BLOG SOBRE JUAN PASQUAU - PERIÓDICO INTEMPORAL



PERIÓDICO INTEMPORAL DEDICADO A JUAN PASQUAU

Para que vuelvan a acercarse a la obra del escritor ubetense quienes tuvieron la suerte de conocerlo, para que lo descubran quienes no lo conocieron, para que todos crezcan en permanente conversación con sus escritos y su pensamiento.

jueves, 12 de abril de 2012

¿DE QUÉ HABLAN LOS VIEJOS?





Sentados al sol —el sol es padre común que nunca abandona— los viejos hablan de sus cosas. Pero, ¿cuáles son sus cosas?

La tarde despliega su clamor esplendoroso; es de un azul que sacia y no se sacia. Tornasola la siembra sus verdes, la brisa ensaya sus caricias, arriba, las aves reinciden en sus curvas armoniosas...; quizá, cerca, el agua de una fuente hace su bordado en la paz silenciosa, y el fervor sin nervios del campo difunde su «claridad sonora». Y ellos, los viejos, comentan mientras charlan sin programa.

¿Qué es el mundo? ¿Cómo son las cosas? ¿Dónde está la verdad? He ahí lejos, muy lejos ya, la juventud que dogmatiza, que estrena ideas, que satina ambiciones y rompe, cambia, o arroja al cesto las vivencias de cada mañana. Pero ellos, los viejos, ¿qué van a cambiar?, ¿qué van a despilfarrar? Allegaron dolores y las penas pasadas les dan, a largo plazo, la renta de una sonrisa. Quizá el interés de una ironía. Vieron nacer y morir. Amores que se encresparon y luego declinaron mansos. Furias que se agitaron y después quedaron quietas y frías como las manos de un cadáver... Hombres que arriaron su grito, banderas que palidecieron, entusiasmos a los que un viento arrebató el acento... Todo está sedimentado en la memoria, pacificado en sus recuerdos. Y, sin embargo, el interés, la atención de los viejos no ha cesado. ¿Por qué? ¿Por qué abdicar de la memoria si todavía el calor y el color de la tarde está, también para ellos, presente y luminoso? No ha callado, no, su corazón. Y aún la inteligencia enciende sus bujías, y la voluntad abre sus caminos, y la mano señala lo que la cansada frente signa.

Sentados al sol, ni envidiados ni envidiosos, en ocio sin desmayo, esperando sin ensueño, discurren en sana contemplación. El mundo se ha ensanchado, pero cabe, cabe holgado en sus pensamientos. Ellos ya son poco, ellos apenas deciden nada acerca de la marcha del pequeño mundo familiar o del mundo grande de la historia. Y, sin embargo, esta incapacidad empieza a obsequiarlos con una alta sabiduría. No saben que son filósofos: empiezan a encontrar lo que nunca buscaron, a saborear lo que probablemente siempre desdeñaron. La vida les da ahora su almendra íntima. ¿No habían luchado antes por conquistar la pulpa fresca, jugosa, de las cosas? Pero ya se agriaron aquellos sabores efímeros y la realidad les ofrece su avellanado encanto. Y de cada suceso les queda la semilla. Los viejos se alimentan de semillas, se nutren de la simiente seca que queda de la verdad después que ha sido despojada de su carne variable, de su apariencia loca, de su color de una hora.

Hablan los viejos de sus cosas. Y sus cosas son las de todos, pero exentas de patetismo urgente y de tristeza. ¿De tristeza? Sí, porque ya no hay choques ni accidentes. Sí, porque un buen viejo que sabe serlo puede muy bien apacentar la última alegría, la honda alegría que jamás es atributo de la carne condenada, ni siquiera del alma comprometida con la carne, sino del espíritu. Del espíritu que cuida sus mejores nidos en las cimas escarpadas donde el tráfago ardoroso y tópico no llega, donde sólo alcanzan los humildes, solitarios senderos.

Siempre habrá que oír la charla de los viejos. Muchas veces habrá que acercarse a ellos como en cura de reposo, en demanda de un sedante. ¿No es la misma vejez, cuando la serenidad la guía, un analgésico? Pero para que esto sea posible los viejos han de tener un dominio, una «seguridad» de su vejez. Que no quepa el desaliento en ellos; que conozcan que, inmunes a la fiebre, no por eso están fuera de la vida. Si la juventud se considera firme, ¿por qué no ellos? El hecho de que les quede poca vida «por delante», no es un demérito. La única vida hecha, realizada, lograda, es la que queda detrás. Que estén próximos a terminar la carrera es señal de que su título de hombres es inminente... Convendría una escuela de viejos que sepan sonreír, que acierten a señalar lo que la frente cargada ha signado.

¿Qué es el mundo? ¿Cómo son las cosas? ¿Dónde está la verdad? Si no toda la verdad, los viejos pueden dar siempre el dibujo, el perfil de la verdad. Luego —eso sí— están los jóvenes para llenar cada día la verdad de carne diferente.

(ABC, 26 de abril de 1966)

viernes, 6 de abril de 2012

LA PROCESIÓN GENERAL





Cada cofradía ubetense tiene su carácter específico, pero la Noche del Viernes pone a todas las cofradías en punto de fusión. La procesión general, se ha dicho muchas veces, es una sinfonía... Bueno; pero todas las notas se acompasan a una melodía única. Y todos los colores —como en una renuncia de sí mismos— quiebran su ímpetu, sumisos a una pauta. La Procesión General es un crisol maravilloso. En él se funden todas las emociones del Jueves, del Viernes Santo ubetenses. Hasta las gentes —esas gentes que han discurrido por las calles durante todo el día con cierto aire ferial, esos chiquillos de los pitos y de los globos y de los «puritos americanos», esas muchachas de pueblo, de vestidos rojos, verdes, amarillos, endomingadas, de tacón alto y labios pintados— acordonan ahora su expectación, a lo largo de las calles del trayecto, sumidas en impresionante, religioso, conmovido silencio. Los tambores resuenan luctuosos: va a pasar Cristo flagelado, Cristo cargado con la Cruz, Cristo Crucificado, Cristo exánime, Cristo muerto... Úbeda tiene alma, ¡alma aún!, receptiva a la impresión, al impacto del Suceso trascendental, cardinal, teologal, que ahora, en la conmemoración procesional, se le muestra en sublime grandeza. Tililan oscilantes las luces de las tulipas, de los varales, de los cirios. Un escalofrío de raíces hondas enhebra los espíritus. El viento de Dios aviva los rescoldos de mil fervores moribundos. Y la historia, húmeda de nostalgias, de recuerdos familiares, de ilusiones viejas, acecha detrás de cada esquina. Las trompetas convocan bajo los balcones la memoria del niño perdido que anida dentro de cada hombre... Más penitentes, más luces, tronos refulgentes... El Santo Entierro... Tras la procesión la noche cierra su espesor. Y en el aire doliente, la primavera, acongojada de atambores lejanos, inhibe su pujanza... En la noche del Viernes Santo, se clausura la Asamblea de Úbeda ante la contemplación del Misterio. Nadie podrá quitar a Úbeda su fe; nadie podrá despojarla de su Viernes Santo. Es su patrimonio mejor. Su orgullo. Su honra de pueblo cristiano.

(Del artículo ÚBEDA, CIUDAD DE SEMANA SANTA, Revista VBEDA, Año 13, Núm. 118, 5 de abril de 1962)

LA SOLEDAD




En Úbeda el Viernes Santo —creemos haberlo dicho ya— aúna en total eclosión la emoción de todo el pueblo. Cada hora del día tiene su fervor y todos los afanes concurren, prodigiosamente, en cualquier momento, hacia un único objetivo. De tal manera no hay ubetense hábil que no sienta que su sitio a las siete de la mañana de este día es la Plaza de Vázquez de Molina para presenciar la salida de la procesión de Jesús. Y que a las doce no puede —no debe— estar en otra parte sino en las cercanías de la Iglesia de la Trinidad para ver descender suavemente por la lonja del templo «La Expiración», ese Cristo imponente que en el momento cenital abre sus brazos a la ciudad entera, mientras la marcha conmovedora de D. Victoriano García puebla la Plaza de notas desgarradas, casi epilépticas, mientras el sol reverbera en los rasos blancos y negros de los penitentes y el bronce de la «campanilla del guión» va abriéndose lentamente paso hacia la calle Mesones, entre las filas apretadas —ojos, ojos, ojos— de la multitud.

Y así, el ubetense de casta, a las siete de la tarde tiene que hallarse, sin excusa ni pretexto, en la cuesta de la Merced o en sus aledaños, junto a la muslímica «Puerta del Rosal» para ver subir a la Virgen de la Soledad, para aplaudir, para aclamar, para advertirse inmerso en la plenitud ardorosa de unos instantes en que el pulso de la Tradición golpea vigoroso, arrebatado, galopante. Es una belleza en desorden —marea encendida en afectos— la que entonces, súbitamente, se produce. Nuestro Viernes se rompe en espirales patéticas, ebrias; en una «prisa» de carreras, de plegarias urgentes, de gritos sincopados, de lágrimas apresuradas. La Virgen, alta en su trono oscuro, balanceante, no es llevada en paso de procesión: los cuadrilleros remontan veloces las cuestas, hiriéndose en los guijarros... De un tirón, sin descanso, quisieran llevar la Virgen hasta Santa María. Y la música antiquísima del Stabat Mater, de acentos arcaizantes, moriscos —la Virgen de la Soledad existía ya en el siglo XI— enardece aún más el dramatismo de la procesión. Y los penitentes, de indumentaria anacrónica —atezado el rostro descubierto que asoma bajo la capucha negra— traen a este tiempo enfático, a este tiempo nuestro tan pagado de descubrimientos y avances, el sabor terroso, humilde pero afianzado en seguridades, de otras épocas, de otros siglos. (Siglos de barro quizás: siglos que repugnan a nuestro tiempo de vientre de oro... y que, sin embargo, intensamente iluminados por la antorcha de la Fe, conocían, sabían siempre el camino.)

(Del artículo ÚBEDA, CIUDAD DE SEMANA SANTA. Revista Vbeda, Año 13, núm. 118, 5 de abril de 1962)

(Fotografía: SILVESTRE GONZÁLEZ)

HORAS DEL VIERNES SANTO





Cada hora del Viernes Santo en Úbeda tiene su específica emoción. El amanecer quiebra, en la procesión de Jesús, la opacidad de las almas y ya todo el día es cauce abierto para la avenida acariciante de mil sentimientos viejos que la cotidianidad atascó y que, este día, libres, nos ciñen de purezas...

En plena mañana, ya «Jesús de la Caída», desgarrada su túnica, herido por el sol su rictus de dolor infinito, alza su desolación, su cansancio, su «derrota», su palidez. Y su mirada va reconviniendo pecados. Y mirándole hay que exclamar: «Pequé, pequé, pequé...» Más allá y más acá de la procesión esté el bullicio, puede estar el bullicio irresponsable. Pero la procesión lo purifica, lo exorciza.

A mediodía «La Expiración». Blanco y negro de los penitentes. Una marcha procesional desgarradora, que taladra, que despeña en torrentes de incontenidos trémolos, los embalses inmensos del dolor. Cristo izado en la Cruz. Úbeda sojuzgada, amorosamente sojuzgada, por el Drama. Úbeda fuera del tiempo, sierva un instante de la Eternidad.

Después «Las Angustias»... La tarde que quieta su plural, su floral, su vernal embrujo en la contemplación de la Virgen. Blancura de penitentes signados de la cruz. Cruz negra, repetida, reincidente, inagotable. Cruz negra para sellar el ocaso. Cruz negra predicando trascendencia a la loca risa, a la loca brisa.

Y luego «La Soledad».

(Del artículo ÚBEDA, CIUDAD DE SEMANA SANTA. Revista Vbeda, Año 13, núm. 118, 5 de abril de 1962)

(Fotografía: RAFAEL MERELO)

TROMPETEROS





...Y toda la fronda interna de los ubetenses se agita ante el «lamento» de las trompetas del Viernes Santo. No se trata, en este caso, de bandas de trompetas, con aire, más o menos, de desfile militar. Hasta parece que algunas cofradías van eliminando estos trompeteros vestidos de penitente que, en medio de la procesión, de trecho en trecho, formando grupo, acordan su melodía. Es lástima que ya sólo vayan quedando los trompeteros de Jesús, de «La Soledad» y de algunas otras cofradías más —cofradías que por estar asentadas en la roca de la más acendrada Tradición no pueden renunciar al genuino sabor que les llega imperado por los siglos—; es lástima —y más de una vez hemos clamado contra la cada vez más cercana desaparición—, porque este sonar de las trompetas antiguas despierta ecos ancestrales dentro de cada alma y es como el «vehículo» que trae a la actualidad la enorme y delicada carga lírica del pasado. En el «lamento» —de modulación larga, invertebrada— la tristeza de la Pasión encuentra su más fiel correspondencia.

(Del artículo ÚBEDA, CIUDAD DE SEMANA SANTA. Revista Vbeda, Año 13, núm. 118, 5 de abril de 1962)

(Fotografía: ANTONIO MEDINA)

AMANECER





Cualquier ubetense sabe que quien no ha ido nunca a la Plaza de Santa María en el amanecer del Viernes Santo, no puede considerarse ubetense del todo. «Ver salir a Jesús» a los acordes del Miserere, gradúa de ubetensismo. Úbeda es esto y otras cosas más, pero, primero, Úbeda es esto. Y ¿cómo explicar esto? Nadie podrá secar la emoción que mana desde las fuentes más hondas y que no podrá acartonar ningún tópico. Úbeda, tan individualista probablemente, Úbeda, ciudad en la que cada uno, quizás, sigue su camino, tiene, sin embargo, un alma colectiva indestructible, inalienable, que se manifiesta en ciertos momentos inolvidables. He aquí, en el amanecer del Gran Viernes, el momento supremo de Úbeda. Describirlo es fácil para cualquier ubetense. Para cualquiera. Y para eso sobra la literatura...

(Del artículo ÚBEDA, CIUDAD DE SEMANA SANTA. Revista Vbeda, Año 13, núm. 118, 5 de abril de 1962)

(Fotografía: ANTONIO SEVILLA)


GENTES





Es bueno que el pueblo reunido no se constituya en «masa». La masa es informe, es una fuerza sin alma. Pueblo es algo distinto a masa... El Viernes Santo ubetense —gentío en las plazas, en las aceras, en las calzadas delante y detrás de la procesión— muestra una manifestación de pueblo, no una demostración de masa. El Pueblo, cuando se manifiesta, lo hace ajustándose a unas coordenadas previas. El Pueblo sigue un «Orden». La masa... se agita tenebrosa, gritadora y ciega. Úbeda es pueblo, muy pueblo, en el mejor sentido que puede darse a la palabra. Todas las buenas gentes de nuestros barrios —San Millán, Santo Domingo, San Lorenzo, San Pablo— se congregan el Viernes Santo en las calles y plazas. Se congregan pausadas, expectantes, lentas, casi solemnes, como obedientes a una Ley. Una ley que nadie —ninguna autoridad— dicta porque está promulgada «desde siempre» y su cumplimiento entraña la más fácil y armoniosa naturalidad. Y este pueblo libre, obediente a una norma vetusta, despliega en su multitudinaria asamblea —el Viernes Santo de Úbeda es una Asamblea de Úbeda— sus más recónditas esencias.

Así nuestra Semana Santa —obra de Pueblo— se desenvuelve sin una pifia como si fuese efecto de una preparación minuciosa y prolongada, como si alguna «organización» la hubiese precedido cuidadosa de todos los detalles, cuando, realmente, su esplendor cada año surge solo, resultado de un mancomunado afán a través de los tiempos. No exageramos al pensar que la Semana Santa de Úbeda es una auténtica «obra de arte», casi acabada en su perfección externa. Pero, ¿quién la ha hecho? Todos y ninguno. La Tradición. Se advierte enseguida qué pueblos llevan dentro tradición y qué pueblos no la llevan. Cuando falta tradición hay que organizarlo todo, es decir, todo hay que improvisarlo.

(Del artículo ÚBEDA, CIUDAD DE SEMANA SANTA. Revista Vbeda, Año 13, núm. 118, 5 de abril de 1962)

(Fotografía: RAFAEL MERELO)