BLOG SOBRE JUAN PASQUAU - PERIÓDICO INTEMPORAL



PERIÓDICO INTEMPORAL DEDICADO A JUAN PASQUAU

Para que vuelvan a acercarse a la obra del escritor ubetense quienes tuvieron la suerte de conocerlo, para que lo descubran quienes no lo conocieron, para que todos crezcan en permanente conversación con sus escritos y su pensamiento.

viernes, 11 de enero de 2013

CRÉDULOS Y CREYENTES




A veces, cuesta trabajo creer y, precisamente, por exceso de credulidad. Ser creyente es una cosa y ser crédulo es, quizás, todo lo contrario. La miopía crédula atenta a las cosas pequeñas, a las medias verdades, al aparato externo y fenoménico de los sucesos circundantes, tapa o impide la creencia de largo alcance que tiende su arco valiente por encima de lo inmediato; de lo que a causa de un interés próximo, o de una pereza, o de una pasión mal orientada, capta nuestra mente de tal forma que sus formas se deforman y se perturba la lógica en atrofias e hipertrofias que extinguen su natural función.

Es curioso que bastantes jóvenes hoy comienzan el curso de su afianzamiento intelectual o vital por perder la fe religiosa. Pero, en la mayoría de los casos, no es que pierdan su concepto, su intuición o su sentimiento de Dios. Es que, al primer envite, lo arrojan como un lastre. Por creer con exceso o incondicionalmente en las teorías de un libro que acabe de entusiasmarles o en la lección de un maestro que se propuso atraerles, o en la personalidad de un líder que quiso imantarles, ponen en suspenso el funcionamiento de su propia razón e inhiben la puesta en marcha de sus mecanismos de defensa. Están tiernos, muy tiernos, para creérselo todo, para aceptar cuanto a ellos arriba con vistoso reclamo de novedad, de color, de fuerza aparente. Y como se lo creen —su credulidad llega en ocasiones a tragarse de una sentada a todo Freud, o a todo Marx o a todo Nietzsche— no les queda sitio para la genuina fe. Se emborracharon de vino ocasional y ya no pueden probar el auténtico vino generoso.

—No necesito de Dios, no lo echo de menos, vivo perfectamente sin Él —me ha dicho una bella muchacha quinceañera, a la que veo muy contenta, restallante de satisfacción a causa de sus ojos, de su negra cabellera, de su talle elástico y del elemental y sintético juego de pensamientos resumidos (muy resumidos) que bulle detrás de su frente.

—Pero mire usted —ratifica con tono que quería ser juguetón un segundista de B.U.P., con brazalete de no sé qué y con argumentos de no sé cuando—, si existe Dios, que yo no tengo por qué saberlo, lo indudable es que está ya muy viejecito. La genética, la bioquímica, Sartre, la Cibernética y el arte moderno, han firmado de común acuerdo su definitiva jubilación.

A ella y a él les pregunto por qué creen tan incondicional y tan exclusivamente en ellos mismos y me dicen que es lo único de que verdaderamente disponen. Yo les insisto y trato de inculcarles la sospecha de si todo no obedece sino a la ingenuidad de querer tomar posesión de sí mismo y del mundo apenas llegados, con las solas armas de una candidez infinita. Sonrío —levemente sonrío— cuando me dicen que el arte es ya otra cosa, y que ya es otra cosa la Cultura, y otra la moral, y otra el hombre. Les arguyo cómo es improcedente creer en todas las cosas cuyo único mérito es el no haber empezado todavía, desechando en cambio todas aquellas cuyo único defecto es el de mantenerse aún en pie. Les digo que una fe no puede asentarse sin raíces, ni el mundo rueda por permisión de los cantantes de moda, ni es viable sustituir el hueco de un dogma religioso que se intenta extirpar, con el último «slogan» del Partido. Les recuerdo que no queda otro remedio sino creer en los astrólogos cuando ha dejado de creerse en la Providencia, y en el absurdo cuando se ha apagado con agua sucia de las letrinas el íntimo fuego —apelación última— del Misterio. Deseo hacerles visible la ridiculez y hasta la cursilería que late tras el cartón pintado de ciertas admiraciones inconcebibles...; quiero apercibirles contra los nuevos mitos..., contra el «terrorismo intelectual», ya denunciado de silenciar cuantos valores, figuras, verdades y obras se pretende desprestigiar endosándoles el sambenito de «convencionales», de «tradicionales», de «burguesas», de «noñas» o de «inauténticas». Por el sólo hecho de no conformarse con los patrones respectivos de improvisación, de ruptura, de intemperancia, de destape o de cinismo que caracteriza a ciertas aptitudes que, so pretexto de sinceras, ofrecen todos los síntomas de una descomposición y de un agusanamiento.

Ella y él, después de oírme se sorprenden un poco porque quizás creían que nadie está de verdad convencido de estas cosas «antiguas» —Dios y la moral cristiana, por ejemplo— que yo sostengo llevado de un impulso sincerísimo. Como ven en mi casi un entusiasmo por ellas, dejan por un momento su gesto escéptico. Y entonces yo les agradezco esta sinceridad y este respeto a que, al menos de momento, les han movido mis palabras.

Me supongo que, enseguida, van a reaccionar de su provisional seriedad y van ellos a su vez a intentar convencerme. Pero van a tener que usar de otros argumentos. Ya saben que uno es todo lo contrario que un crédulo. Ya sabe que uno es un creyente. La fe, ¿cómo va a parecerse en nada a un «trágala»?

(IDEAL, 11 de enero de 1978)

martes, 8 de enero de 2013

UNIVERSIDAD




«En toda España unos treinta mil estudiantes
empiezan a ser universitarios en enero.»
(De los periódicos)

Es importante porque, en principio, treinta mil jóvenes se deciden a ser profesionales del estudio durante unos años. Y como la vida de por sí es seria —profundamente seria a despecho de cualquier apreciación frívola— hay casi la obligación de pensar (o por lo menos de suponer) que esos treinta mil estudiantes tienen la próxima intención de «hincar los codos». Es nuestro punto de vista y nuestro deseo de padres. Ya se sabe: los consejos, las advertencias, la ilusión y los temores de última hora. Cuando un hijo va a cursar estudios superiores, decimos que se va a la Universidad. Como si se escapase de algún modo. Y es que sale hasta cierto punto del «hinterland», de la influencia familiar. Cambia de vida y empieza a tomar una posesión consciente de sí mismo. ¿Va a dimitir en él definitivamente el niño? Porque siempre en cada hijo añoramos al chiquillo. Cuando estudia el bachillerato es fácil advertir todavía en el hijo la marca del niño, aunque cada día un tanto más borrosa. Pero cuando se marcha, cuando se va a la Universidad, es cuando de verdad él se siente persona. Y esto es bueno y a nosotros y a él nos congratula e incluso nos emociona. Hasta ayer nos hemos sentido exclusivamente autores de nuestro hijo y, como autoridad viene de autor, él ha jugado en nuestro campo y nada más que en nuestro campo. Sí; nos da alegría de que nuestro hijo haya terminado su trayecto en la vía estrecha de la Enseñanza Media e inicie su itinerario de vía ancha. Pero ahí está la cuestión; de momento nos acomete el temor del cambio y sabemos que, trocada la vía, se impone el cambio de vagones. Y esto, esto, es lo que duele. No le sirve el traje o el abrigo del año anterior a nuestro hijo. Es muy natural. Pero, ¿nos resignamos de igual conformidad con que se le quedan estrechos los usos, las costumbres e incluso los juegos de hace seis meses? El universitario va a calzar ideas de adulto, preocupaciones de adulto, pasiones y emociones de adulto, zozobras de adulto. ¿Tiene de verdad el alma ya hecha para estas cosas? ¡Pero si ayer, ayer nada más, era nuestro niño...! Así es que ahí van, niño; ahí van, hijo mío; ahí van, joven, los consejos, los avisos, las admoniciones y las cautelas:

—Mira, que te lo dice tu padre que tiene mucha experiencia. ¿De verdad vas a tener mucho cuidado?

El cuidado que recomendamos y que urgimos al flamante universitario es de espectro muy ancho; debe alcanzarlo todo, referirse a mil aspectos distintos. Cuidado —le decimos— con el tiempo. Claro está; eso es lo primero: no debe perder el tiempo. Pero además ha de cuidar la ganancia en muchas cosas. En el fortalecimiento físico y moral. (¡Qué seas un hombre de verdad, hombre!) Y cuidado con la salud. Y con los amigos. Y con las amigas. Y con tu horario. (¿Cuántas horas vas a estudiar cada día?) Y con tus diversiones. (Tú, los fines de semana, pásalo bien; pero tranquilo, ¿sabes?) Y con lo que comes. Y con lo que bebes. Y... con el ambiente. (¿A qué llamas «ambiente universitario», hijo mío? No vayas a confundir el rábano con las hojas. Tu vas a la Universidad a estudiar, ¿no es eso? Supongo que lo sabes. ¡A estudiar y déjate de pamplinas!)

Y él, nuestro hijo, ante nuestros consejos, ante nuestras advertencias, ante nuestros temores, sonríe. Va a jugar en campo ajeno, inaugura carrera, es decir nueva vía y nuevos vagones. Nos tranquiliza.

—Mira, papa...

Casi no le dejamos hablar. En su gesto advertimos una especie de seguridad que hasta hoy no le hemos visto. Y sus explicaciones, sus conceptos, tienen ya un dibujo. ¿Se ha acabado en él el niño? Esto es bueno, Señor, pensamos. Pero, Señor, esto...

Sí; evidentemente nos desazona su seguridad en sí mismo, recién inaugurada. Nos tienta el pesimismo: ¿va a ser válida esa seguridad o se va a desmoronar al primer embate? Y en seguida vemos peligros, peligros, peligros... Luego deseamos ponernos a tono y vemos logros, logros. Logros maduros en una lejanía. Y lo contemplamos ya —para dentro de unos años— médico, profesor, investigador, economista. Y lo vemos con su bata blanca, o lo vemos en su despacho, rodeado de secretarios.

Se va, se va a la Universidad. Él está contento. Nosotros los padres, igual. Él tiene sus proyectos. Nosotros nuestros temores. Él se lleva su ilusión. Nos quedamos nosotros con nuestra experiencia. Una novia, todavía ignota, le sonríe. Nosotros recordamos su sonrisa de hace siete años cuando ingresó en el Instituto, su sonrisa de hace un año cuando nos contó su último gol en el colegio... Hasta, ¡hay que ver que tontos somos!, recordamos su sonrisa de bebé de hace quince años, dieciséis años...

—Pero, padre, ¡qué terco eres! A ver si todavía no me conoces.

Lo dice con una chispa de emoción, pero dentro le bulle el contento. Va a tomar posesión del hombre. Es plena mañana para él. Y, ¡qué le va uno a hacer! A uno, le sonlloran dentro no sé qué melancolías. ¿Está atardeciendo?

—Bueno, hijo mía, pero ya lo sabes, ¿eh? No lo olvides. ¿Lo vas a olvidar?

Lo sabe. Lo sabe y no lo olvida. ¿Qué sabe? ¿Qué no olvida? Mete en la maleta los libros, la ropa, los consejos. Va a tener cuidado, mucho cuidado con los libros, con la salud, con los amigos y con los consejos. Nos lo asegura y nos lo creemos. Pero se va, se va a la Universidad.

Y mamá, con la voz un poquitín quebrada, exclama:

—Esto es como empezar a perderlo...

Entonces, uno, con la voz entera, muy entera, muy firme, le sonríe a mamá y le dice:

—¡Bueno, mujer, bueno! ¡Qué cosas dices...! ¡Todo va a ser para bien!

(JAÉN, 5 de enero de 1974)

domingo, 6 de enero de 2013

LOS REYES MAGOS





Los Reyes Magos son... un humo de sueños que de pronto cristaliza y esculpe en realidades tangibles la áurea efusión de las ilusiones.

Vienen guiados por una estrella, pero ellos mismos son luz. Van a adorar a un niño; pero ellos mismos alojan en su alma de reyes un alma de niño. Melchor, Gaspar, Baltasar, ¿cuál es vuestro premio? En Belén, hace dos mil años, el Hijo de María puso encima de los recamados de vuestros mantos reales la máxima condecoración. Os nombró mantenedores perpetuos de la clara ingenuidad de los niños de todos los siglos. Os distinguió, Embajadores eternos, imprescriptibles, de una alegría sin mancha: de una alegría que cada año deposita su semilla en los corazones que no conocen la sombra.

Niños, esperad; los Reyes ya llegan. Parece mentira, pero ya casi están aquí. Vestid de limpio vuestras vidas para recibirlos. Acoged la espléndida cabalgata con ese júbilo de que solo vosotros sois capaces. Ellos os traen un regalo y un Mensaje. Un juguete y un recado —amoroso recado— del Niño de Belén.

(FAMILIA, Núm. 2, diciembre de 1957)

martes, 1 de enero de 2013

FELIZ AÑO NUEVO




La fiesta centrífuga.—

Nadie, en España, puede quitar a nadie la barata presunción de que pertenece a un «sufrido Cuerpo». Basta, a veces, cobrar un sueldo del Estado para pertenecer a un sufrido Cuerpo. O un sueldo de la Provincia. O un sueldo del Municipio. Ya se sabe que existen entre los hombres, y en todo el haz de la Tierra, vanidades muy económicas. Una de ellas, la de tener un soberbio resfriado. La de tener una heridita —con su vendaje y todo— en la muñeca, es otra. La de estar todo el santo día atareado y no disponer ni de un minuto de tiempo libre, no es la menor. Los humanos ostentamos —porque algo hay que ostentar siempre— nuestras deficiencias, nuestras limitaciones, como un honor. He aquí, pues, a los miembros de los «honrados y sufridos Cuerpos» (y el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra), exhibiendo a todas horas, en conversaciones, en duelos, en bautizos, en bodas, en todos los actos que componen la gama de las relaciones sociales; he aquí a los ciudadanos de los honrados y sufridos cuerpos, alardeando de su «callada, perseverante y mal retribuida labor». ¿Quién no es miembro —directa o indirectamente— del «sufrido cuerpo del Ejército», del «sufrido cuerpo del Magisterio», del «sufrido cuerpo de la Magistratura» o del «sufrido cuerpo de la Administración Local»?

Pero por Navidades y Año Nuevo —nadie puede negarlo— el sufrido Cuerpo por antonomasia, es el de Correos y Telégrafos. Ya cuando se inicia Diciembre, cuando va a llegar la Purísima, el Cuerpo prepara el parche ante la proximidad inaplazable del grano; ya, entonces, se formula la sana advertencia: Hay que depositar en los buzones las felicitaciones de pascuas, para evitar toda clase de embotellamientos, alrededor del quince de diciembre o cosa así. ¡Ojo! De no hacerse de esta manera, los vagones furgonetas de los correos harán descarrilar el tren por exceso de «chritsmas», y los pulmones de acero de los carteros, naufragarán por exceso de silbato.

Por eso, el 17 de Diciembre, había uno recibido ya el noventa y ocho por ciento de las felicitaciones de pascuas que tenía que recibir, y haya uno cursado ya, el 20 de Diciembre, el cien por cien de los plácemes de año nuevo que se consideraba obligado a dirigir.

Nadie, en absoluto, se acordó de felicitarnos las pascuas el día 25 de Diciembre. Este día —nada más— nos trajo el correo, esa cosa tan prosaica que se llama «reembolso». Realmente, ¿qué quedaba de la Navidad cuando amaneció el día de Navidad? Los «critsmas» estaban más que trasnochados, la lotería había pasado, estaba liquidada la paga extraordinaria... Parecía hasta una mañana de día laborable, porque como también la Misa había sido la noche anterior... Fue un día vacío y hastiado que vine después de la Noche-Buena. Un día en que casi resultaba elegante rechazar la bandejita de los polvorones, con un gesto displicente de úlcera de estómago. Porque también, el día 25 de Diciembre, tiene su «aquel» la vanidad de poder decir:

—No, por Dios, doña Pepa; a mí, bicarbonato.

Hay fiestas fijas, fiestas movibles y fiestas centrífugas. La Navidad, pertenece a la última especie.

Las «razzias» navideñas.—

—Entre la peste aviar y la Nochebuena... —podría quejarse la gallina, sino fuese tan tonta.

Y el pavo, le daría la razón, sino fuese tan «pavo». Porque la Noche-Buena, es la Noche Triste del pavo.

¿Por qué esta elección, este favoritismo, en «beneficio» de los «bichos de pico», cuando llega la cena de Navidad?

La «razzia» de los pavos, no levanta protestas ni en la Sociedad Protectora de Animales. Porque es una «razzia» con infinidad de intereses creados... Sería interesante el «punto de vista» del pavo al llegar estos días:

—¡Es un asco esta sensualidad de ese ser llamado hombre! Desdeña lo de llamarse «animal» como nosotros —pensaría el pavo si pensase— y, sin embargo, del animalísimo acto de comer, hace el centro de todas sus expansiones espirituales. No es capaz de «celebrar» nada, si no existe una comilona de por medio. Si no tuviese a todas horas animales que comer, ¿qué sería de él? Y, ¿qué sería de su cena navideña sin mí? Hasta de sus motivos religiosos, saca partida para llenar su estómago. ¡Qué animal!

Enero.—

¡Enero, enero... tienes nombre de cuesta! Pero es la «fama», ¿verdad? Tal como se ha puesto la vida, cualquier mes —el mismísimo Mayo florido y hermoso— es un Himalaya. La vida es un alpinismo en el que nunca falta el «picacho de cada día».

Lo que sucede, Enero, es que tienes que soportar de los hombres, de todos, la abrupta filosofía del «después» de la fiesta. eres un Lunes a grande escala; un lunes que dura toda una luna. Sobre tu faz escupen todos los oficinistas el malhumor de las nueve y media de la mañana, y todos los profesores encaran contigo su desgana de la primera clase, y...

Lo que sucede es que cuando pasa Reyes; cuando Enero, sin orla de pascuas, se presenta mondo y lirondo, es cuando hay que hacer efectiva aquella alegre promesa de «año nuevo, vida nueva», formulada entre sorbos de licor, en la Noche-Vieja, con varios días de fiesta por delante.

Enero, como el pavo, también puede tener su punto de vista. La Navidad, tal como la entienden los hombres —dice Enero—, es una fiesta bonachona y fofa: una fiesta sin nervio, sin acento; un lugar común de la sensibilidad; un tópico de la felicidad. La Navidad, tal como la entienden los hombres, carece de todo dramatismo cuando su conmemoración, precisamente, implica el más radical dramatismo de la Historia. La Navidad se ha aburguesado tanto entre la lotería, el turrón, la paga extraordinaria, las vacaciones y los cinco duros cedidos en un «alarde de generosidad» a los pobrecitos, que toda ella se ha vuelto sebo untuoso, sin hueso y sin fibra: sin verdad ninguna dentro. La Navidad, tal como la entienden los hombres, es un pastel hueco. Yo —concluye Enero— represento mejor a la realidad; yo no ofrezco facilones encantos a la gente. Por eso han inventado lo de la «cuesta».

Los Reyes motorizados.—

¡Ya es un fastidio tanto camello! ¡Teniendo las «vespas» al alcance de la mano!

El anacronismo de los Reyes Magos de Oriente, es bien manifiesto. Si no fuese porque son magos, ¿cómo en una noche iban a poder atender a los chiquillos de los dos hemisferios?

Pero no es fácil convencer a unos hombres tan «tradicionales» como Melchor, Gaspar y Baltasar. Como no se encargue de ello una agencia de publicidad de esas que patrocinan emisiones futbolísticas...

¿En qué higuera están ellos, los Reyes de Oriente? Ahora, a los chiquillos se les importa una higa los camellos, esa es la verdad. Si Melchor, Gaspar y Baltasar no pueden ya, por su edad, ser futbolistas —que es lo que únicamente les haría admirables a los ojos de los chiquillos— que sean, al menos, campeones motorizados. Ellos, para despertar admiraciones férvidas, emplean los conocidos sistemas antiguos: ellos son buenos, sabios, prodigiosos, sencillos. Pero si no disponen de un «motor», ¿cómo podrán convencer a nadie? Si no avasallan con su estrépito la calma ciudadana, si no se erigen en el pedestal del sillín, no dejarán de ser unos pobres hombres con corona y barbas.

Los tiempos cambian. Hay que renovarse. Renovarse —ya se sabe— trae consigo muchas renuncias. Si los Reyes absolutos de antaño han renunciado a su omnímodo poderío, si para subsistir en Suecia o en Inglaterra, se han visto precisados, por ejemplo, a confiar la carga legislativa sobre las espaldas, relevantes y revelantes, de los parlamentarios, ¿por qué no van a modernizarse también los Reyes Magos? ¿Por qué no renunciar al camello, y depositar sus tesoros de ilusión, cargados de juguetes, sobre las «anchas espaldas» del motor?

Alguien tendrá que escribir una carta a los Reyes Magos, diciéndoles todo eso. A ver si se enmiendan para el año que viene.

ANSELMO DE ESPONERA

(Revista VBEDA, Año 6, Núm. 72, diciembre de 1955)

lunes, 31 de diciembre de 2012

DE LA CONSOLACIÓN DEL ALMANAQUE





Desconsuela el tiempo. Desconsuela porque es una recta inexorable cuyo trazado avanza sin pausa hacia un fin que desconocemos. Pero consuela el almanaque. Gracias a él medimos, racionalizamos, la enorme potencia inacabable de Cronos... Cuando nadie había pensado todavía en la ecuación espacio-tiempo, Descartes, en su discurrir «more geométrico», opinaba: «El tiempo es la extensión del espíritu». Pero el hecho es que, para medir esta «extensión», el hombre no ha recurrido a ningún artificio. El almanaque no es un producto sintético. Es, más bien, algo natural, naturalísimo. La Tierra da vueltas alrededor del Sol y rota en torno a su eje. Luego, el almanaque anota vueltas y rotaciones, años y días. Es el contable de la «música de las esferas». Pero de un realismo tal que excluye, en su exactitud, cualquier interferencia puramente subjetiva. Una cosa es la «música de las esferas» y otra la «música celestial».

Así es que tenemos el almanaque porque «está ahí» el año. Medimos el tiempo con la unidad año. Y eso es lo que consuela. Porque, así, en cierto modo, hacemos al tiempo reversible. Así se le obliga a pasar por caminos trillados, por estaciones conocidas. El año «caza» la trayectoria inapelable del tiempo forzándola a curvarse en espiral, le tiende una trampa, hace de ella un ciclo, un círculo; la encadena. No hay, por tanto, una sucesión de las horas, sino un molino de las horas.

Nuestra planeta da vueltas alrededor del Sol. Es una providencia. ¿Qué pasaría si no? Este girar preserva a la Tierra del caos. Y a nosotros nos libra del tiempo implacablemente nuevo. O repetirse, o morir.

El Tiempo nos espolea: ¡Aprisa! ¡Vamos! El Tiempo tira de nosotros hacia delante. Quisiera conducir a nuestras ansias hasta hacerlas sucumbir —auriga feroz— exhaustas y sedientas entre la arena. Pero llevamos nuestra alforja cargada de minutos muertos en la espalda. De vez en cuando nos ponemos a descansar al borde del tiempo y demandamos de la alforja el pan de los recuerdos.

Para eso hay cincuenta y dos domingos en el año. Cincuenta y dos apeaderos de nuestro quehacer. Cincuenta y dos mirillas a nuestro paisaje espiritual, es decir, cincuenta y dos aperturas al pasado, a la pura intimidad. Es lo razonable. ¿No habéis observado que el domingo vuelve siempre la cabeza?

A todas las fiestas les pasa eso: son respiraderos que ventilan el aire demasiado cargado de actualidad. El almanaque es una fachada de días grises, funcionales. Pero, de trecho en trecho, en la fachada brilla una ventana iluminada, una fecha festiva.

Y, en todo caso, el almanaque coloniza al tiempo. No hay día sin numerar, sin santo y seña. ¿Qué hubiera sido de la Historia sin el almanaque?

Gracias al almanaque —gráfica del año— nuestro internamiento a través del tiempo que nos guarda deja de ser enteramente doloroso y confuso. Pero él es, un poco, «el plano del año que viene». Nos ordena el callejero. Cualquier acontecimiento que nos asalta será en paraje conocido. Aun lo más incierto de nuestro porvenir —la muerte— será un día cuyo nombre hemos repetido muchas veces.

Ignoto porvenir. No obstante, el almanaque nos trae el anuncio de mil seguridades. Habrá champán en Año Nuevo, juguetes y regalos el día de Reyes, nieve en enero, rosas en abril, piedad en Semana Santa, sudor de logros en agosto, atardeceres de dulcedumbre vendimial en septiembre... Todo es incierto, pero las estaciones y las tradiciones se repetirán. Bogaremos en precario, pero no faltarán islotes en tierra firme en rededor. No seremos extranjeros. La naturaleza nos hablará con la caricia de sus paisajes vernáculos; la Naturaleza, al menos, no inventará nada nuevo. (Hará una copia más del modelo; es su limitación gloriosa.) Y las fiestas nos brindarán su cabaña. Y no todo va a ser un vivaquear a la intemperie.

Si el almanaque, la soledad del hombre en el Tiempo se haría insoportable. El hombre, criatura puesta en el trance de hacerse a cada instante bajo el látigo del Tiempo, criatura cuya esencia ha de trabajarse a sí misma cada día, cuya sensación radical es la de advertirse incompleto, necesita en su orfandad verse rodeado de elementos seguridades, urge de algo que permanezca mientras él agoniza, mientras él lucha... Sin Fe en Dios, el naufragio del hombre es inevitable. Y también la Fe se sirve para lanzar sus señales luminosas, de los faros del ciclo litúrgico. La Gracia, también tiene su almanaque.

Y de la Gracia pasamos a la Tentación. Porque, eso es: el Tiempo tiene el carácter de una Tentación...

Él crea un «ahora» distinto en cada momento para, al momento siguiente arrojarlo a la fosa común del «antes». Cada actualidad está condenada a ser historia; cada «ya» nace destinado al «fue»; cada presente vivo morirá. Lo nuevo es pura ironía.

Contra la tentación del Tiempo, la esperanza de la Eternidad. La Eternidad es la vida asumida en totalidad, sin fronteras. Es la anulación del antes y del después. Es la revocación del Tiempo. Eternidad: vindicación.

El almanaque, recuerdo de que cada día definitivamente pasa, porque todo retorna en la festival conmemoración, es un símbolo de la Eternidad. Es un exorcismo, un anatema contra el Tiempo.

Del tiempo radicalmente nuevo, del tiempo sin freno y marcha atrás, del tiempo sin tradición, del tiempo sin almanaque, ¡líbranos, Señor!

(ABC, 31 de diciembre de 1960)

domingo, 30 de diciembre de 2012

EN EL AÑO DE LA FE. LA CLAVE DEL AÑO





«Me arrepiento, ¿qué más puede hacer un hombre?», arguye un personaje de Shakespeare. Shakespeare escribía en un siglo todavía de fe. Si hay fe tiene sentido el bien y consecuentemente, lo tienen también el arrepentimiento y el pecado. Entre otras cosas, la fe —la fe en Dios— supone una concepción del mundo, un planteamiento previo y universal ante cualquier problema. Hay, según la fe, un absoluto que se eleva sobre todos los relativismos; hay una Verdad que está siempre ahí, invariable, como una estrella. Entonces, el mundo y la historia se reducen a un esfuerzo de acomodación. En lo humano, si el esfuerzo es suficiente, resulta la virtud, viene el bien; si, por el contrario, el esfuerzo no se intenta, o perece en la demanda, surge el pecado y el mal triunfa. Pero el hombre pecador sabe que el bien está bien y que el mal está mal. Cuando se siente el mal como mal, viene el arrepentimiento. «Me arrepiento, ¿qué más puede hacer un hombre?», es decir, ¿qué más puede hacer un hombre que ha delinquido?

Naturalmente, el esquema varía de manera radical si se prescinde de la fe o la fe no actúa. Si no hay Dios, se ha destruido la clave del arco de la moral. Si no hay Dios, la lógica es un andamio mental y la injusticia una invención más o menos arbitraria. La historia contemporánea, ¿es la de una sociedad que ha perdido la estrella y no sabe por donde caminar? No hay motivo, si no se hace válida la referencia a un absoluto para dictaminar que una acción es más justa que otra, o mas encomiable que su opuesta. Es inútil sacarse de la manga una moral después que se ha dicho que «Dios ha muerto». Hasta parece irónico hablar de verdades si ignoramos qué es la Verdad. Si no «restauramos» a Dios, estamos condenados a una ética nómada, errante, pragmática, relativa, oportunista. Pero eso, ¿es ya ética? Ni la misma apelación kantiana al «imperativo categórico» pasa de simple sucedáneo... Si no existe una entidad esencial de la verdad, un patrón-oro, por decirlo así, del pensamiento, nuestras ideas no son sino aventuras y nuestros juicios no significan mas allá de fugitivas fosforescencias en la noche. Es el precio de la «muerte de Dios». «No existe Dios, todo está permitido», era el tema de la secta de los «assasinos» que gustaba recordar Federico Nietzsche.

Se dijo muchas veces: La primera consecuencia de la ausencia de la fe es la pérdida de los fundamentos morales. No obstante, veo preparada la objeción. En otros tiempos —se declara— la fe era inmensa, pero la moral era tan precaria, y aún más, que ahora. Es cierto que en nuestro tiempo disponemos de una moral, aunque empecemos a no tener fe. Pero esta moral actual, poca o mucha de que disponemos —cabría contestar a los objetantes—, ¿acaso no es resto de la moral antigua, de la engendrada por la fe religiosa? ¿No es que la moral sigue como costumbre, como inercia, de la misma manera que durante algún tiempo sigue girando la rueda después que se ha parado el motor? ¿Qué sucederá cuando el sol de la creencia haya tramontado del todo?

Pero imaginemos que una nueva moral —diferente— quiebra albores; concedamos, inclusive, que una inédita moral, desvinculada de la fe, se avecina. ¿Qué garantías puede ofrecernos? Hay que convenir en que, sea cual fuere, un florecimiento de ética sin Dios, tendría esta contrapartida: al pecado le faltaría conciencia de pecado. Ahora bien, entonces el pecado sería algo enteramente convencional como lo sería su opuesto, la virtud: uno y otra carecerían de auténtica gravedad. Nuestra conciencia, dígase lo que se quiera, nos absolvería entonces de todo, al no sentir que, precisamente, es conciencia, es decir, algo que acompaña al conocimiento, a la ciencia de las cosas: algo que les falta al tigre y al insecto, que, cierto, saben lo que les es preciso y matan a su víctima unas veces y la halagan otras, sin poder sospechar por ello que están haciendo una cosa buena o una cosa mala.

Un hombre sin fe o creencia alguna, será un animal con ciencia, pero sin conciencia. (Hablamos de conciencia en el sentido moral, no en el psicológico, para el cual todos los juicios de valor sobrarían.) En cambio la fe en algo superior e inmutable —en Dios— es la glándula (permítaseme la expresión) de la genuina moral. Estirpad esa glándula y quedará un alvéolo hueco, propenso a las más nocivas y sutiles infecciones.

De otra parte, no es lícito decir que la moral va bien porque —por ejemplo— el nivel de vida es mejor, razón ésta que se arguye mucho ahora al hacer política de moral comparada. Si se aspira a una concepción del mundo, si lo que se quiere es entender el Universo, el dato de que existan más coches —más velocidad— o mejor indumentaria en las gentes, significa bien poco. Hasta el hecho de que disminuya el analfabetismo es logro pequeño si no va acompañado de intensos resurgimientos del espíritu. Y en cualquier caso, aún admitiendo que con Dios en los siglos de fe la gente era igual o peor que sin El en los tiempos que carecen de ella, las épocas de fe tienen siempre la ventaja apuntada.

Tener el sentido del pecado, es una fuerza que nos lleva nada menos que a la esperanza y, con ella, al arrepentimiento. ¿Acaso esto es poco? «Me arrepiento, ¿qué más puede hacer un hombre?». Bella frase, teológica frase, que abre perspectivas a una concepción superior del Universo. A mi no me llamaría nada a admiración un mundo de moral laica —moral de hormiguero— de virtudes puramente sociales o cívicas, de tejas abajo, en el caso de que la moral fuese posible. Prefiero un mundo en claroscuro —el mal con su espada y el bien con su espada y con su palma— en el que sin embargo el hombre, portador de eternidades, se sabe llamado a altos destinos. Lo de que haya personas que a pesar de que creen en Dios no son santos, no arguye nada verdaderamente importante. Lo decisivo es saber que existe un Lugar del Bien, un Sitio de la Verdad, un objetivo de la Esperanza. Y que lo sobrenatural se eleva sobre el mundo dando explicación, comprensión, a cada cosa. En verdad, la fe no ha eliminado las miserias de la Tierra, pero cuando nos convenzamos de que «nadie es bueno sino Dios», nos escandalizaremos menos de los pecados de los hombres y, sin embargo, el pecado aparecerá entonces con su neto, grave y exacto perfil. Lejos de cualquier utopía, los hombres humildemente volverán a saber aquello que suena a expresión beata pero que es —y ningún creyente puede discutirlo— el fundamento de la vida religiosa: que sin auxilio de la Gracia todas nuestras obras son muy poca cosa. Predíquese esto de la forma más moderna que se quiera, con el léxico más adaptado, más al uso, que se desee; cámbiense las estructuras hasta donde sea posible; renuévese el barniz apologético y encálense todas las fachadas eclesiales y doctrinales de la fe, pero predíquese eso, siga predicándose eso. De otra manera, lo que se predique ya no será Cristianismo y lo que se enseñe ya no será puntualmente la verdad. Hay algo que no puede ser nuevo por muy nueva que sea la encuadernación: la fe y los fundamentos morales de la misma.

Muchos impacientes que quieren el progreso a todo evento, tienen que conformarse, si son cristianos, a enseñar que el progreso del hombre ha de pasar necesariamente, por el regreso a Dios. Porque el cristianismo es más, mucho más que un humanismo.

(Diario de JAÉN, octubre de 1967)

viernes, 28 de diciembre de 2012

EL RASTRO POR LA MAÑANA





¿Cuándo amanece Madrid? A las nueve, ya Madrid es Madrid. Aunque ahora, en la cuesta debajo de diciembre, cada mañana tarde un poco más en erigirse, en izar su esplendor. Y no es que la ciudad se levante de una vez y por todas partes a un tiempo. Se inaugura antes la actividad —seguro— en la plaza de la Cebada que en el barrio de Salamanca... Terminaba hoy de cuajar el día en la mismísima plaza Mayor cuando mis arrestos de madrugador ocasional se disponían a estrenar no sé qué impresiones. Porque eso tiene la villa, eso tiene la capital de España: cabe desvelar en ella, a cada momento, un «punto de vista». Basta con orientar los pasos en un sentido o en otro. Pero para ir a Goya —yo tenía que ir a Goya— parecía temprano. Era temprano hasta para ir a Argüelles —yo tenía que ir a Argüelles—. La niebla de estas mañanas preinvernales de Madrid dura en unos barrios más que en otros. A lo mejor persiste más en los barrios elegantes, que tienen más tiempo, menos prisa, para desentumecerse. El caso es que calle de Toledo adelante, la mañana optaba claramente por el sol... Ahora los días amanecen perplejos, andan premiosos para definirse. ¿No hay siempre alguien, en la amanecida, que pronostica que va a llover?... ¡Pobre! Hasta que Febo —se dice todavía Febo?— penetra por las rendijas de las habitaciones y se pone, de nuevo, a glorificar al polvo. Ya es una lata. ¿Cuándo se tomará él las vacaciones? ¿Cuándo dejará un día Febo de...?

Bueno; yo iba calle de Toledo adelante sin saber a dónde —¿a dónde, Dios mío?—, con ese andar desconchado, blando, con que uno camina cuando por dentro le andan sueltos, sin semáforo ni brújula, los pensamientos. Es natural que la calle Toledo se parezca algo a Toledo, me razonaba yo. Los mismos rótulos gastados, anticuados en las tiendas; casi el mismo aire en el tránsito rodado: carros, carretas, carretillas en el asfalto. Un Madrid diluido en capital de provincia. ¿Habría más allá aún un Madrid diluido en pueblo? ¡Este Madrid! (¿Por qué decimos «¡este Madrid!» siempre para todo? Es una buena muletilla que nos excusa de pensar por nuestra cuenta sobre el significado de cualquier vario aspecto, novedad, sorpresa o gracia de la ciudad.)

Y como uno tenía deseos de buscar ocupación a esos pensamientos que se andaban hurgando las narices mientras la villa acicalaba su porte, reeditada ya bajo el «azul de diciembre», he aquí, burla burlando, la estatua de Eloy Gonzalo. ¡La Ribera de Curtidores, a un paso!

El Rastro. Llegar a él y disponerse a desempolvar —a sacar de la personal buhardilla, de la medio derrengada memoria— los tópicos pintoresquistas todo es uno. Buscaba yo resortes que hiciesen funcionar el mecanismo, bastante herrumbroso, de la evocación castiza, claro está. Con las manos en los bolsillos —Guadarrama de mis temores—, empiezo a mirar los puestos. ¿Iba queriendo adivinar, entre los vendedores de barato, a Polonia la mondonguera, a Ignacio el albañil, a la tocinera, a la panadera, al petimetre, al majo?... ¡Si estuvieran!... No he podido adivinar en qué tienda del Rastro yace el sainete, ese género que yo sabía herido de pronóstico reservado, porque, naturalmente, el tiempo ha dado más de un vuelco desde don Ramón de la Cruz acá; no he conseguido enterarme en qué yacija del Rastro descansa el sainete, que yo suponía malparado, pero no muerto. Porque como uno viene de provincias...

Así es que, en vista de la búsqueda infructuosa, hay que ensayar en el Rastro otra postura, hay que seguir por distinto camino. Tensar, por ejemplo y por si acaso, las cuerdas más o menos sentimentales. («Más o menos», porque de lo sentimental a lo sentimentaloide, ya se sabe...) Pero, consciente y todo del peligro lacrimógeno, me dije: ¿Afinamos, Fabio, los violines nostálgicos?

El Rastro, como punto de vista. Una experiencia para uso de moralistas y filosofantes. Porque, efectivamente, «este Madrid» es inagotable. ¿Dónde empieza y dónde termina Madrid?

Aquí, en el Rastro, termina. Aquí acaban de fondear en arribada forzosa, desarbolados, los bajeles de la dicha modesta. (Un dormitorio de madera de pino, a medio descargar, arrebatado de Dios sabe qué habitación barriobajera, está solicitando los trémolos, puede que delicuescentes, de la elegía.) Aquí han recalado, rotas las jarcias, zozobrantes, a la deriva, los bajeles esplendentes. (Una «sala de época» cobijada, esa sí, bajo techado, musita detrás de un escaparate el responso por una felicidad que debió morir hace setenta años.) ¡Ay de los lujos mobiliarios que ya no pilota ningún dueño! ¡Buques fantasmas de una gloria embestida por la mala fortuna! Y ¿no se retrataban tu abuelo y el mío, lector, a la hora del café, junto a mesitas de laca, como ésta..., con fondo de cornucopias doradas como ésa?

Aquí —acabamos de afinar, Fabio, los violines pungentes— termina Madrid, en la desolación de aquel abrigo (¿fue de algún muerto, Dios mío?), que cuelga grotesco —casi goyesco—, que grita macabro —casi solanesco— en la tienda del ropavejero.

Aquí termina Madrid, entre puestos de buhonería y de juguetes usados. (Algo hay más patético que una alcoba de segunda mano; es un juguete de segunda mano.) Aquí concluye, en un osario de piezas, de tornillos, de ferretería oxidada. Aquí, hecha sarcasmo, descuadernada la ironía; cabe un tenducho de material eléctrico averiado exponen su mérito, renegrido y vetusto, unas tallas románicas.

—¿Cuánto quiere usted por ese santo?

Un vergonzante rubor —reconocedlo conmigo—; una penosa violencia para los códices miniados, espesos de pergamino y de latín.

Aquí Madrid abre su escotadura tristísima y advertimos cómo una vanidad que se desangra busca, perdido el ritmo, ausente el pulso, los caminos de la desbandada. (Don Ramón de la Cruz, éste no es tu Rastro, que te lo han cambiado.)

Pero enfundemos ya, Fabio, los violines dolientes. Todos los días Madrid termina en el Rastro. Pero empieza Madrid, cada jornada, en la epifanía matinal de sus centros triunfales. Madrid, un poco como la esfera de que hablaba Pascal, ¿no principia a tener su centro en todas partes? «Este Madrid». Ya, a nuestro regreso del Rastro, la ciudad afila la punta del mediodía, la hora jocunda, para con ella dibujar el rasgo —y el garbo— gracioso de su gozo. Madrid es una inmensa noria de cangilones —de «puntos de vista»— exultantes. (Pero su agua amarga está oculta; apenas aflora, si no es para que nos demos una vuelta hacia «el Rastro por la mañana».

Es, de otra parte, la cosecha única que, en plena sequía pintoresquista, la contemplación del Rastro puede depararnos.

(ABC, 26 de diciembre de 1958)