BLOG SOBRE JUAN PASQUAU - PERIÓDICO INTEMPORAL



PERIÓDICO INTEMPORAL DEDICADO A JUAN PASQUAU

Para que vuelvan a acercarse a la obra del escritor ubetense quienes tuvieron la suerte de conocerlo, para que lo descubran quienes no lo conocieron, para que todos crezcan en permanente conversación con sus escritos y su pensamiento.

martes, 30 de noviembre de 2010

PENSAMIENTO Y POLÍTICA




El pensamiento, en cualquier persona, debe ser ágil, intenso y valiente. Ágil, moviéndose sin perder la pista, declinando y conjugando cualquier tema con prontitud, flexibilidad y firmeza. ¿Cómo aliar la flexibilidad con la firmeza? Es difícil, pero para eso el pensamiento es pensamiento: para encontrar recursos y dar en cada ocasión con la finta necesaria en la precisa esgrima dialéctica. Además de la agilidad, el discurrir racional demanda un caudal apreciable de ideas; ha de ser intenso. No se puede discurrir con una sola idea, aunque probablemente todavía queden ideólogos monocordes, que tocan los temas como Bartolo la flauta. Pero con un agujero solo no hay música por buena que sea la flauta; no existe fuerza mental por cualificado que sea el discurso. También el pensamiento tiene que ser valiente, aceptando inclusive el riesgo de equivocarse. Muchos hombres no piensan por miedo a caer en el error. William James escribe: «Hay personas que cuidan más de evitar el error que de conocer la verdad». Con este miedo se avanza poco. Es mejor la actitud contraria porque si no nos arriesgamos al yerro, a pocas certezas podremos llegar. Ningún investigador, ningún filósofo, ningún científico ha sentido el pánico a equivocarse en algo porque todos los inteligentes parece que saben que puede que el expediente para dar el golpe decisivo en el clavo sea el de haber dado varios golpes en la herradura. Incluso podría afirmarse que no hay errores totales, salvo excepciones, sino parciales. Entonces con los recortes de verdad aprovechables en los errores, puede construirse el perfil de una ideología o de una creencia. La cultura va avanzando así, si bien existe el peligro de los relativizadores a ultranza, de los eclécticos, y de los escépticos que lo que hacen más bien es lo contrario. Porque los eclécticos —de donde derivan en gran parte los escépticos— confunden y lo que hacen más bien es construir una desesperanza o un nihilismo con los recortes de errores procedentes de la depuración de las verdades. Los escépticos esculpen con la ganga y no con el metal. Los optimistas y los creyentes erigen la estatua de sus convicciones en bronce, desechando la escoria. Es otro problema porque no siempre es a simple vista discernible la escoria.

Precisamente lo que ahora se pide al político con imaginación es todo eso y nada menos que eso: agilidad, intensidad y valentía. Ya el político no es el hombre llamado simplemente a administrar. La época exige imaginación al hombre de gobierno. Y con ella mucha inteligencia en función densa de pensamiento. Y, sin embargo, el político no puede reducirse a intelectual. Quizá su misión es no quedarse en el plano elevado de las ideas. Se ve forzado a traerlas, a traccionarlas. «Política —se ha repetido mil veces— es el arte de lo posible». Posibilitar, hacer viables las ideas de justicia, lealtad, orden, libertad, en un mundo y entre unas gentes que prácticamente se resisten a estos fecundos postulados, es tarea erizada de obstáculos, ingrata. Hay que dar efectividad a ras del suelo a lo que se cierne en las altas regiones. ¿Cómo? Esperando siempre, pero no esperando a una sola carta, o confiando en cada momento o creyendo que la próxima ocasión es siempre decisiva. Si el genio fue definido como una «larga paciencia», ¿no habrá que pensar lo mismo de la política y del político? Engañan los políticos que prometen bienandanzas inmediatas y que nada más programan a plazo corto. No, no: por ley natural, todo lo estupendo llega mucho después de para cuando se desea. Los súbitos cambios de tiempo son engañosos. Las mejorías repentinas del enfermo mienten también. En política son demagogos los que dicen que todo se solucionará mañana, cuando ellos intervengan: los que tienen un pensamiento que no es ágil, ni intenso, ni valiente. Los que tienen un pensamiento que nada más es revolucionario.

(IDEAL, 28 de diciembre de 1975)

domingo, 28 de noviembre de 2010

LAS BARBERÍAS.-



Cada barbería tiene su clientela; sus parroquianos que se conocen los unos a los otros y están, en cierta manera, hermanados bajo el leve patronazgo del “maestro barbero”. Siempre, siempre, interesante la personalidad del maestro barbero. Uno conoce a varios, y puede asegurar que ninguno defrauda. Todos tienen una perspicaz astucia; astucia muchas veces sabia, en la que entran como ingredientes la ironía, el humor, la queja –“¡Cómo están los tiempos!”, dicen invariablemente–, y la laboriosidad. Todos entienden de toros. Algunos, además, son “viejos aficionados” del teatro, sobre todo del teatro de zarzuela. Están enterados al dedillo los maestros barberos, del día en que expira el plazo para el pago de la contribución... Y cuando no llueve, os dicen: “¡Qué ruina!”. Y saben los nombres de los presidentes de los Consejos de Ministros de toda Europa. Y os describen –porque ellos entonces eran “zangalitrones”– el asesinato de Canalejas en la Puerta del Sol... Y en los ratos libres leen el periódico, y cuando vais a cortaros el pelo os hablan del crimen de Lurs, después de comentaros el partido de fútbol del domingo.

En la barbería no falta, en el invierno, una mesa camilla acogedora, con la “prensa” del día desdoblada encima. Y en el verano, no está ausente el ventilador. En la barbería hay siempre un hombre que ya se ha afeitado y descansa “haciendo tiempo”. Y un chiquillo que aguarda algo asustado a que “lo pele” el “oficial” encima del banquillo; un chiquillo que piensa con ilusión en el día que él sea hombre y lo afeiten, sentado en el sillón, como a su “papa”.

Cuando llega la Navidad, el maestro barbero distribuye participaciones de lotería entre sus clientes. Cuando llega la Semana Santa, el maestro barbero habla con orgullo de su cofradía –es raro que no pertenezca el maestro barbero a alguna cofradía–, e informa de las novedades y de los estrenos procesionales de “este año”...

Nunca el maestro barbero se descompone; su trato, en todo momento amable, jamás se desencuaderna. El, está conforme con muy pocas cosas de esta vida; pero siempre es hombre de paz.

(De BIOGRAFÍA DE ÚBEDA)

(Fotografía: Archivo de Pedro Mariano Herrador Marín)

sábado, 27 de noviembre de 2010

LA OFERTA CRISTIANA




En nuestro tiempo –hora confusa– la «novedad» del Cristianismo es ésta: ofrece una concepción del mundo y, frente a cualquier desilusión, enarbola su Esperanza. No se arguya que su programa no es sugestivo o que está pasado de moda. Donde haya un hombre que dude, una criatura movida por los vientos adversos; donde exista un ser angustiado ante la real o aparente falta de lógica de las cosas; donde la insidia siembre tempestades, donde la pasión establezca su lucha y la razón titile como una estrella perdida..., allí está el Cristianismo con su inmenso programa de Misterio, con su ardor de fuego en la noche, ofreciendo su clave y su bálsamo. Diríase que el hombre actual está perdido en el bosque gigantesco de la Civilización. Porque, realmente, no vale aquí la imagen del desierto... No, no estamos en el desierto sino, al contrario, rodeados de una exuberancia de verdades, de ideas, de emociones y de anhelos. Vivimos en una plenitud tropical, viciosa de abundancias, con la liana de mil sensaciones inmediatas, de mil solicitaciones diversas, enrollada al tronco secular del espíritu. Y sucede eso; los árboles nos tapan la visión, nos impiden ver el bosque. Conocemos cada vez más cosas y poseemos secretos de la ciencia que antes no poseíamos; nuestro contacto con el mundo es directo e irrenunciable: nos bañamos, literalmente, en la linfa acuosa de esa Civilización nutricia que, en ocasiones, nos embriaga y otras nos hastía, pero que forma parte ya de nosotros mismos. Es decir, el «medio» en que alentamos lo tenemos tan incorporado que hace en nosotros las veces de una segunda naturaleza. Y es aquí donde surge la angustia. ¿Se trata de un «medio» que coadyuva a nuestra floración íntima? O, ¿es un «medio» que nos aisla? Cualquier hombre sabe que su existencia tiene una hondura metafísica y que hay pozos de misterio en sus oquedades profundas. ¿Está la Civilización cegando estos pozos, por inútiles? ¿Está establecido alrededor de ellos una especie de cordón sanitario? Su maravilloso «stand» de conocimientos y placeres, ¿tiende a apartarnos de los afanes de trascendencia que, como bocas hambrientas, claman en las simas de nuestro ser? La Civilización nos está dando la vida, nos está aumentando vida, pero, al aislar nuestros núcleos de genuinidad religiosa, ¿no nos está, quizá, escamoteando las fuentes mientras nos distribuye el agua? ¿No nos quita el venero original al par que establece su espléndido enlace de cañerías, su portentosa «política hidráulica»?

Esta es la cuestión que afecta directamente al hombre moderno. Y este es el problema que, de una manera o de otra, deforma manifiesta o de forma velada, atormenta hoy a quien, siquiera sea un momento, se ponga a meditar sobre el alféizar –ventana abierta a las estrellas– del pensamiento. Por mucha que sea la frivolidad en que la vida de cada uno se desenvuelva, no deja de llegar este instante de enfrentamiento consigo mismo: esta demanda que a nuestra vida hacemos de nuestra vida, esta explicación que solicitamos, que tenemos derecho a solicitar, del mundo que tenemos delante. Y es entonces cuando, sino se dispone del hilo de Ariadna de la fe, se experimenta la sensación de despiste, de extravío; es entonces cuando nos advertimos como niños perdidos... Entonces, en fin, cuando suspiramos por el hallazgo de una vereda –una mínima y triste vereda– que nos aliente en la búsqueda del norte incógnito. ¡Ay! Esta Civilización es formidable, ¿por qué negarlo? Ha establecido una red densa, espesísima, de carreteras para ir a cualquier parte de la geografía y para llegar, sin cansancio, a cualquier latitud del conocimiento. La técnica es, ante todo, un prodigio de circulación viaria. Ella nos alcanza la intimidad del átomo y nos acerca la remota inmensidad de los soles, en etapas de viaje calculado, casi en una especie de turismo científico. Pero, ¿tenemos, igualmente, accesos acondicionados, pistas en forma, sistema de comunicaciones adecuado hacia Dios? He aquí una pregunta intrigante. Alguien la desechará por pregunta «beata», impropia del triunfalismo vitalista del momento. Pero cualquier persona que se ponga a mirarse por dentro y sienta borbollar en su soledad el agua silenciosa, tiene que apropiársela. Apropiársela para contemplarla, rodearla y examinarla en sus ratos vacíos; a hurtadillas, si es preciso, del ruido ambiente; del «medio» aturdidor.

El Cristianismo –¿cómo va a resultar extraño al hombre moderno?–ofrece un tratamiento y una diagnosis a estas preguntas, brinda un plan de ataque ante el inquietante problema. Estudiar tal oferta –estudiarla al menos– se hace necesario no para el hombre de fe, sino, simplemente, para el hombre de «buena fe».

(Diario JAÉN, 17 de noviembre de 1967)

jueves, 25 de noviembre de 2010

NOVIEMBRE






En el parque, las hojas de los árboles habían adquirido un color rojizo, como enfebrecido. Noviembre trae limpias tardes de un sol naranja pálido y oscuras tardes de lluvia lenta. Está la tierra húmeda y parda. Otra vez la tierra es madre nutricia y poderosa más atenta a la siembra que a la flor. ¿Será verdad que el otoño es triste? Estaban rojas —rojas de muerte próxima— las copas de los árboles y las hojas al desprenderse tenían una caída vacilante. Se me ocurrió recordar los «Violines del Otoño» de Paul Verlaine y luego, sin proponérmelo, salió el tema de la muerte. El me dijo que no había por qué hablar de la muerte; que ella estaba allí ineluctable, y que era inútil ocuparse de ella puesto que evitarla no es posible. Añadió que no le preocupaban sino los problemas y que la muerte no es problema: que, acaso, nada más es misterio. Yo le contesté que el hecho de que no podamos nada contra la muerte, no es razón para marginar su consideración o recuerdo ya que, en definitiva, sean cuales fueren nuestras opciones y vengan como vinieren nuestros sucesos, a la muerte van a concurrir nuestros futuros y futuribles, de manera que constituye nuestra única seguridad. Además —dije— ¿no es su misterio, precisa­mente, su aliciente? Las distintas civilizaciones, ¿no han modulado de manera distinta su música y su ruido, porque distinta ha sido su respuesta y su actitud ante el tema inquietante? Y, ¿no es como es cada persona, según es su postura ante la muerte?

Yo creo —me contestó— que como estamos en la vida, sólo nos concierne hacer la vida y que la muerte nos es esencialmente ajena mientras somos, puesto que ella es el no ser. Y entonces yo le dije: ¿De verdad crees que la muerte nos desmonta, que nos quita el «yo» además de arrebatarnos «esta vida»? He aquí la cuestión —me replica—; hay efectivamente que elegir entre creencia y no creencia. Pero decidirse a creer en la inmortalidad del alma y en la resurrección del cuerpo, ¿asegura algo?

Creer no es saber. Pero yo le respondí: La fe —y hemos llegado a la única palabra útil para que el pensamiento salga de sus posibles atascos—, la fe no es una llave para abrir el problema, sino una gracia para entendérnoslas con el misterio. Porque —añado— ninguna solución verdaderamente importante puede ser una solución de cerradura.

Noviembre tiene cambios súbitos. La tarde de naranja pálido se estaba transformando, se estaba preparando para el ocaso cárdeno. Yo me acordé de Arthur Rimbaud: «Llueve dulcemente sobre la ciudad». Y él me dice: Qué complejo es todo. Pero sí: hemos elegido un tema muy triste, demasiado triste. Es que lo hacemos triste, lo repintamos trágico —le respondo—; pero, ¿por qué? Sobre todo nuestro tiempo, a fuerza de rechazar, de evadir la cuestión, la hace verdaderamente dañosa. ¿No ves —me dijo entonces— que el pensamiento de morir nos ensombrece y nos rebela? Pero eso sucede —le replico— porque practicamos habitualmente con la muerte una política de represión. Todo el mundo, desde Freud acá, habla de la represión erótica. Estimo que no estaría mal ahora decir que reprimiendo, oprimiendo, quitando de la conciencia el recuerdo de la muerte, estamos obligándola a encerrarse en la caverna del subconsciente. Y que es, desde allí, desde donde levanta nuestros pánicos. Mi amigo iba a protestar de este juicio, de esta opinión mía, pero yo redoblé mi criterio; mi amigo casi se iba a reír y yo ratifiqué: No, no es un disparate. Estoy seguro de que tenemos miedo a la muerte porque no abordamos con lucidez, con limpia serenidad su recuerdo. Su recuerdo y su presencia. Su presencia y su promesa.

—¿Y qué hacemos entonces de la alegría de vivir? ¿Qué hacemos con las primaveras? ¿Todo ha de ser «contemptus mundi», contestación al mundo, y no dejaremos espacio para el «carpe diem»? Hay que tener sentido de la realidad.

Ya estaba anochecido. Se abrían los paraguas. El ábrego estaba al acecho. Noviembre trae limpias noches con estrellas y... congojosas noches acechadas por el viento.
—No hay que exagerar —contesto—. La alegría de vivir viene sola en su momento. Pero en su día, por sus pasos, llega sola igualmente la tristeza. Tener sentido de la realidad es eso. Es saber asumirlo todo, afrontarlo todo. El miedo cesa cuando encendemos la luz.

Pienso que San Pablo, en la epístola a los Corintios, enciende la luz cuando escribe: «Se siembra en vileza y se resucita en gloria. Se siembra en flaqueza y se resucita en fuerza. Se siembra cuerpo animal y se resucita cuerpo espiritual». Es la interpretación cristiana —con matices de expresión platonizantes— de la muerte. A la luz de esta doctrina, el miedo desaparece. «¿Dónde está muerte tu victoria?», dice el mismo San Pablo.

El se empecinaba en que estamos en la vida, en que ella es nuestra única realidad. Y que el resto es fantasma... o literatura. Yo insistía en que, precisamente, el auténtico «realismo» consiste en no hacer fantasmas de todo cuanto nos rebasa. Por fin él me vino con un texto de Federico Nietzsche y yo le contesté con un texto de don Miguel de Unamuno: «Creen vivir en la realidad porque viven en la sobrehaz de las cosas, y ese llamado sentido de la realidad no es más que el miedo a la verdad verdadera».

Y abrimos nuestros respectivos paraguas y nos separamos tan amigos.

(Diario IDEAL, 9 de noviembre de 1973)

martes, 23 de noviembre de 2010

LAS SOLEDADES



Hay una filosofía que hace bandera –bandera desgarrada y agresiva a veces– de la soledad. Exhibitoria y pintada de patetismos, la soledad se muestra entonces como una herida ineluctable en el mismo costado de la existencia. ¿Qué lanzada la ha abierto? Pero casi se trata más de una herida promulgada que de una herida abierta. Heidegger, al programar la angustia o así, es padre reconocido de la inestable meteorología actual del pensamiento. Y el tema de la soledad sopla como un cierzo en la ensayística, en la novela, en el teatro, en las antologías poéticas. No sé; a veces uno piensa que tanta «soledad» recalentada, más o menos, huele a refrito. Hay casos en que la lógica funciona de la siguiente manera: «¿Se siente solo Samuel Beckett, hasta el punto de que ya ni las palabras le hacen compañía y opta por desarticularlas y quebrarles los huesos a fin de hundir el último puente, la última comunicación? Pues entonces, yo también debo sentirme radicalmente solo...» Ejemplos así, «racionicios» así ¿no son frecuentes?

Pero no es esa la soledad a que quiero aludir ahora. Porque uno se refiere más bien a las «soledades»: algo plural y por tanto bastante inocuo. Algo que, de otra parte, resulta mejor una fuente o un estanque, y no una herida. Algo, además, de alcance de todos. Me ciño a la conveniencia del disfrute de ciertas soledades ocasionales, tan necesarias al hombre ajetreado de hoy y de siempre; soledades inocentes que no exigen esa especie de «strip-teasse» mental –ahora me quito este prejuicio, después esta creencia, luego esta idea– a que nos tienen tan habituados ciertos divos de nuestro momento cultural. Precisamente los ejercicios de soledad que uno preconiza, tienden más bien a abrigar, que no a desnudar; conducen a una comunión y no a un desarraigo. Las soledades entendidas así constituyen un método para la esperanza. Más aún para el amor. «La soledad y el silencio –escribe Tomás Merton– me enseñan a amar a mis hermanos por lo que son, no por lo que dicen.» ¿Era aislamiento aquella soledad de los santos del yermo? ¿Lo era la de los conventos? Creo que empezamos a entender mal la ascética de antaño. Pero sin entrar en esta cuestión, aquí parece indudable que hacer cada día una hora de hueco para la sosegada reflexión íntima proporciona un medio excelente para mejor entender y comprender las cosas, para extraer de la compleja maraña de los hechos el hilo que nos muestra las salidas del laberinto. En sus «soledades» hallaban inexhausto venero los poetas –desde Lope de Vega y Góngora hasta Antonio Machado, entre otros–, pero nunca arena. Lo de la arena seca de la soledad es más moderno, lo de la desesperanza en la soledad es casi de nuestros días. Y es que ésta hora es una soledad fríamente profesada, a lo magistral, y aquellas eran sentidas en entusiasmo de «amateur». Se buscaban inquietudes y pausas para la afirmación de verdades o de sentimientos confortantes. San Agustín entraba en su soledad, que era su brasero, para la suprema compañía, es decir, para saludar a Dios. Y aún en las ocasiones en que la soledad ahondaba en la tristeza –tal el caso de los poetas– no era con un propósito de abandonismo, sino de comunicación ardiente con la propia pena. Y ello ya no entraña ningún desdén hacia lo visible o lo invisible, sino al contrario.

La tarde de otoño declina plena de suavidades. El pulso de la ciudad se descompasa bronco y, sin embargo, a unos metros de la calzada hirviente de urgencias, se extienden los espacios vacíos del parque, pacíficos y umbrosos. Buen retiro para aspirar entre el silencio el pomo de las soledades. Porque toda la ciudad ruidosa es un coto para la caza menor de sucesos, de hechos, de «fenómenos». Pero hay otra caza, caza mayor –de «esencias» diría el filósofo–, para la que no es el tráfago clima adecuado.

¿Y si en la tarde soleada alcanzamos el privilegio de reposar unos instantes en un patio conventual? (En un rincón del claustro dos monjas cambian unas palabras en sordina.) ¡Cómo el silencio se carga de trascendencias, y la soledad, lejos de quedarse en ella misma, advierte la compañía y el estímulo de unas convicciones que se perfilan, que se afianzan límpidas, netas, irrenunciables! (¿Es posible que ya en no pocos simposios eclesiásticos se discutan los valores monásticos de la contemplación y el silencio?)

Lejos de la naturaleza libre, del campo abierto, apenas quedan en la ciudad, como ambiente propicio al laboreo introspectivo, otros reductos que el parque y el convento. Es lástima. Quizá la avitaminosis religiosa y metafísica que padece nuestra época tan musculosa y robusta desde el punto de vista científico, se debe en parte al escaso número de gimnasias para la soledad –para las soledades– de que disponemos. ¿Pero ello puede eximirnos de su práctica? Ellas, las soledades, fertilizan el espíritu, depositan el limo para la buena siembra. Desde sus silencios, los místicos, los inventores, los filósofos y los héroes han hecho al mundo habitable. Al menos, para que no nos anegue la «angustia» –la que ostentan como una herida infecta los corifeos del absurdo como sistema–, es urgente recurrir a las quietudes que limpian nuestro polvo y nuestro cansancio en su agua. Porque, paradójicamente, sólo las soledades redimen de la soledad...

(ABC, 20 de noviembre de 1969)


domingo, 21 de noviembre de 2010

CALLE ANCHA. "LAS ABUELITAS"



También llamada de Joaquín María Cuadra, médico filántropo de buena memoria. Se trata de otra calle habitada, generalmente, por familias de alto nivel social o económico. Edificios grandes, pero de escasa densidad de población. Aceras amplias. Inmemorable calle para las procesiones... Habitualmente, su poca concurrencia transeúnte le da un aire melancólico de seriedad y de sereno encanto. Calle contemporánea, pero no actual, la reedificación ochocentista se muestra en ella bastante ostensiblemente.

Parece como si todas las “abuelitas” tuvieran que vivir en la Calle Ancha. Abuelitas ochocentistas, naturalmente, sentadas junto a una mesa camilla, cerca de la ventana de la “sala” y que todavía deben tener guardados unos vestidos antiguos en las arcas olvidadas; abuelitas que rezan al toque de ánimas y en cuya estampa se percibe el último eco de los grabados de “La Ilustración”; abuelitas, en fin, propicias siempre a echar alhucema de sahumerio en los braseros; que guardan en la memoria el verso que les dedicó el abuelito –todos los abuelitos fueron poetas– allá por el año...; que tienen un calentador de cobre para la cama y un escapulario grande, colgado junto a la cabecera del lecho. Abuelitas por las que doblan a muerto, en las tardes de noviembre, las campanas de San Isidoro.

(De BIOGRAFÍA DE ÚBEDA)

(Fotografía de la Calle Ancha: archivo de Pedro Mariano Herrador Marín)

viernes, 19 de noviembre de 2010

CAMINO Y META



Los caminos se hacen muy bien, se planean y se ejecutan impecables. Pero no hay ya, apenas, metas. Salvando, claro está, las metas deportivas. Ferrater Mora denuncia en la Cultura de ahora una «perfección sin propósito». Dice que «se tecnifica no a los medios del hombre sino al hombre mismo». La cosa –es cierto– se repite mucho. Nos mecanizamos, nos «cosificamos». Está más que dicho ya todo eso y, no obstante, al filo de este día de noviembre, cuando nos acordamos de los difuntos, yo repienso como si fueran nuevas estas sugerencias. Si nos vamos a morir –y esta es una de las pocas cosas que no podemos dudar–, ¿por qué no nos decidimos de una vez a ahondar, a ahondarnos, hasta encontrar dentro, dentro de nosotros, eso que nos libera de caer en la inercia de sentirnos objetos (acabadísimos objetos) y no sujetos? Si somos sujetos –si somos un yo intransferible con densidad propia– la muerte no nos va a acabar, sino que va a significar para nosotros una genuina renovación. Y, entonces, es cuando la vida encuentra estímulo para forjarse metas. Unamuno lo sabía y decía: «Si soy inmortal, todo me importa. Si me voy a morir del todo, nada me importa nada.»

Faltan metas y sobran caminos. La abundancia de medios técnicos sin fines últimos, no tiene más remedio que producir un supremo hastío, un descontento infinito. «¿Qué es el hombre que ha de estar siempre descontento de sí mismo?», se preguntaba Goethe. Pero el descontento es mayor cuando, como en esta época impregnada de agnosticismo quedan los hechos y pierden los valores. No se pueden interpretar los sucesos –sean cuales fueren– si no hay una clave de valores. Ahora bien; si suprimimos la trascendencia y dejamos en la penumbra –como marginada– la creencia en la inmortalidad, no hay razón de peso ninguna para sostener que la Justicia, el Amor, la Libertad, etc., son bienes necesarios e incontrovertibles. Cualquier conquista moral es válida en tanto en cuanto tiene, a modo de resguardo, un carácter de perennidad. Pero lo de la perennidad no se entiende, o no quiere entenderse, en este tiempo de relativismos. Y es que no hay valores perennes si borramos los valores religiosos.

«Ea, pues, cesad y no os lamentéis más. Porque esto conserva validez para siempre.» Con estas bellas y consoladoras palabras concluye la tragedia de Sófocles Edipo en Colono. Las desgracias del rey destronado y ciego, pensaba Sófocles, eran útiles para la eternidad. Por supuesto, este es el supremo argumento cristiano de todos los tiempos. Todo lo que hacemos en la Tierra tiene su repercusión en un más allá, es decir, «conserva validez para siempre». Los «hechos», a los que damos toda la categoría en esta civilización pragmática, son nada más epifanías, manifestaciones. En la raíz de los hechos están los valores. Y son los valores los que perfilan al hombre y los que crean la moralidad y la ética. Y los que nos garantizan un genuino futuro. El Cristianismo se ocupó siempre del más allá, es decir, estudió y diagnosticó la futurología de la muerte. ¿Por qué ahora todos nuestros progresismos de vista corta, miopes, sin alcance, no ven más allá de sus narices? ¡Qué poca ambición! ¡No hay ilusión alguna para después de la muerte! Pero esta ilusión es la que hacía a los santos y a los héroes. La ilusión de ver a Dios; la ilusión de las Bienaventuranzas.

¿Cómo va a ser pesimismo recordar la muerte? Todo lo contrario. «Quien enseña a los hombres a morir, les enseña a vivir», escribía Miguel de Montaigne. Cierto el maravilloso verso de Quevedo. Cada uno de nosotros puede repetir con él: «Soy un fui, un será, y un es cansado.» Pero el cansancio aumenta y puede hacerse desesperante cuando, enterados de que nos espera la muerte, no sabemos compensar esta certeza con la esperanza de la inmortalidad.

(JAÉN, 4 de noviembre de 1973)