarez? También está Andrea, que empieza todos los días su guerra particular contra Elisa, a lo mejor nada más a causa del peinado, del vestido o de la sonrisa suficiente. También está don Pablo, que es rico, y como habla con cara de rico, no hay quien se resigne a perdonárselo. También está Fulánez, que es un pedante de tomo y lomo, Y Mengánez, que es tránsfuga y un veleta. También Leonardo, que es un «intelectual» y se escucha. Y Telesforo, que es un ignorante y quiere que le escuchen. Y, ¿cómo va usted a perdonar a Leandrito, que le hace la competencia —usted dice que «arteramente» y él que «lealmente»— en su profesión? Y, ¿cómo voy a reconciliarme yo con ese cargante de Marcelino que anda por ahí, el muy tuno, disfrazando con elogios su desdén a mi labor al frente del departamento «equis» de la empresa «efe»? Y en cualquier caso, Renato no olvida que usted es liberal y usted no excusa que Renato sea un «ultra». Tampoco es paja que Luis sea catalán y Manolo, de Valladolid. O que Gregorio sea partidario del Real Madrid y don Antonio, del Atlético. Siempre hay motivos para declarar imbécil y contrario a alguien, si uno se empeña. No hay hombre que no tenga un fallo por donde agarrarle. Y cuando no lo tiene, se lo inventamos. Y si somos incapaces de inventárselo, le llamamos «hipócrita» y va que arde.

¿Por qué nos levantamos cada día que Dios nos concede con el deseo secreto de una pequeña batalla, aunque sea de una escaramuza, contra el prójimo, contra ese individuo que nos estomaga no por otra cosa sino porque lo tenemos delante, o porque no nos gusta la manera con que dice «buenos días», o cómo masca los alimentos, o cómo mira, o cómo anda, o cómo se ríe? ¿Por qué no somos capaces de «perdonar» una opinión que no va con la nuestra, o de tolerar un gesto que no va con nuestro estilo, o una manera de hablar que nos hiere el tímpano? ¿Por qué Catalina no prueba a ser simpática con la «antipatiquísima» Adela y por qué don Máximo y don Mínimo no se ponen a jugar al ajedrez pacíficamente cuando empiezan a erizárseles las crestas ideológicas?

Estamos a tiempo. Reconciliación no es palabra alta con pilares y cúpula. No es palabra para discursear y no comprometer. Estamos a tiempo. Reconciliación se escribe con minúscula.

(IDEAL, 4 de diciembre de 1974)

lunes, 6 de diciembre de 2010

AFINIDAD, CONCORDIA, CONSENSO






Naturalmente la palabra “consenso” existía ya, pero ha sido la democracia española quien la ha puesto en circulación y la ha estampillado para el mercado, cambio y recambio político. Es, creo, la influencia de los “medios de comunicación social”, pero ya el “consenso”, aún en parcelas lejanas a lo político, se ha hecho vocablo poco menos que insustituible. Hasta en las reuniones familiares de Pascua, no se hablaba de “acuerdos” a la hora de elegir una bebida o un turrón, sino de “consensos”. Y cuando nos reintegramos, tras este breve paréntesis, al respectivo trabajo, en las oficinas, en los andamios, en las “besanas” (pobre palabra antigua), en los “tajos”, en los consejos económicos y en las juntas cofradieras, ante cualquier situación difícil en discusiones y decisiones se va a salir en seguida del paso, no con disposiciones ejecutivas, no con ajustes de criterio, no con confrontación de razones, sino con la creación de “comisiones de consenso”. Ya que está claro —nos lo dice cada día la prensa— que cuando los políticos, en quienes tenemos puestas unos y otros nuestras esperanzas, no alcanzan el fenomenal fruto maduro del azucarado “consenso”, se esfuerzan ahincadamente por lograr como plataforma las bases previas de un consenso. Y el que no se conforma, el que no “consensa”, es porque no quiere. ¿No hay consenso? Pues hay plataforma para el consenso. ¿No hay plataforma para el consenso? Pues hay comisión para formar la Junta Organizadora que siente las bases para hacer posible la plataforma que probabilice el consenso.

Trato de ver las diferencias entre “acuerdo” —palabra potable de siempre— y “consenso”, concepto en agraz muy de moda. Claro está que hay diferencias. El “consenso” parece referirse a un común sentir acerca de fenómenos, más o menos físicos, que están ahí con nosotros o contra nosotros, pero irrenunciables y fuera de lo opinable. Por ejemplo, digo yo, si no hubiese consenso sobre la existencia de la ley de la gravedad, habría que crear todas las comisiones y subcomisiones necesarias hasta conseguirlo, ya que desentenderse de la ley de gravedad seria catástrofe y ni los partidos políticos, ni los sindicatos, ni las disposiciones para la salvaguardia de los derechos humanos, podrían formular ningún voto particular a este respecto. De la misma manera, en España se han formado y se formarán todos los comités precisos hasta conseguir el “consenso económico” de forma efectiva, ya que no se trata de pensar con los mismos módulos una idea o un principio filosófico; sino de constatar con el mismo sentido —y con iguales sonidos, ver, oír, oler, gustar y tocar— una precaria, peligrosa, angustiosa casi, situación de una Economía. A la que hay que poner remedio no desde distintos puntos de vista políticos, sino con idéntica situación de certeza a la que produce el comprobar que si no quiero mojarme cuando llueve tengo que abrir el paraguas, o que si no quiero que me aplaste la cabeza un kilogramo de plomo que se cierne sobre mi cabeza, antes o después tengo que quitar la cabeza de debajo del kilogramo de plomo. Los “consensos”, pues, vienen determinados por la Naturaleza y hay que adoptarlos sin remisión, sin preguntar antes, uno a uno, a todos los miembros de la minoría que se oponga al consenso.

Pero el “acuerdo” es otra cosa, menos necesaria y, por tanto, más elevada, más noble. La ley de gravedad, o la reforma económica, no precisan sino del consenso, de la apreciación sensorial —de los testimonios corticales, ventaneros, de los sentidos—; pero el “acuerdo” urge las instancias de los corazones. Acuerdo, acordo, concordia, son alusiones que demandan no la aportación testimonial de la retina o de la trompa de Eustaquio, sino de la víscera cordial. Hay acuerdo cuando son los sentimientos personales, y no las leyes físicas o parafísicas universales, las que nos inclinan a una provisional coincidencia en las apreciaciones. Si hay, pues, consenso, para abrir el paraguas cuando llueve, tiene que haber algo más, tiene que existir acuerdo, para sumirse en una misma admiración a San Francisco, a Miguel Ángel, a Goethe o a Mozart, porque la coincidencia apreciativa, en el segundo caso, nace de capas más profundas, no corticales; menos inexorables pero, precisamente por eso, más cualificadas. El acuerdo pone en comunicación almas y emociones. El consenso, nada más relaciona intereses y apetitos insoslayables.

Todavía, en plano más eminente, están las afinidades. Significan infinitamente más que los consensos y mucho más que los acuerdos porque articulan, no sensaciones, no sentimientos, sino globales enjuiciamientos, cosmovisiones, concepciones del mundo. Así, puede haber no solo consenso, sino también acuerdo, entre un marxista y un católico cristiano a la hora de admirar a Shakespeare o venerar a Newton. Pero no puede haber afinidad entre ambos cuando se trata de interpretar el proceso de la historia, de opinar sobre los secretos fundamentos del Cosmos, de apreciar misterios, de formular los términos de la auténtica Esperanza y de definir y sentir a Dios.

Consenso, concordia y afinidades se mueven en planos diferentes. No hay que confundir. Es disparate sacar a colación el término “consenso”, cuando se necesita nada menos que una “afinidad”. Sería inútil, entre un luterano y un cardenal de la Iglesia Romana, querer lograr consensos acerca del significado de la Misa. Igual de inútil resultaría aspirar al consenso entre un ateo y un budista al buscar una definición de la Providencia, o entre un comunista y un cartujo, acerca del concepto de la Comunidad. Pero no menos disparatado resulta ambicionar afinidad donde basta acuerdo e incluso solamente consenso. La democracia en muchas ocasiones suele perderse por estos vericuetos. Los acérrimos partidistas que hacen de un partido nada menos que una religión con sus dogmas, fundamentos metafísicos y preceptos morales, y que confunden una opción política —de por sí aleatoria y fungible— con una “profesión de fe”, están haciendo dificilísima la Política que, posiblemente, no es nada más que el arte de lo posible. El resultado es que cuando se disponen al simple “consenso” quisieran englobar en el mismo la complejidad entera de los personas. Y. así, cuando aún no han terminado de coincidir acerca de las cláusulas de un reglamento, reclaman afinidades de «última filosofía», ¡Si los políticos se contentaran con hacer de los hombres excelentes ciudadanos! Pero parece como si ello fuera lo que menos les importa, cuando despliegan todo su entusiasmo en hacernos de la izquierda, de la derecha o del centro. Si nada más la política aspirase al patriotismo, a la buena ciudadanía y al bienestar común los “consensos” deben ser facilísimos.

Y quizás la política pudiera contentarse con consensos, para el logro de los cuales basta la lógica y el sentido común. Pero otras instancias otras apelaciones, están llamadas a conseguir resultados más altos, están llamados a alcanzar concordias. Para ello ya, además de fría lógica, se necesita corazón.

Aún más allá, las profundas ideologías y la religión tienen encomendado el procurar para los hombres afinidades con arreglo a una visión entramada y honda del mundo y sus cosas, sin rehuir las primeras y últimas preguntas, sin esquivar la seriedad, la fuerza y el misterio de la Vida.

Pero invertimos los términos, confundimos, y así nos va. “Todo aprieta —escribía Ortega y Gasset hace treinta años— para que se intente una nueva integración del saber, que hoy anda hecho pedazos por el mundo”. Y esos pedazos —pienso yo— nos los arrojamos, como energúmenos los unos a los otros para hacer de los pedazos pedacitos.

Vamos a ver si hay consenso para que, por lo menos, de los pedazos no hagamos pedacitos. Y así, se harían posibles, con un poco de optimismo, las concordias después de los consensos, con vista a ulteriores afinidades. (Para mí el Pacto de la Moncloa tiene el defecto de que confunde consensos, concordias y afinidades, haciendo que cuando ya nos disponemos en busca de una concordia no hayamos efectivamente pasado aún del consenso, o que persigamos consensos por el camino más largo y difícil, es decir, por el de las afinidades ideológicas previas. En suma, hay quien dice que es procedimiento de alta política poner los carros delante de los bueyes).

(Diario JAEN, enero de 1978)

domingo, 5 de diciembre de 2010

LA TORRENUEVA.-




Es bueno subir hasta la Torrenueva, “a eso de la oración”. Aunque un guardia municipal regula el tráfico rodado de la Torrenueva, ésta tiene, todavía, un aire muy local. Pero es el caso que, en la Torrenueva, ya no hay ninguna torre. Y el barrio, que tiene ya su pátina, no es barrio del todo.

¿Por qué elegimos la “hora de oración” –la del anochecer– para ir a la Torrenueva? Quizás, por la vecindad del barrio con el campo, es a estas últimas horas de la tarde cuando en la ancha y desaliñada plaza –en la que hasta hace poco musitaba su canción una fuente–, y en la calle que lleva el mismo nombre, se respira una animación de gentes que vuelven de las faenas agrícolas. Sobre todo durante la recolección de la aceituna, este cruce de caminos que antaño fue la Torrenueva, paso obligado de las “cuadrillas” que vienen de la “Villa Arriba”, cobra una impensada “actualidad”. La Torrenueva está unida al centro del pueblo por la calle Trinidad. Cuando del centro llegamos a la Torrenueva, sentimos la impresión de que el tiempo ha retrocedido cincuenta años. Y, sin embargo, a derecha e izquierda está flanqueada la Torrenueva por unas avenidas “ilustradas” de garajes y talleres de reparación de automóviles. Y muy cerca están las calles, tiradas a cordel, insólitas en Úbeda, de La Carolina, Virgen de Guadalupe y Virgen del Pilar. No importa: este barrio es una página amarilla, antigua de Úbeda; página rústica interferida en la encuadernación moderna, de cemento, que sirve de cobertura a la topografía oriental de la ciudad, representada por la Avenida de los Mártires. Y más recientemente, por la flamante avenida de Ramón y Cajal.

(De BIOGRAFÍA DE ÚBEDA)

(Fotografía: Archivo de Pedro Mariano Herrador Marín)

viernes, 3 de diciembre de 2010

UN PROGRE EN EL FÚTBOL




El árbitro ha señalado fuera de juego y Rolando protesta:

―Pero hombre, ¿cuándo va a evolucionar esto? Desde setenta años que tenemos fútbol, seguimos con esta superstición. Es la superstición del centímetro. Basta un centímetro más o menos para cortar una bonita jugada.

Rolando es progresista. ¿Quién ha chutado? Acaba de dar un chupinazo el futbolista Pablo y Rolando exclama:

―Creo sinceramente que hay que desmitificar el «chut» desde fuera del área. Eso es un «chut» de casualidad; ¿no es puro espectáculo? No sirve eso.

Continúa el partido y el árbitro amonesta a un jugador.

―Esta es otra, comenta Rolando en voz alta queriendo que le oigan. ¡Esta es otra!, alza la voz indignado. He ahí el árbitro, representante histórico, tradicional, caduco, de la censura, del autoritarismo, del castigo, de la sanción. ¿No te das cuenta de que vivimos en el siglo XX y que cualquier reminiscencia inquisitorial huele a vejuna y a... ovejuna? ¿Por qué el árbitro va a la caza de «penaltyes», de «córners» y de «offsides», como el Tribunal del Santo Oficio iba a la caza de herejías y de brujas? ¿No estaría mejor, no sería mucho más noble, más de acuerdo con los «derechos de la persona», responsabilizar a cada jugador de su jugada, de su puntapié y de su gesto? No me lo negarás: mientras existan árbitros, habrá escándalos en los campos de fútbol.

Continúa el juego con alternativas diversas. Tardó bastante en producirse el primer gol, pero vino, Rolando aprovechó para otra perorata. Yo le oía cortés y atento.

―Oye ―me dice―, ¿qué opinas del gol? ¿No crees que debiera modificarse su concepto? Todos los buenos aficionados estáis empecinados en una ortodoxia inoperante, anquilosada, estúpida. Habéis hecho del gol un dogma y no admitís una formulación distinta. No admitís que un balonazo que da en el poste también sea gol. ¡Con lo que se animarían los partidos concediendo gol a los balonazos en el «palo»! También creéis que todo gol que se mete con la mano no es válido. Es no respetar la conciencia del delantero centro. Porque si un jugador mete un gol con la mano y asegura que su intención ―su recta intención―, no era tocarlo con los dedos y que fue el balón el que le tocó a él..., si el delantero, que es mayor de edad, asegura esto, ¿qué derecho tenemos a no creerlo?

Le contesté que cuando respetamos la conciencia, la mano y las intenciones de todos los delanteros centro del mundo, sin la menor réplica y sin la más mínima duda y sin ninguna reserva, pues entonces, los goles metidos con la mano iban a abundar como los higos en la higuera y como las bellotas en las encinas; pero Rolando, que es un progresista que quiere que a todo el mundo se le respete la opinión, empieza por no oír por un instante las razones de su interlocutor.

Así es que los veintidós futbolistas proseguían de acá para allá, unas veces con ahínco, otras con desgana.

―¡Inmovilismo!, ¡inmovilismo!, gritaba Rolando. Ya está bien lo de seguir las reglas y tradiciones de siempre. Esto del fútbol hay decididamente que revolucionarlo. El más imbécil se da cuenta de que dos tiempos de cuarenta y cinco minutos, constituyen una salvajada, un atentado a la integridad física de los futbolistas. Con diez tiempos de diez minutos, con intervalos frecuentes de descanso, los jugadores estarían en todo momento más descansados y buscarían el gol con más entusiasmo. Y habría tiempo para tomarse un chupito todos los espectadores cada diez minutos. Pero los dos tiempos de cuarenta y cinco no se les hubieran ocurrido ni a los organizadores del circo romano. ¡Qué brutos! Pero claro: los ortodoxos del deporte creéis que vuestro ritual y vuestra liturgia siga en 1974 igual que en 1904. Las mismas vestimentas en los competidores, la misma idiotez del saque inicial, la misma vestidura de luto del árbitro e igual incluso la grada de espectadores, siempre dura e incómoda. ¿Por qué no hay butacones en la preferencia y sillas de gutapercha en la general? Hay que ir con los «signos de los tiempos», amiguito.

―Vaya un conservadurismo ―exclama Rolando un minuto después―. ¿Has visto cómo ha manejado la pierna izquierda Lopito II, para driblar a su contrario? Ha hecho lo mismo que hace cuarenta años hacía Samitier. Muy bonito, pero eso ya lo hizo Samitier. Hay que inventar «fintas» nuevas y «dribling» distintos. Hay que renovarse.

―Vaya un triunfalismo. ¡Esto raya en lo «constatiniano» hombre! ¿Has observado? ―sigue diciendo Rolando, ante una bonita jugada. ¿Por qué aplaude la gente tanto? La gente viene al fútbol a ovacionar las bonitas jugadas como si todo lo bueno fuera esto, como si no fuese el porvenir quien nos va a traer el gran fútbol, el nuevo fútbol desvinculado de estos doctrinarios arcaicos bebidos entre nosotros en la fuente de ese santón reaccionario que se llama Escarín. Hay que desenfundar el deporte.

―¿Qué hay que hacer?, ¡leña!

―¡Ah, pues hay que hacerlo todo, modificarlo todo! Hay que plasmar el nuevo gol, el nuevo córner, la nueva portería, las nuevas camisetas de los jugadores, las nuevas dimensiones del campo, los nuevos tiempos del encuentro, los nuevos espectadores, los nuevos aplausos y el nuevo marcador.

―¿El nuevo balón también?

―También, hombre, también. ¿No sabes que la artesanía del cuero arranca de los árabes? Hora es ya del inédito material para el balón evolucionado. Desmitificar, secularizar, ecumenizar, liberar, promocionar a la afición, conseguir unas nuevas «estructuras» con sistemas de puntuación inéditos para la Nueva Liga. ¡Progresar, hombre, progresar! Y si no, morir y no lo olvides: participación. El público debe ratificar en referéndum al efecto los resultados de los partidos.

Así habló Rolando. Yo me temo que las ideas de Rolando van a tener escasísimo éxito entre los aficionados al fútbol. Lo que me extraña sobremanera es que los mismos argumentos de Rolando, poco más o menos, aplicados a cuestiones mucho más serias que el deporte, empiezan a tener una universal aceptación en gente que no parece tonta.

(Diario JAÉN, 3 de diciembre de 1974)