BLOG SOBRE JUAN PASQUAU - PERIÓDICO INTEMPORAL



PERIÓDICO INTEMPORAL DEDICADO A JUAN PASQUAU

Para que vuelvan a acercarse a la obra del escritor ubetense quienes tuvieron la suerte de conocerlo, para que lo descubran quienes no lo conocieron, para que todos crezcan en permanente conversación con sus escritos y su pensamiento.

jueves, 5 de abril de 2012

FONDO MONUMENTAL





Úbeda enmarca sus solemnidades religiosas de la Semana Mayor sobre un fondo inmejorable. Las piedras monumentales son, también, espectadores de las procesiones. Así la piedad, trenzada con el arte, sugiere a las almas una pura intuición de Belleza. Belleza dosificada, al par, de Ética y Estética. Idas que ebullen, vivaces, estimuladas por la emoción. Ideas que se hacen sentimientos. Anhelos que encuentran su «clímax». Fe que trepa victoriosa escalando memorias y dulces recuerdos. Historia abierta, como camino real...

Úbeda renacentista aporta una gracia serena, templada de elegancias, al estallido sublime de la Gracia...

(Del artículo ÚBEDA, CIUDAD DE SEMANA SANTA. Revista Vbeda, Año 13, núm. 118, 5 de abril de 1962)

(Fotografía: JUAN DE LA CRUZ MORENO BALBOA)

CALLE ESTRECHA





En las calles estrechas, la procesión muestra, mucho mejor, su intimidad. Los «pasos» rozan casi las plegarias del balcón y el capirote de los penitentes proyecta en los muros su ascética sombra. Y el silencio, logrado, propone un fondo maravilloso para el leve retiñir de los palios de plata. Y se espesa un perfume de lirios mientras el humo de los incensarios, ausento el viento, eleva, en lenta serenidad, su homenaje. La procesión llena la calleja en total, absorbente dominio. No hay sitio para más. Es una efímera conquista absoluta. No queda lugar para el rumor apagado de la gente, para la exclamación del niño que quedó en la esquina desilusionado —no le dejaron pasar los guardias—... Sólo el amortiguado deslizarse, sobre el pavimento, de las sandalias de los nazarenos. O el chisporroteo de los hachones. Quizás, en algún escalón, estrechada contra la pared o la puerta, contempla, extática, la procesión una mujer vestida de negro. Parece como si la hubiera sorprendido inesperadamente la comitiva, como si la hubiese inmovilizado en asombros. En la calle estrecha la procesión redobla su patetismo, su dramatismo, su imponente severidad. Arriba, muy arriba, sobre la cinta de cielo que encuadran los aleros, vuelan las golondrinas de abril...

(Del artículo ÚBEDA, CIUDAD DE SEMANA SANTA. Revista Vbeda, Año 13, núm. 118, 5 de abril de 1962)

(Fotografía: JUAN CARLOS GUIJARRO)

EL DÍA DEL AMOR





La sinfonía verde y blanca de «La Oración del Huerto», en el esplendor epifánico de la mañana; el clamor penitencial —morado sobre negro— de la cofradía de «La Columna» pautando de timbales sombríos la hora vesperal; los oficios divinos —cera purificante, oro, incienso, solemnidad amortiguada de tristezas en los templos—; los soldados romanos de «La Humildad» llenando las calles de augustos, cesáreos, vagnerianos acordes; el lento afluir a iglesias y conventos —matrimonios, parejas, racimos de muchachas de mantilla, niños, enlutados viejos, «piquetes» de la Guardia Civil...— para la oración bisbiseante y trémula ante el Sacramento; el azaroso trajín de chicos y grandes por callejas y plazuelas en busca de la procesión que se oye llegar, que se adivina, cuya trompetería inminente recala las distancias...; todo forma un ambiente de día grande, definitivo, pleno. La presencia divina, el hálito del Misterio, se siente, se cuaja, se torna palpable. La Fe no se debate en áridas desolaciones, tanteando entre nostalgias: adquiere cuerpo, perfil, calor y color. El Jueves Santo Dios está más cerca. Y el Amor, en el Día del Amor, levanta sutilmente las veladuras de nuestra indiferencia, de nuestro desvío, hasta tocar, hasta herir de ternura el corazón. ¡Cuánto, Señor, tendrá que luchar un ateo par ano rendirse a la Fe, el Jueves Santo, en una ciudad de Semana Santa!

(Del artículo ÚBEDA, CIUDAD DE SEMANA SANTA. Revista Vbeda, Año 13, núm. 118, 5 de abril de 1962)

(Fotografía: JUAN DE LA CRUZ MORENO BALBOA)

miércoles, 4 de abril de 2012

RAZÓN DE LAS PROCESIONES





La Luna se asoma en el cielo manchado de Nisán a promulgar la Parasceve... Las gentes apiñan su expectación en las aceras. Puede el fervor decantado de los espíritus selectos abominar del fausto procesional... Y, sin embargo, ¿existe algo más estremecedoramente patético que una procesión de Semana Santa? Hay que ahondar, hay que ahondar. Si de verdad fuésemos como niños, el bronco estridor de los tambores y el plañidero sonar de las trompetas constituirían la propedéutica mejor para el sentimiento del Misterio. Una procesión no es un lujo. Es una necesidad. La imagen de Cristo en la calle es una «invasión» divina que hiende, que parte en dos, la frivolidad de todo el año. La procesión es una lanza que clava la liturgia en el cuerpo espeso, grasiento, de una piedad que el tiempo y la vulgaridad han relajado. Es un revulsivo del que, a pesar de todo, hay que esperar siempre un precipitado de amor.

La procesión de la «Santa Cena» introduce a Úbeda dentro de su misma alma: la «mete en sí». Las ciudades, como los hombres, olvidan, con cierta frecuencia, su espíritu. En la noche del Miércoles Santo, Úbeda, «ciudad de Semana Santa», comienza el ejercicio espiritual que le sume en la contemplación de la Verdad. No importa el bullicio, el «aire de feria» que muchos quieren ver en la Semana Santa... Eso es pura anécdota sobre la que se cierne, purificada, el alma de todo un pueblo. Alguna vez hemos recordado aquello de Chesterton de que a un pueblo lo forman los vivos y los muertos. La Tradición es el imperativo ineludible que de los muertos nos llega. Nuestras procesiones tradicionales encarnan, en cierto sentido, una «comunión de los santos». La procesión es signo de Iglesia. Iglesia en el más auténtico sentido de la palabra.

(Del artículo ÚBEDA, CIUDAD DE SEMANA SANTA. Revista Vbeda, Año 13, núm. 118, 5 de abril de 1962)

(Fotografía: JUAN DE LA CRUZ MORENO BALBOA)

martes, 3 de abril de 2012

EN SU CRUZ IZADO





La Historia, ¿es un cúmulo de sucesos fragmentarios que luego los eruditos los arqueólogos y los filósofos han coleccionado y restaurado arquitectónicamente, dando categoría de continuidad, calidad de friso, al heterogéneo material histórico? Bueno; pero hay muchas historias... O la Historia tiene tantas y tan distintas fachadas que es difícil reconocer a través de ellas al mismo y único edificio. Pasa como con algunas catedrales. Son barrocas, románicas o renacentistas según se las mire por Levante, Poniente o Mediodía. Hay que reconocer que la Historia tiene su plano de alzada y su proyecto. Dios lo sabe. Pero, de pronto nos ponemos a mirarla y cien fenómenos adosados, superpuestos, empotrados los unos en los otros, nos tapan la captación de su genuina figura: de sus «noumenos», diremos ya que a fenómenos hemos aludido.

Ahora, en este momento —puede que estelar— de la humanidad, la Historia muestra una fisonomía extraña. Siempre los historiadores han buscado y hallado, para la historia, un estilo predominante; los grandes movimientos culturales o, simplemente, políticos, se esforzaron por encontrarle una clave, según sus particulares aficiones o preferencias. Formularon sus sistemas de ecuaciones —distintas en cada caso y nunca exactas porque la Cultura no es una parte de la Matemática sino la Matemática un capítulo de la Cultura— formularon los Movimientos históricos sus sistemas de ecuaciones, decimos, para descifrar una incógnita que, a la postre, resultaba esquiva. Pero, al menos, el esfuerzo por despejar la incognoscible equis última, o si se quiere, el afán por determinar el auténtico centro de gravedad de la historia, no parecía del todo estéril. ¿Pasa lo mismo ahora?

Ahora, en verdad, un desorden nuevo —siempre ha habido órdenes nuevos, pero parece que jamás desórdenes nuevos— ha desmantelado todos los sistemas conocidos, todos los estilos de enjuiciar a la historia habidos y por haber. Y por supuesto, sus mismas fachadas distintas u opuestas, sufren el moho de una humedad corrosiva. Diríase que la Historia se desfleca, deshilachada y borrosa, como un viejo estandarte milenario que arrancásemos de su vitrina para encararlo con la tempestad... Y ha pasado esto: experimentamos la sensación del cazador que, de súbito, temiese la rebelión del lebrel. La Civilización fue, en síntesis, un proceso mediante el cual el hombre se enfrentó con las cosas (con menaje de ciencia, filosofía, literatura o arte) o con los hombres mismos (mediante política, guerra y paz). La Civilización salía todos los días de caza para cobrar piezas nuevas. Había caza mayor o caza menor. O caza selvática. En todos los tiempos, sin embargo, el cazador era consciente de la utilidad de su menaje —trailla, armas—. Es hoy cuando sospecha la Civilización que su equipo le traiciona. Ante este acontecimiento insólito el cazador —el hombre— se siente solo, angustiado... Y renuncia a defenderse... Antes con la Historia nos defendíamos o con la Historia atacábamos. Ahora, ¿no nos disponemos a cerrarla? La Historia tenía mil fachadas, esto es, mil soluciones. Alguna tenía que ser la verdadera; pero ya...

Sí; a lo mejor ahora estamos cerrando la Historia. Ni el Mundo ni la Historia tienen sentido —se piensa desesperadamente—. «No tenemos solución» es la frase vulgar que traduce, al romance, la angustia existencialista. ¿Se nos ha ahondado en un pozo insondable la equis insobornable —la verdad última— y resultan ridículos todos los sistemas que le lancemos para prenderla, para engancharla? La Cultura, ¡tremendo alguacil alguacilado! La Historia: ¡difícil encerado de fórmulas muertas que un manotazo —no se sabe de qué ni de quién— va a borrar enseguida?

* * *

Todo esto no lo sabe la Primavera, ¡qué va a saberlo! La Primavera de 1960 y la de 1970, seguirán el mismo curso que la Primavera de seis mil años atrás. ¿Quién va a hablarle a la Primavera de Historia? ¡Qué no le vengan con historias...! «El cuco llegará al bosque en abril —cantaba el A B C de primero de este año— y el lagarto saldrá al sol en agosto. Frente a esta inmutabilidad, el pobre hombre levanta y destruye...»

No; la Primavera no sabe... ¿Y Dios?

Mirad. Él está fijo en su atalaya de Amor. El Amor no cambia. El Amor es igual siempre. El Amor no cree nada de lo que creen los hombres que no creen en el Amor...

En la Semana Santa, va a pasar Dios. Dios quieto y silencioso, cerca de nosotros. Su imagen va a ponerse cerca, cerquísima, al nivel de nuestro balcón. Dios en silencio... ¿No habéis oído hablar nunca del silencio de Dios?

Es eso: su quietud crucificada, sus pies que parecen haber perdido la andadura. Dios sumiso en inercia de Amor. Dios inalcanzable a los dardos de la impiedad, del descreimiento, del odio... Dios indiferente, entregado como ofrenda. Dios que no cree en la definitiva maldad de los hombres y por eso... está ahí desconfiando de la Mentira; de esa Mentira universal que anda disfrazándose de palabras carnavaleras.

Dios, sí, tranquilo y callado entre la vociferación de estas bacanales nuestras. Dios como no enterándose... irradiando una paz. Dios sereno, abriéndose paso entre nuestras pasiones, poniendo un hielo en estas ampollas de lujuria que los hombres —crédulos— han exaltado en prosa y verso. Dios como no sabiendo... Sabiendo Dios que de la herida de su costado brota un hálito de Gracia. Dios abrazando de Vida el mundo con sus brazos muertos. Dios siempre el último, aguardando. Dios paradójico. Dios exánime «dando el ser a todas las cosas».

Su figura a la altura de nuestro balcón. Sus llagas sellando de Eternidad al mundo, dando sentido a la Historia. Cristo en silencio, perfumando de esencias la existencia. Sus clavos, ¿no tienen calidad de clave?

He aquí que el estandarte viejo, deshilachado, de la Historia, puede resistir aún todas las tormentas. Los hombres pretenden que no; los hombres desconfían del sentido oculto de la Historia... Pero Él —Cristo— pasará un día de esta Primavera, en su Cruz izado. Él, sereno y silencioso, con la solución de la verdad en su corazón. Esa verdad antigua que los hombres creyeron inaccesible o desahuciada.

(Revista VBEDA, Año 11, núm. 106, enero/febrero de 1960)

(Fotografía: MIGUEL ÁNGEL LECHUGA)

lunes, 2 de abril de 2012

CIUDAD DE SEMANA SANTA





Casi es ya frase hecha: «Úbeda, Ciudad de Semana Santa». El origen, como es sabido, se debe a la titulación de un artículo de D. Melchor Fernández Almagro, hace ya algunos años. El ilustre académico hacía alusión a sus recuerdos de infancia en Úbeda y trazaba en expresiones de conciso lirismo el carácter emocional de nuestras procesiones. Luego, consideraba cómo ciertas ciudades españolas, por su carácter histórico, por su tradición, por sus costumbres, por su topografía, por la fisonomía misma de sus calles y callejas, ofrecen un marco adecuado, apropiadísimo, para la conmemoración plástica de la Pasión que las procesiones representan. Y entre tales ciudades, naturalmente, enumeraba a Úbeda.

La frase ha sido repetida muchas veces en esta revista y también en un artículo aparecido en ABC en el que específicamente se glosaban las procesiones de Úbeda. Hoy, complacidamente, la vemos al frente del cartel —espléndido de sugerencias y expresividad— de Domingo Molina, que sirve de heraldo a nuestra Semana Santa de 1964.

Y la frase se presta a la meditación porque, desde luego, implica una responsabilidad. Porque ya no predicamos la Semana Santa de Úbeda sino la Úbeda de Semana Santa. La trasposición de términos es muy elocuente. Quiere decir, poco más o menos, que pertenecemos —en cierto modo— a la Semana Santa, que ella nos conforta y nos informa, aduciendo sobre la ciudad no sé qué título de propiedad...

Implícitamente, decir Semana Santa de Úbeda significa que la ciudad tiene derechos; pero hablar de la Úbeda de Semana Santa, lleva entrañada una apelación a los deberes, puesto que la relación de dependencia se establece de manera inversa.

¿Qué deberes? Quizás, entre los demás y ante todos ellos, el de procurar que la Semana Santa sea no a nuestra imagen y semejanza, sino más bien, nosotros —en la conmemoración de los misterios religiosos— dóciles a su imagen, es decir, files al dictado eminentemente ascético, penitencial, trascendente, que las jornadas de la Pasión de Cristo demandan.

Responsabilidad, insistimos, en suma. Nuestras procesiones, modelo de esplendor, de orden y de sentido tradicional, deben incrementar cada año su significación espiritualista, su mensaje, su ejemplaridad, su «apostolado». De otra manera, existiría el peligro de que los desfiles procesionales, sean cada vez más desfiles y menos procesionales. Si Úbeda es ciudad de Semana Santa, está obligada ante todo a ahondar en su Misterio, a conocer, a saber plenamente lo que la Semana Santa es. Por lo pronto, debemos convencernos de esto: no es la Semana Santa para las procesiones, sino las procesiones para la Semana Santa. No hagamos, por Dios, fines de los medios.

(Revista VBEDA, Año 15, núm. 128, 12 de marzo de 1964)

(Fotografía: RAFAEL MERELO)

domingo, 1 de abril de 2012

PRIMERA PROCESION





Viene el Domingo de Ramos para hacer de cualquier ciudad una Jerusalén. Esto es más patente en las «ciudades de Semana Santa»... Nuestra Úbeda peina todas sus nostalgias el Domingo de Ramos. Es un día de satinados fervores. Un día en que parece que las almas sucias deben sentir como una vergüenza de salir a la calle. Luego, por añadidura, sucede que al llegar la Semana Santa la primavera suele ponerse a punto... El Domingo de Ramos retiñe en las calles sus temblores de plata. ¡Un día hemos cambiado toda nuestra calderilla oxidada por la luminosa moneda efigiada de sacros perfiles!

Úbeda es un pueblo que sabe respirar la Tradición. Esta anatómicamente preparado para acoger el Viento de Dios. La Semana Santa es el Viento de Dios para los pueblos y los hombres. Como las rubias palmas, los espíritus se comban en mística elegancia cuando Jesús, en su asnilla, aparece en la puerta de la Iglesia de la Trinidad.

(Del artículo ÚBEDA, CIUDAD DE SEMANA SANTA. Revista Vbeda, Año 13, núm. 118, 5 de abril de 1962)

(Fotografía: CHARETE)