BLOG SOBRE JUAN PASQUAU - PERIÓDICO INTEMPORAL



PERIÓDICO INTEMPORAL DEDICADO A JUAN PASQUAU

Para que vuelvan a acercarse a la obra del escritor ubetense quienes tuvieron la suerte de conocerlo, para que lo descubran quienes no lo conocieron, para que todos crezcan en permanente conversación con sus escritos y su pensamiento.

sábado, 2 de abril de 2011

MARÍA SANTÍSIMA DE LA AMARGURA





«Stabat Mater Dolorosa». Si el horrible deicidio, si el cruel drama del Calvario necesitaba un contrapunto de feminidad, estaba María. Estaba, enjugando en su amargura de Mujer Madre, la Amargura del Hijo, el Dolor del Maestro de los mártires.

Ninguna cosa como el dolor, necesita de compañía... Se lastimaba aún más el dolor de Cristo en todas las aristas de la incomprensión; sangraba su tristeza herida, al pasar por las almas egoístas, como guijarros. Sólo la compasión de la Madre hacía hueco, hacía piedad, a la Pasión del Señor. Era la Ternura, la suprema ternura encajando en su supremo corazón toda la anchura de la tragedia. Era un cáliz de humanidad para la Sangre de Dios; era un ánfora blanca para las lágrimas del Justo; era un Testamento vivo para la Voluntad del Hombre.

Si la Virgen María no fuese una realidad teológica, una verdad eficiente y palpitante, representaría en la Historia el Símbolo más bello, el Mito más azul de la existencia. Pero por fortuna Ella existe; existe Ella como existe Dios y la Liturgia se adorna de primavera para alabarla; se ilumina de poesía la suólica al invocarla en las deprecaciones metafóricas de la letanía lauretana; florece la oración en auroras de esperanza en la ascensión de la Salve, como un incienso entre los inciensos.

Ahora, en Semana Santa, Ella, la Virgen es, ante todo, «Mater Dolorosa»; nos enseña Ella su Amargura. Una Amargura que no la rinde, que no la derriba, que no la vence, porque es una Amargura que ha encontrado fortaleza de la Mujer, y en vano es batida la fortaleza de la Mujer. Porque María estaba: junto a la Cruz, Península de Humanidad; istmo de Amor tendido hacia las playas eternales en la hora oceánica, procelosa, de las Tinieblas; puente de la Gracia alzado sobre la riada sucia y desbordante, pútrida y rota. «Stabat Mater», estaba María y su presencia redime, con su luz, el escenario oscuro. Redimió Jesús a los hombres en el Gólgota; junto a la Cruz, María redimió al Gólgota mismo.

En esta imagen de Juan Luis Vasallo, de la Cofradía ubetense de «Jesús de la Caída», ¿qué ha plasmado el artista? Es una Amargura que el Corazón de María ha cernido en lluvia fina, fertilizante; en un Dolor —inmenso dolor— en que rielan las estrellas. Es una Pena que Ella nos refleja, germinada ya de soles nuevos.

(Revista VBEDA, Año 5, Núm. 51, 10 de marzo de 1954)

(Fotografía: Miguel Ángel Lechuga Álvaro)

martes, 29 de marzo de 2011

LA LLUVIA, SUS MEMORIAS







Esta luz de la tarde lluviosa no tiene deseos: hay en ella como una resignación de no ser sol. Entonces, ¿la lluvia es tristeza? Pero hay antes que saber qué es la tristeza...

Los poetas, mejor que nadie, han analizado sus espectro. Están la negra tristeza, la tristeza gris —color de hastío— y ya casi desligados de dolor y pena que amordazan, esos sentimientos que se acercan a los polos de la estricta belleza. Por ejemplo, la melancolía, la nostalgia, pueden constituir un placer para el espíritu.

Música romántica esta vez. ¿Liszt? ¿Schumann? El pasado gotea sobre la hierba porque —ello parece seguro— la lluvia nos trae siempre una ráfaga de tiempo ido. Nos lo vuelve a acercar todo: las interminables sesiones de la escuela, el primer juguete, la primera pereza, la ilusión inaugural y... el primer paraguas. Y como la lluvia siempre llora lo mismo, como no es progresista, no hay miedo de que nos traiga evolucionados los perfumes aquellos. ¡Ay, la estética del pasado! ¿Qué hacemos con el pasado? No; no podemos nutrirnos de él porque la historia es irreversible. Pero cabe restregar en su paisaje la mirada apresurada. El pasado como sedante: ya basta. (Yo tenía la preocupación de mis exámenes. Sonaban unas campanadas náufragas en el ocaso cárdeno. Era una tarde de inicios de primavera con rosas, sol y tormenta. Yo, junto a una ventana, descifraba, sin alientos, el «Quosque tandem...». ¡Quién se acordaría de aquellas deliciosas naderías si no fuese por esta caricia de la lluvia gris!)

Pero de ordinario no vemos en la lluvia sino sus aspectos molestos. Miopes para su belleza, la sensación primaria que de ella nos llega —es un obstáculo para nuestro caminar o impide la diversión— nos tapa su ser entrañable. Que la lluvia es triste, parece cierto. Pero por ser la suya una tristeza impersonal, objetivizada, nos alcanza su lirismo al constituirnos precisamente en sus espectadores. Cuando la tristeza está dentro, cuando se interioriza, apenas podemos ser juez y parte, y solamente advertimos su accidente: el dolor. Pero la tristeza es algo más que su vestimenta. Así, contemplada «desinteresadamente» se hace imagen, desnuda imagen, en la tarde lluviosa. Y nos empapa su música sin letra, su música que busca —y encuentra— en cada espíritu ecos conmovidos. (Claro que sí, lluvia. Te acuerdas de cuando yo era alumno en la clase de preparatoria de ingreso en el Instituto. Te acuerdas del sombrero flexible de mi padre; del vestido amarillo, con el talle bajo de los años veinte, de mi hermana. Te acuerdas de los auriculares de los primeros aparatos de radio; de don Andrés, aquel concejal derechista que asesinaron los «rojos»; de Pepón, aquel «rojo» que fusilaron terminada la guerra. Hasta de Dolorcicas, aquella vieja rezadora, te acuerdas. Hasta de don Fernando, aquel cura...)

Dios dice mejor su silencio en la tarde doliente. Apaga lo que estride, todo cuanto clama, cuanto exhala urgencias. ¿Dios es alegre? ¿Cómo es la alegría de Dios? Acá tenemos unos goces de cerámica basta. Acá nos sale obtusa la alegría. Nuestros placeres, nuestras dichas, ¿no parecerán a Dios simples groserías? La alegría esencial debe ser de otra manera. Nos acostumbramos a pensar por analogías: a creer que la bondad y la alegría y el poder de Dios se asemejan a todo lo nuestro. Pero los atributos divinos tienen, de seguro, matices que desconocemos, calidades que no sabemos interpretar o que equivocamos. ¿Quién sabe? ¿Quién ha dicho que «Dios está azul»? El azul es la lejanía de la nada. Quizá, más bien, en la perfección del Señor hay reflejos de lluvia. También acá, en nuestros momentos mejores, nos está dado el sentimiento de una tristeza sin forma, hecha de todos los efluvios antiguos: decantada tristeza para descansar en el regazo de mil memorias desleídas; tristeza, en fin, que ha disuelto los dolores. Cambiamos, entonces, la calderilla vil de esperanzas menudas por el as único y limpio de la Esperanza. Pues bien, ¿no tendrá, asimismo, la Belleza de Dios vetas de manumitida tristeza fervorosa? ¿No habrá en su respectiva radiante un temblor de lágrimas asuntas? (Por cierto, lluvia, ¿lo recuerdas? Dios se me perdía —yo creía que se me perdía— en la laberinto de mis cadetes razonamientos pedantes, adolescentes. Pero Dios se reía de mi ingenuidad de librepensador sin barbas. ¿Ironizaba sobre los nimbos unánimes de aquel otro mediodía borrascoso? Dios se me oculta y yo —tonto— especulaba sobre la posibilidad de no volver a encontrarlo nunca. Divertido. ¿Te acuerdas, lluvia, de mis dudas primeras?)

La primavera se insinúa en los verdes intensos del campo. Pero la primavera es hechura de la lluvia. Existe un pacto de primavera y lluvia. Naturalmente el sol es la «vedette», el triunfalista. Pero, ¿qué importa? La lluvia acudió a la cita. Pronto, ya mismo, los poetas van a repetir aquello de «la primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido». ¿Cómo no va a saberse? He aquí la trémula, «triste», lluvia que lo sabe. Fina lluvia en los surcos, en el pavimento reluciente de la ciudad, en las lunas de los escaparates, en los faros de los coches, en las marquesinas de los bares, en el barro aldeano, en las torres novias del viento, en las llantas de los carros chirriantes de los pueblos...

(ABC, 20 de marzo de 1968)

(Fotografía: José Ruiz Quesada)

viernes, 25 de marzo de 2011

EL INVENTO DEL HOMBRE





El arte da fe de la nobleza del hombre. Es nobleza contagiosa que promulga en el cuadro la fiebre de los colores y que —en los capiteles, en los frisos, en las arcadas— sintoniza fervores que no se ahogaron, que nos traen su grito amenazado, su anhelo con el agua al cuello. ¿Es de verdad el hombre un desgarrón ilustre, un afán que zozobra? Y el arte, ¿es el arca que recoge todas las especies de la belleza en peligro? ¿Constituye el definitivo parador de los recuerdos en un mundo que, al menor descuido, pierde la memoria?

Es curioso que, a poco que nos detengamos, a poco que frenemos al borde de nosotros mismos —porque cada uno es, a la par, algo que pasa y algo que mira pasar—, brote la cuestión. ¡Ah, la «incógnita del hombre»! ¿Qué es el hombre? La pregunta subyuga, pero a veces enoja ahondar en ella. Si un privilegio es la vida, mayor privilegio es ser hombre. «¿Y todavía queremos más, aún no estamos contentos y nos impacienta el deseo de conocer el por qué y el para qué de nuestra condición?», me argüía un amigo menos indócil al placer de sentirse que al tormento de saberse. Pero yo le contestaba que el drama de definirse o de seguir la propia pista, contra la tentación de un dejarse llevar y de un derramarse en dulces abandonos que cristalizan en perezas, conduce a la fuerza de la sabiduría que rebasa al simple entendimiento. Gozo y tristeza de ser hombre. Perpetuo empeño entre el oleaje. Si algún día llega a verse que la inteligencia nada más ha logrado victorias pírricas, aun entonces el hombre podrá exclamar: «Sí, pero yo sigo; sigo con mi voluntad. Con mi voluntad a pulso o... a cuestas.»

Contemplamos el monumento, el óleo, la melodía, el poema o la máquina (que también refleja nobleza) y pensamos: «¡Admirable!» Admirable, ¿quién? Pues el hombre. El hombre, ser admirable. Ya tenemos otra definición. Desde Narciso, todos nos miramos en nuestro lago. Da vergüenza confesarlo, pero cualquiera, antes o después, se enamora, si no de su imagen, al menos de su talento. Luego, por pudor. transferimos el embeleso hacia el hombre genérico. Y quizá eso es el humanismo. La letanía de la propia alabanza: «Homo erectus. homo sapiens, homo faber, homo economicus, homo ludens... ¡Homo admirabilis!»

Sin embargo, surge la desazón. Punto sutil. Viene la duda de si el hombre —a pesar de inventor, a pesar de artista— está concluido o no. Congoja de sospechar si no acertamos la definitiva pincelada —toque delicado— a la viva obra de arte que es la personal existencia.

Ante todo, entonces, habría que esclarecer si el hombre es ser que viene al mundo ya ideado o ser que a si mismo y originariamente se desvela y luego está facultado para las oportunas rectificaciones e incluso para la «enmienda a la totalidad de! proyecto». ¡Menuda tarea si fuese así! Mejor será —piensa uno— saber que Dios, que inventó del todo al árbol, al pájaro, al tigre y al gusano de seda, tuvo para el hombre la atención de la excepción. «Casi» lo hizo completamente, es decir, lo diseñó dándole una inteligencia, pero no lo pespunteó, acabándole y perfeccionándole los instintos. ¿No está aquí la genuina «dignidad humana»? El Creador le deja un margen para que continúe haciéndose, para que termine de fraguarse. Que eso y no otra cosa parece que es la libertad: el lugar, el sitio donde el hombre pueda colaborar con Dios.

Probablemente la Historia se teje con el tira y afloja de esta libertad concebida como nudo y vértice. Y pueden ocurrir —ocurren a lo largo del tiempo y del camino— varias soluciones. O más bien disoluciones. Puede acaecer que el hombre pierda su canción: «Soy un fui y un será y un es cansado», se desanima Quevedo. O, exaltado y lleno el hombre de su pulpa, puede seguir como reacción el derrumbamiento: «El hombre es una pasión inútil», dice Jean Paul Sartre, cegado de arena. Más frecuentemente, el desdén hacia cualquier inquietud que estorba la amable inmediatez, el «carpe diem» incluso en su versión más poética, a lo Ronsard: «Coge desde hoy las rosas de la vida.» En todos estos casos hay una renuncia a la colaboración, un no acudir a la cita con Dios en la libertad. Con tales actitudes el hombre no se considera capaz de terminar de inventarse o se lanza a la absurda aventura de erigirse en exclusiva, abominando del esquema y de la norma. A éstos llaman algunos el «estado adulto». Integra autonomía, desvinculación absoluta. Y así la libertad no es el vértice ni el lugar de! encuentro, sino solar donde se levanta con totalitario orgullo la propia torre —que no tardará en convertirse en Babel— porque «Dios ha muerto». Pero esta filosofía, ¿es nada menos que el derecho a la rebelión —así lo soñó Nietzsche— o nada más que el derecho al pataleo? ¿Es derecho o contraderecho?

Da dolor el hombre que hace de su fuego humo. No «humo dormido», que pacificaba a Gabriel Miró. Humo dañino. «Humo ciego», insiste Quevedo. Desalienta eso y entonces urge creer en reductos dóciles a la mano del Alfarero. Aunque a veces las apariencias engañen. Baroja —cuenta Pérez Ferrero— era un hombre «erizado en su propia ternura». Siempre hay un fondo más fondo para desde él recuperar la altura. O la «salida hacia adentro», que diría Pedro de Lorenzo. Desde esa hondura inundada de claridades es más fácil para el hombre terminar el invento del hombre. Todavía tan poco feliz, tan poco realizado; él, tal inventor; él, tan admirable.

(ABC, 21 de marzo de 1975)

lunes, 21 de marzo de 2011

EL CONFUNDECUENTOS





En García Serrano leí por vez primera la palabra: confundecuentos. Respecto a los «cuentos», hay quien los cree historia, engañándose para engañarnos; hay quien los mantiene en el límite de lo que son, para divertimento privado o público. Y hay quien, de propósito, los deforma, modifica, ensambla y añade de tal forma que los constituye en eso que en las tertulias y mentideros serían algo así como el cocinero que diese a la pata de cordero sabor a muslo de pollo y olor a costilla de cerdo. Decía don Eugenio d`Ors que, antaño, en ciertos mesones castellanos se ponía en un cartel, para conocimiento del viajero: «Se sirve aceite, pan y lo que cada cual traiga». Bien; pues un «confundecuentos» se caracteriza porque aporta su pretendida razón —que es casi siempre una real mentira— al menaje de uso común. Y se pone a demostrar lo que quiere, importándole poco, en última instancia, que lo crean, porque él a lo que va es a que lo oigan. Y no por otra cosa sino porque, mientras lo oigan, quien habla es él. He ahí la vanidad; yerra en las cuentas y trabuca los cuentos, pone patas arriba la lógica, manipulándola por dentro, «operándola», cortándole la tripa aquí o allí. ¿Para qué? Piensa el vanidoso «confundecuentos», lo que aquel personaje: «Poco me importa que se hable mal de mi, con tal de que se hable de mi».

Parece que Jaspers enseñaba que la filosofía «enseña a confeccionarse a sí mismo». ¡Ah, pues eso es difícil! Se necesita mucho rigor, mucha libertad interior y mucha brújula... Entonces es más sencillo «confeccionar el mundo», opinando de todo, en continua irresponsabilidad. Resulta fácil, cuando se es frívolo y cuando superficialmente se ha hecho uno cargo de cuanto por ahí circula visible y ruidoso, dar un dictamen de «cómo va la vida», a tono con la circunstancia. Cuatro o cinco tópicos con brillo nuevo bastan. ¿Nadie va a poner luego demasiados peros a esa «opinión» hecha con vistas a la galería y al asenso de los más, es decir, «haciendo cosquillas» donde halaga a los más, aunque sea haciendo reír a los sensatos que —claro está— son los menos?

Sí; ciertamente, la sufrida minoría de quienes piensan pensando, en lugar de opinar despensando, siente guasa ante los amasijos del «confundecuentos», pero se abstiene de reír en voz alta porque, quizás, no merece la pena...

Si nos atuviéramos a nosotros mismos, si nos empeñásemos en la tarea de hacernos con paciencia, ¿cómo íbamos a perder el tiempo «arreglando el mundo» con todos esos «materiales de derribo», llevados al barnizador y con trapos traídos del tinte? Bulos, noticias, novedades, cuentos con arreglos de peluquería, hechos invertidos, pasando por el rodillo de las malas lenguas, de las torpes intenciones, de la mordaz crítica. Así circula la calumnia. ¿Qué importa a los calumniadores que Jaspers siga predicando: «Filosofar empalma con el fondo de nuestro ser y transforma nuestra obra interior»?

(JAÉN, 5 de marzo de 1976)

sábado, 19 de marzo de 2011

MI PADRE

 
 
 
 
Tendría yo entonces doce años. Allá por 1931, mi padre meses antes de morir —él todavía sano y yo todavía niño— me hablaba en la terraza de la casa, de las estrellas. ¿Qué eran los as­tros? ¿Cuánta era su distancia? ¿Había otros mundos habitados? En el silencio de la noche profunda, la palabra de mi padre adquiría acentos vehementes, casi entusiastas, al abordar estos temas. Abría en mi espíritu los primeros surcos para el pensamiento y las primeras inquietudes hacia el misterio. Mi padre era un hombre fuera de serie. De actividades bastantes dispersas, en todas ellas sobresalía, pe­ro apenas era un «profesional» de nada. Dirigió en Úbeda un colegio de Bachillerato durante bastante tiempo, pero no había elegido ninguna carrera encaminada a la docencia. Fue en dos ocasiones alcalde de Úbeda, pero más bien abominaba de la «política» que se llevaba entonces. Tenía iniciadas tres clases de estudios: los de Derecho, los de Militar y los de Minas... Pero, según todos los síntomas, no sufría una disciplina continuada. Era —según lo recuerdo— un tanto barojiano. Pero en cristiano profundo. Estaba algo enfermo un día del Corpus. En su calidad de alcalde tenía que presidir la procesión. Se echaba la hora encima y «tirándose de la cama», a pesar de su fiebre, dijo a mi madre: “¡A la procesión del Corpus hay que ir, aunque sea a rastras!” Y... presidió la procesión del Corpus sin afeitarse. Nunca olvidaré las pa­labras suyas que acabo de transcribir. Aseguro que han sido parte muy influyente en mi formación reli­giosa. Pero la afición predilecta de mi padre, sobre todo en sus últimos años, era la técnica. Todas las tardes de domingo —en verano e invierno con el sombrero encasquetado, tanto dentro como fuera de casa— se encerraba en una habitación apartada. Allí sólo había enchufes, dinamos, carretes de Ruhmkoorff, espejos, barras de estaño, probetas, destornilladores, cables y juegos de poleas... Todo esto, ¿por qué? ¡Ah, pues no lo sé exactamente! Se divertía en «el cuarto de los cacharros», que decía mi madre. Eso es todo. Y se divertía en grande. De vez en cuando salía un humito por la puerta, en ocasiones se oía una pequeña explosión o se advertía un fogonazo súbito. No era mi padre un aprendiz de brujo, pero al anochecer salía feliz de su retiro, con la cara tiznada. Es cierto que mi padre hizo —me lo recordaba hace poco San­cho Adán— dos o tres inventos electrónicos. Pero no los patentó jamás...
 
Su deporte era subirse a los tejados cuando en Úbeda se instalaban las antenas para los primeros receptores de radio. Lo veo con su gabán, con su sombrero, con su cadena de reloj colgante de bol­sillo a bolsillo, señalando a los instaladores el sitio preciso en que, según él, debía ponerse la antena. Por descontado, el primer receptor de Úbeda fue el de casa. Después de la cena, allí se reunía la tertulia: Don José Moreno Cortés, el párroco; don José García de Castro, el notario; don Guillermo Rojas, el médico y... el Maestro Arjonilla, un insigne hojalatero que vivía enfrente de nuestro domicilio. Todos se armaban de sus auriculares y adoptaban una expresión en la que se dibujaba una sonrisa Inefable: Se oía —aunque mal y anubarrada de ruidos—  la música de un concier­to en Toulouse...
 
Lo que más admiraba yo en él —en mi padre—, era su prodigiosa afición científica y técni­ca; yo que no sé clavar una punta en la pa­red. (Aunque también era muy amigo de las letras: a finales de los años veinte fue redactor-jefe de un pe­riódico diario de Úbeda: «La Provincia») ¡Cuánto hubiese gozado en este tiempo, en nuestra «era ató­mica»! Claro que la presentía. Muchos logros que constituyen ya agua pasada, eran entonces nada más un vaticinio. Una de las noches en que, después dé cenar, me hablaba en la terraza de las estrellas y de los mundos lejanos, me dijo:
 
—Esto de la radiotelefonía sin hilos, algún día, ya no llamará la atención. Habrá otras cosas. Mira; tú, a lo mejor, vivirás aún cuando esté inventado un «sis­tema» que permita no solamente oír la música de Toulouse, sino además ver a los músicos que la inter­pretan en la sala de conciertos... También quizás tú existirás aún cuando vayan y vuelvan los primeros hombres a la Luna.
 
Yo me quedaba un poco turulato y volvía a mis «estampas de las banderas». (En las tabletas del chocolate «Amatller», bajo el «orillo» o papel reluciente que las. envolvía, venía una estampa, siempre, de regalo. Reproducía en vivos colores la enseña nacional de Austria, de Inglaterra, de Siam, de Italia, de Luxemburgo...) 
 
Pienso, cuando me vienen a la memoria estas cosas, cuando recuerdo las palabras de mi padre, en la frase de Daniken. «Lo antes aparen­temente imposible, se ha convertido en materia in­dustrial».
 
Porque yo no sé de mi abuela, pero mi madre por lo menos, se reía un poco cuando mi padre anun­ciaba la televisión, en 1931, a veinte o veinticinco años vista. Entonces, ni siquiera estaba en uso la palabra: te-le-vi-sión. Ahora, hay en uso miles y millones de televisores. Y no pasarán muchos años en que les otorguen pensión por jubilación o retiro, a astro­nautas que pisaron la Luna. No ya los televisores, si­no los cerebros electrónicos y las vísceras artificiales —de repuesto— se están convirtiendo en «materia in­dustrial». Los sueños y ensueños, casi, de los bisabuelos, tienen para los biznietos una impor­tancia no mucho mayor que la de un balón o una raqueta. También ostentaba mi padre —casi como un milagro de bolsillo— un encendedor automático. En broma se lo arrebató don Cayetano, un amable cura ubetense y la cosa trascendió nada menos que al pe­riódico local «La Provincia». (Díganle ustedes ahora a un chico de catorce años que, hace cuarenta, un encendedor automático podía provocar un disgusto con un cura. ¿Podrá creerlo?)
 
Sin embargo, atención, una cosa envejecía ya más que inventada en tiempos de mi padre. Mi padre estaba de vuelta de este invento; el in­vento de la democracia. Mi padre —palabra de honor que lo recuerdo en sus últimos días— iro­nizaba un poco con Alfonso Moreno (el que, buen amigo suyo, iba a ser luego primer alcalde republica­no de mi pueblo). Ironizaba mi padre cuando Alfonso le hablaba del partido liberal-demócrata, del partido reformista nacional, de la izquierda liberal e incluso del P.S.O.E., que también vivía entonces con yo no sé cuantos años de edad. Ironizaba mi padre con tanto trabalenguas y volvía a sus auriculares y a sus carretes de Ruhmkoorff.
  
(JAÉN, 10 de marzo de 1976)

jueves, 17 de marzo de 2011

LOS NUESTROS





Escribía Montesquieu, con un poco de sarcasmo, de la Francia de su tiempo, que en ella existían tres estados, el eclesiástico, el militar y el de los golillas. Y el clasismo de entonces consistía en que cada uno de esos estados profesaba un alto desprecio hacia los otros dos. «Y así —dice el autor de El espíritu de las leyes— quien debiera ser despreciado por majadero, lo es simplemente por pertenecer a los golillas».

Los clasismos de antaño se borran, desaparecen. Pero los sustituyen otros. Ahora —por ejemplo— están los partidos políticos. Cada uno de los partidos usa para valorar a la gente su peculiar sistema de pesas y medidas y, poco mas o menos, da a conocer cada semana su «hit parade» en que alinea por orden de puntuación los éxitos, los prestigios, los libros que se publican, las ideas que se cotizan en el mercado intelectual. Es curioso, pero en este tiempo de libertad, hay muchos nombres que aguardan para opinar.

Aguardan y no dan su dictamen hasta que conocen el de su partido. Hasta los mismos señores diputados en el Parlamento, ¿por qué antes de votar en el hemiciclo se cercioran del resultado de la votación previa que, con respeto al tema a debatir, ha celebrado el «ejecutivo»?

Así es que una idea puede ser colosal o pésima al ser apreciada por usted a solas, en la intimidad. Pero hay que esperar... Hay que esperar a que lo diga quien lo sabe. ¿Quien lo sabe? Bueno, puede darse el caso de no pertenecer, incluso no simpatizar con ningún partido y, entonces, está la televisión que no hay nada más que una y los periódicos diarios que hay varios. La masa media, oscilante, fluctuante, está un poco a merced de la televisión y los periódicos. Pero, sin embargo, a veces se cansa y termina por opinar haciendo uso del propio dictamen, de la propia inteligencia. Esto ocurre con mucha más dificultad cuando alguien se adhiere a un partido político con tal fuerza que, si es de los «anaranjados», está dispuesto a mantener firme que don Verónico es un majadero, no por ser majadero, y ni siquiera por llamarse don Verónico, sino por estar aliado al partido de los «verdes». Igual puede suceder, o parecido, con don Renato. Será apreciado o despreciado no por lo que tiene de apreciable o despreciable, sino por simpatizar con los nuestros o los vuestros. ¿Y quiénes son los nuestros y quiénes son los vuestros? No hay, realmente nuestros ni vuestros, como realmente, no hay acera de enfrente porque depende de la acera por la que se camina Pero nos aferramos al absolutismo de lo nuestro sin saber que hay tantos «nuestros» como grupos. Y, entonces, lo nuestro que tan candorosamente amamos y que con tan apasionado —y en ocasiones feroz— entusiasmo defendemos, no pasa de ente de ficción.

Es compresible que yo —usted— tengamos miedo de nosotros mismos, que no nos fiemos del propio sentir y propio pensar, que temamos equivocarnos, tropezar, caernos. Tendemos por eso a unirnos en sociedad grande o pequeña. Esto es laudable y necesario porque sin sociedad el hombre no terminaría de ser hombre. Sin embargo, creo que no debe exagerarse. Es preciso agruparse, formar grupo, gremio, círculo, sindicato, partido. Pero sin perder, de una parte, la indispensable comunicación con uno mismo y de otra, con el resto de la Humanidad. Mi grupo, mi medio social, mi gremio o mi círculo, me ayudan a pensar, a elegir, a valorar o... a soñar; pero, luego yo voy y pienso, elijo, valoro y sueño sirviéndome de mi mismo y mirando, después de la mirada de radio corto de mi círculo, con otra mirada ancha que abarque más generosos horizontes. Cada uno —pienso— debiera poner mas condiciones a lo de ser partidario. Porque cada uno, ni es exclusivamente suyo —que eso es pretensión egoísta— ni puede disolver su personalidad (en cualquier caso sagrada) en el unánime mar total. Es bueno, entonces, el arbitrio de encuadrarse en agrupaciones de miembros afines, para que ni se me pierda la vista en el infinito, ni se me ahogue en el propio pozo. Es bueno, pero no hasta el punto de renunciar al sentido de la perspectiva, atento nada más al miope compromiso. Nuestra Cultura —la del siglo XX con ruta hacia el XXI— es vasta, colosal, inmensa. Pero toda la tripulación, o casi toda, está compuesta de miopes. Así, ni nos podemos ver a nosotros mismos, ni podemos ver a Dios. Tampoco al prójimo. Así, nada más podemos ver a «los nuestros».

(IDEAL, 2 de marzo de 1978)

miércoles, 16 de marzo de 2011

JOAN MIRÓ





Freud —todo el mundo lo sabe— acometió una especie de metalurgia de los sueños. Y, así nos dejó sin sueños. ¿Manipuló Freud demasiado a los sueños? Realmente trabajó en ellos con exceso. De una parte quiso ser su entomólogo —sueños como cucarachas, como avispas o como hormigas, pululando libremente, sin vigilancia, a lo largo ya lo ancho de las horas de descanso—; de otra, fue su etimologista. ¡Al, el origen, la raíz un poco pantanosa y mucilaginosa de los sueños!; tampoco prescindió de ser su etiólogo. Quiso rastrear enfermedades en los sueños y sueños en las enfermedades. No obstante, sobre todo, sus psicoanálisis parecen alardes de metalurgia: aspiran a forjar casi una filosofía de una casi adivinanza.

Pero ¿y la ontología del sueño? Eso es distinto. Ese es cometido más bien del artista. Aquí el sueño se llama ensueño. ¿Por qué dejar el ensueño desamparado? Todos los hombres tenemos ilusiones e ideales, es decir, fervores de ánimo que se abandonan si uno no es pertinaz en mantenerlos; o cuando se ve que las ilusiones e ideales a la vista son más bien prendas de bazar que «no nos caen», cuyas mangas nos vienen anchas o estrechas. Pero el artista es modisto —o sastre— de sus propias ilusiones. El artista, sí cree en el ensueño como tal. Y sabe que hay escaleras para alcanzar lo que, al principio, parece inasible. ¿Escaleras? Recuerdo Perro que ladra a la luna, óleo de Joan Miró. No he visto el cuadro, que está en el Museo de Filadelfia, pero he admirado una de sus reproducciones. Esta obra del catalán egregio tiene argumento visible. Miró derivaría después hacia esa manera de líneas fitomorfas «como caminos sutiles que unen los centros focales» (Umbro Apolonio), y cuyas líricas descarnaciones del objeto natural darían esa «pintura escrita», de apariencia caligráfica inclusive, tan genuinamente suya. Pero Perro que ladra a la Luna, representa en Miró, más que una técnica nueva, una proclamación, o, si se quiere, una declamación de principios. Esta: no hay impotencia en el hombre (que tan fácilmente concilia el sueño a la hora de la digestión), para conciliar, asimismo, el ensueño. En el cuadro, muy sintético de composición, se advierte una neta separación de cielo y tierra; un perro que blanquea grotesco colocado en el borde de separación y, arriba, una Luna deforme que recuerda los objetos volantes de los cuadros del Bosco. ¿No es éste el drama de siempre y de todos? La belleza, la verdad están altas, altísimas. Están lejos y, entonces, nosotros caemos en escepticismos. Caemos con aberración, hasta el punto de que, no pocas veces, nuestra manera de admirar a la Luna es... ladrarle. Y... ¡no, no, no!, grita Joan Miró en su cuadro. ¿Cómo, de qué forma, vocifera su protesta Miró? Sencillamente, situando frente a la Luna y el perro unas escaleras. «La escalera —escribe Dupin— simboliza el poder que Miró reconoce al artista para reunir dos mundos sin poder abolir uno de ellos.» (Porque el escepticismo es siempre prematuro. Profesión de escéptico, ¿por qué y para qué?)

Joan Miró ha estado en Madrid. Joan Miró no es un «monstruo sagrado», de esos que se pasan la vida cebando su propia fama. Joan Miró entiende que se puede ser un genio y, al par, un hombre sencillo, dialogante y amable. ¿Acaso para la ascensión artística es preciso suprimir la cotidiana convivencia cordial con el prójimo? ¿El ensueño o el ideal del hombre superior, vistos de través, confunden? El desdén, la soberbia, la grosería ¿pueden —deben— ser alguna vez atributos del talento? Un periodista ha tenido con Miró una entrevista. Es excelente el relato de la interviú. «Joan Miró es pequeñito, suave, con un aspecto de labriego endomingado», cuenta el periodista. Y añade: «Es una riada de talento entre las cuatro finas paredes de su cuerpo». Y luego, cuando el periodista ha preguntado al pintor si Picasso debe figurar en el Museo del Prado, la respuesta ha sido: «Hay que esperar, hay que esperar». Después, como quiera que en el reportaje se aborda la longevidad fecunda del pintor, éste exclama: «No hay que dejar de trabajar, no se puede dejar de trabajar».

¡Qué dos puntos para un programa! ¡Qué consejos para reunir los dos mundos —el del ensueño y el de la realidad— sin abolir uno de ellos! Hay que esperar y hay que trabajar. Esto lo enseña un hombre extraordinario, un maravilloso pintor que va a cumplir pronto los ochenta.

Freud ha «aportado», en psicología, mil etimologías, mil etiologías, mil metalurgias. Pero ¡qué poco freudiano es Perro que ladra a la Luna! Y que alivio proporciona encontrarse con un programa de paciencia y de trabajo, ofrecido por una voluntad que no se cansa. ¡Qué escaleras, Señor!

Cuando la entrevista termina, el periodista dice a Joan Miró: «Dios se lo pague». Y entonces Joan Miró ha sonreído al periodista con un rostro de iluminada sorpresa. «Por lo visto —concluye el periodista— ya no se usan estas cosas.»

No se usan, no. La frase «Dios se lo pague» resulta ya, para muchos, una frase zurcida. Gusta saber que, para hombres como Joan Miró, suena como una frase gloriosa y flamante.

(IDEAL, 1 de marzo de 1972)