BLOG SOBRE JUAN PASQUAU - PERIÓDICO INTEMPORAL



PERIÓDICO INTEMPORAL DEDICADO A JUAN PASQUAU

Para que vuelvan a acercarse a la obra del escritor ubetense quienes tuvieron la suerte de conocerlo, para que lo descubran quienes no lo conocieron, para que todos crezcan en permanente conversación con sus escritos y su pensamiento.

martes, 31 de diciembre de 2013

EL FUTURO





Al comenzar, las cosas resultan difíci­les de entender. Incluso inútiles. «¿Pa­ra qué sirve la electricidad?», le pre­guntaron a Edison, el cual respondió: «¿Para qué sirve un recién nacido?» Después, cuan­do el uso del teléfono constituye una de las primeras, grandes epifanías de la Técnica, el inventor, con humorismo comenta: «¡Bi­cho raro: se le pisa la cola en Edimburgo y ladra en Londres; la "inútil" electricidad es responsable!»

Suele, sí, desconfiarse de lo que nace. Pero luego, inexorablemente, crece. Crece a veces hasta el punto de hacerse gigante. Riesgo. Las mitologías coinciden en la creen­cia de una generación pavorosa de gigan­tes que poblaron la Tierra en remotísimas edades. Fábula, pero significativa. Cosas y criaturas corren siempre el peligro de cre­cer demasiado. Es lo que a veces pensamos que ocurre con la Técnica. ¿Vivimos un mun­do gigante que nos amenaza, cuya medición y control se nos escapa? No obstante, hay que distinguir. Cabe hablar de una desme­sura cuantitativa con tamaños que espantan; pero también de otra espiritualidad de la que no está ausente la armonía. De la úl­tima, el arte nos depara símbolos ejemplares. Miguel Ángel hace del gigantismo una cali­dad del pensamiento transmitida por el cin­cel al mármol. Eugenio Montes y Camón Aznar han recordado aquí mismo —en las páginas de ABC— lo egregio de la «terri­bilitá». Es precisamente un trasfondo de melancolía el fermento que da vigor irrepe­tible a las estatuas del sepulcro de los Médicis, a las Vírgenes membrudas que des­bordan los medallones en que están enmarcadas. Porque en Miguel Ángel —nos invitan a comprobarlo— la melancolía no es un di­solvente, sino, mejor, preciso y enérgico es­tímulo de irresistibles dinamismos. Es frecuente admirar en las sillerías de coro de nuestros templos, tallas y relieves de asce­tas, confesores, evangelistas, profetas, cuyo trazado, imponente y enérgico, hace adivi­nar en las faces, ávidas de futuros, un an­sia que se eleva, en gesto cogitabundo, des­de una nostalgia. (¿Y no es esto la Historia?) En la «terribilitá» late un empeño de clari­dad para el mundo. Dramático empeño, en la línea quizá de ciertas cosmovisiones gnósticas que concebían el Universo (así Basílides en los primeros siglos cristianos) como un «contacto de tinieblas que tratan de posibi­litar el retomo de la luz».

Pero si la Historia entera es un forcejeo hacia la claridad razonadora y la conducta noble, y si el Evangelio de San Juan re­sume su altísima teología en la constante lucha —«terribilitá» asimismo— de la Luz contra las tinieblas, acomete la tentación de sospechar que, en no pocas ocasiones, el esforzado afán deviene más bien en seudo-gigantismo contrahecho, que es lo mismo que decir en confusión y más oscuridad. Es­cribía Víctor Hugo de su Quasimodo: «Pare­ce un gigante hecho pedazos y vuelto a juntar por manos inexpertas.» Hoy el miedo es pensar que, a lo mejor, la civilización futu­ra va a ser quasimodesca; en la antípoda de la edad «enorme y delicada» que añora­ba Verlaine. ¿Va a tener, pues, la giba, los miembros deformes, la megalocefalia grotesca de un monstruo compuesto a base de fragmentos sin perfil, de formas rotas..., de culturas desechadas y luego en parte saca­das del escombro tras el derribo? ¿O con­ducirá la acumulación incesante de los lo­gros de las ciencias aplicadas hacia el «Mun­do feliz», deshumanizado, de Huxley, o el más deshumanizado aún de las fantasías de Wells, o al utópico espiritualismo de la «teo­logía ficción» —felizmente superada— de un Teilhard de Chardin?

Ahora, en ciertos sectores, se organiza y orquesta la confusión. Así nos vamos a ver sumidos en aquella perplejidad de un dia­logante de Juan Valdés cuando arguye: «Vos queréisme enseñar lo que no entiendo con lo que no sé.»

Todo induce a la urgencia de preparar un futuro cuya grandeza no incurra —por error de objetivos o de métodos— en seudo-gigantismos. Pero no hay que dejar la mo­delación del futuro en manos de los futu­ristas ni la del progreso en las de los pro­gresistas. Futuristas y progresistas tienen, salvo excepciones, el común defecto de que saben mucho y prensan poco. Pensar es pararse a pensar. Nada más cuando el ti­rador deja de andar su disparó acierta. An­tonio Abad, en la antigua Iglesia, sentía el impulso irresistible de mejorar el mundo. Estando en esto, oye una misteriosa voz que le musita: «Fuge, tace, quiesce» (Huye, calla, aquiétate). Ojalá los reformadores de este tiempo oyeran el mismo consejo. Anto­nio Abad, como efecto del aviso, funda la vida monástica. La vida monástica verifica, a lo largo del medievo y después, la más eficaz, sutil y profunda reforma. No es que en este artículo se propugne, precisamente, un monasticismo ahora. Sí, en cambio, una audiencia a voces autorizadas que invitan a cierta huida de los usos materialistas, con­sumistas, pragmáticos, dominantes («abstemios de lo trascendente», llamaba Papini a los marxistas). Sí, una atención que lleve al buen silencio para el espacio de los hallaz­gos fecundos. Sí, un aquietamiento sereno, que es lo contrarío, de una parte, del inmovilismo y, de otra, del atolondrado activismo. Ya que, más bien, parece la condición pre­via a la acción intensa, directa y con sen­tido; fuerte, en fin.

Uno estima que nada más así podemos acercamos al mediodía. «Sólo el mediodía es la hora; las demás son simples horas», exclamaba Alfredo de Musset. Y quizá úni­camente la decisión que ocurre tras el pen­samiento reposado es apta para el lanza­miento. Si bien las dudas —y esto es inevi­table— acechan. Gómez de la Serna decía que «no gozamos bien del canto del ruiseñor porque siempre dudamos de que sea el ruiseñor». Estoy entre los que ven que te ver­dad, afortunadamente, está ahí y que, en momentos, perceptiblemente, «canta». Pero los «dudadores» de profesión u oficio no lo entienden así.

¿Cómo ganaremos él futuro? Con energía, con firmeza, con «terribilitá» si preciso fue­re, pero sin confusionismos. Con serenidad. Sin «quasimodismos», valga otra vez la pa­labra. Escribo ahora asimilando las transpa­rentes, limpias enseñanzas del discurso de la Corona de Juan Carlos I. Concluía: «Si todos permanecemos unidos habremos gana­do el futuro.»

(ABC, 14 de diciembre de 1975)

lunes, 30 de diciembre de 2013

EL NIÑO QUE SE LLEVARON LOS REYES





(CUENTO)

Yo —decía aquel hombre en la intimidad de sus amigos— no creo en Dios. Era un ateo calvo y sin hijos. Y como confesaba su incredulidad con tanto desparpajo, con tanta seguridad en sí mismo, los amigos —que no eran ningunos teólogos, ni ningunos apóstoles— temían objetarle con argumentos sencillos, por miedo a que él —el ateo— los tuviera por doctrinos ingenuos. No caían en la cuenta de que las demostraciones complicadas de la existencia de Dios, tenían una validez menor que las demostraciones sencillas. No caían en la cuenta de que la claridad del agua, es difícil de explicar mediante la química, y facilísima, en cambio, de comprobar con los ojos de la cara.

He dicho que se trataba de un ateo calvo y si hijos. Tengo que añadir que, sin embargo, un día, Dios le concedió un vástago cuando ya desconfiaba de tenerlo. Entonces, siguió con su impiedad de siempre, pero se estimo al fin con una misión en el mundo. La de educar a su hijo en la incredulidad.

La pedagogía del ateismo no tiene problemas. Niega todos los problemas. El niño es bueno de por sí. No hay que perfeccionarle, pues. El niño aprende naturalmente; no hay que instruirle usando de éste o el otro esfuerzo. No hay problema de pubertad alguno; que el niño desarrolle, en espiral, sus instintos —los que sean—, y ya está el hombre.

Creció el hijo del ateo calvo. Cumplió los siete años.

—Papa, ¿quién ha puesto las estrellas en el cielo?

—Es sencillísimo, hijo. No las ha puesto nadie.

—Entonces, ¿por qué están allí?

—Es facilísimo de comprender, hijo mío. Forman parte del universo. Como tú y como yo.

El chiquillo quedaba convencidísimo —porque no hay niño que no se convenza enseguida de cualquier cosa— y se iba a jugar.

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Pero a los siete años, no se le pueden ocultar a los chiquillos algunas cosas. Por ejemplo, el ateo calvo sufría horrores porque no le podía ocultar a su hijo que existía una fiesta llamada Navidad.

El chiquillo tenía amigos. Los amigos del chiquillo tenían padres que creían en Dios; padres que les compraban figuritas de nacimiento, que les hablaban del Portal de Belén, del Niño Jesús, de los Reyes Magos...

—Papá, ¿no sabes una cosa? —le dice un día el nene a su padre ateo y calvo—. ¿No sabes una cosa, papá? Existe Dios. Dios es uno que nació en un portal después de hacer el sol, la luna y las estrellas. Todos mis amigos de la calle lo saben porque se lo explican en la escuela. ¿Por qué yo no voy a la escuela?

—Hijo mío; eso son cosas de la gente, de los chiquillos. Dios no existe. Yo te demostraré que Dios no existe cuando puedas comprenderlo, cuando seas mayor.

—Entonces, ¿por qué nació Dios en la Nochebuena? Hoy es Nochebuena.

—Todas las noches son buenas, cuando no llueve ni hace viento, chiquillo.

—Entonces, ¿por qué los Reyes adoraron a Dios?

—Los Reyes... Verás.

—A todos los niños les traen cosas los Reyes. A mí también ¿verdad?

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Las cosas —hasta las mayores desgracias— ocurren facilísimamente. EL hijo del ateo calvo se puso enfermo el día 4 de Enero y se murió en la noche de Reyes.
Una hora antes de expirar, debatiéndose en la fiebre, le dijo a su padre, el ateo calvo:

—Ya sé por qué no me traen nada los Reyes. Un chiquillo me lo dijo; yo no estoy bautizado.

El ateo, sin poderse contener, dijo:

—Yo te bautizo en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Y roció con agua al chiquillo.

Dicen que después los ojos del ateo se impregnaron de lágrimas. Las cosas —hasta las mayores venturas— ocurren así, facilísimamente.

(VBEDA, Año 6, Núm. 72, Diciembre de 1955)



jueves, 26 de diciembre de 2013

NAVIDAD DE MAZAPÁN





La Navidad es el último reducto de la ternura. La Navidad es... un buen ambiente. La preparamos grata cada año desde sus prolegómenos a mediados de mes. Diciembre: sábado grande; todo él, víspera augural en que nos la prome­temos felices. Es verdad que el mundo dis­parado en urgencias detiene su carrera más o menos loca cuando va a llegar este tiempo. Y que, en estos días, cualquiera se nota, debajo de la prisa, al corazón. Qui­zá se advierte latir una generosidad, en inesperada taquicardia, dentro de la ana­tomía —recio tórax— de todos los egoísmos. Se experimenta la bondad... como una nostalgia. ¿Habéis encontrado alguna vez, entre los papeles antiguos, el retrato de un pariente muerto? Se os amarillea, enton­ces, un poco el alma; respiráis alrededor como una fragancia súbita de hojas caí­das, y decís: ¡Pobre!... Algo de eso resul­ta aparentemente la Navidad. Una deli­ciosa evocación burguesa de algo que se fue, de ideas que yacen en el olvido, de sensaciones pasadas, de bellezas encantadoramente anacrónicas. ¡Pobre Bondad! Se murió... Y os cosquillea en el espíritu un deseo leve de apacentar añejas virtu­des. Habláis de paz, de caridad, de per­dón, de sonrisa. ¡Pobre Bondad! Está muerta y hay que hacerle este homenaje póstumo. Ensoñáis a vuestros hijos con los Reyes Magos y reserváis de vuestro pecunio una parte para los pobres. Así, llega la fiesta y el corazón descansa cómodamente en una provisional almohada de lirismos y de ternezas. Sienta bien este descanso, esta efímera tregua para el disfrute de una ferviente ingenuidad… de encargo. Hasta la conciencia se aquieta un poquito. Porque la conciencia es un lebrel insobor­nable, a pesar de todo. Pero en Navidad se distrae al lebrel, se le contenta, se le ha­cen graciosas concesiones, se le dan palmaditas en el lomo, se le insinúa: «¿Ves? No soy tan malo. Tengo mi liberalidad particular, mi compasión, mi blanda en­trega, mi tolerancia. ¿Ves?...» Y el lebrel deja de ladrar. Y se acuesta a nuestros pies. Y empieza a parecer un perro de aguas con pelambre rizadita y mimosa. «Felices Pascuas», «Felices Pascuas», «Fe­lices Pascuas», «Felices Pascuas». Las tarjetas y los christmas se amontonan: forman una tarta de amabilidad que alza sus to­rres de merengue sobre el movedizo cimien­to de una sensibilidad garrapiñada.

Uno no sabe si siempre, siempre, nos vamos a conformar con una Navidad así, tan inocua, tan convencional, tan dulce­mente artificiosa, tan intrascendentemen­te sentimental... (¿Tan turbadoramente cursi?)

Porque es lo cierto que la celebración navideña —esa flor de invernadero— tiene su origen en un hecho de dimensiones apoteósicas, sobrehumanamente grandes. La Navidad conmemora nada menos que la Encarnación del Verbo con el subsi­guiente corolario sobrenatural del «Dios hecho Hombre» para la Redención del hombre. Algo tremendo y descomunal; algo maravilloso que hizo estremecer de pasmo a los Coros de los Ángeles.

Uno no sabe si hemos empequeñecido a la Navidad, minimizando su significado. De todas formas, se la piensa menos que se la gusta. Un niño de pocos años me ha dicho que él, hasta ahora, no había sabi­do que las almendras dulces de la Noche­buena... tienen almendra «de verdad» dentro. Creía, por lo visto, que eran obra exclusiva de la confitería y que nada po­nía el piñón —el de las piñas de los árboles— en la peladilla. Yo voy creyendo que una cosa semejante pasa, en la ma­yoría de los hombres, con la Navidad: Hemos olvidado la Idea que lleva dentro a fuerza de mediatizarla, a fuerza de en­volver en arrape a la Verdad. Pienso si al llegar esta época del año la Bondad, y la Paz, y la Buena Voluntad, no protestarán un poco de que se las presente como vir­tudes de repostería para el buen «con­fort» de nuestro ánimo, cuando ellas cla­man más bien por una vigencia pujante, desnuda, ardorosa y fuerte en el pensa­miento y en la acción de los hombres. Deben de estar descontentas, sí, de que las convirtamos en evocación, en poética nostalgia, en vaporoso anhelo o en «fino regalo», cuando pugnan por hacerse car­ne y sangre de eficacia en la existencia de cada persona redimida. Redimida por Aquél que quiso nacer en pobreza radical y determinó, al vestirse de hombre, inhi­bir el esplendor, el enjoyado visible de su Divinidad misma. Pero los cristianos he­mos hecho de la Navidad una «clase de adorno» cuando es, ante todo, una fun­damental Lección de fe y de Amor. Lección que demanda discípulos, no cantan­tes... Temo que hay un retablo de Navidad, recargado, redundante y hueco, cuando lo que urge es un altar de Navi­dad; un altar —si se me permito decirlo— más bien funcional.

Cristo nace para que la Bondad resuci­te militante, no para que la bonanza es­pejee en melancolía de atardeceres. Y, ¿no quiere Él que la Paz sea, un poco, la obra viva de cada uno? (La obra «viva» y actual de los hombres; no el daguerroti­po de perfumadas memorias.)

Un coro de voces exultantes está —en el templo— entonando el «Gloria». Atención al disco... Hay que creer que lo decisivo en la solemnidad navideña es que haya enamorados que cuando ella viene sientan, y consientan, el deseo de hacer con la propia vida un verso de ofrenda y alaban­za. Pero lo del sentir sin consentir—lo que los demás hacemos—es... literatura.

¡Felices Pascuas! Pero, por Dios, que no hagamos también del Amor una figura de mazapán.

(ABC, 23 de diciembre de 1960)

miércoles, 25 de diciembre de 2013

DIOS AL ALCANCE DEL HOMBRE





Navidad, Año Nuevo, Reyes… Fiestas de íntimo sabor familiar; pero sobre todo, no lo olvidemos, Navidad, Año Nuevo, Reyes, son fiestas religiosas, de neta raigambre cristiana. Por eso, no conviene rebozar demasiado el profundo sentido espiritualista de estos días. Solemos garrapiñar con exceso las cosas divinas, y no pocas veces desapercibimos la almendra de su genuinidad.

¿Qué consideraremos nosotros, los que ya dejamos un día de ser niños, al llegar estas fechas? ¿Acaso, desde la vertiente en que estamos enclavados, carece de perspectiva la maravillosa escena bíblica del portal de Belén? ¿Serán estas festividades un pretexto bello e ingenuo para que los niños toquen la zambomba y sueñen con los Reyes Magos mientras rivalizan con los mayores en la tradicional tarea de tomarse el turrón? ¿Será esto… y nada más?

Quizás los mayores debiéramos meditar, además, penetrando en la entraña religiosa de la fiesta. Quizás nos conviniera recordar que oculta en la garrapiñada alegría, hay una almendra.

Alexis Carrell, en su libro La Oración, habla de Dios. El alma necesita de Dios, dice Alexis Carrell, como el cuerpo necesita de oxígeno y del agua. Pero ¿dónde encontrará el alma a Dios? Para el peregrino, Dios resulta inabordable, e inaccesible. Cuando no era una abstracción, era una aberración. Diluido unas veces en el infinito, condensado otras en la angosta limitación del ídolo, el concepto de la divinidad gemía encadenado a todos los absurdos, a todas las supersticiones de las teogonías paganas. Creador y Creación eran como una inmensa ecuación llena de incógnitas irresolubles.


Pero «El Verbo se hizo carne». El Hijo de Dios había bajado a la tierra. Dios se acerca al hombre: más aún, se hizo Hombre. Es por eso quizás por lo que Alexis Carrell dice que el cristianismo puso a Dios al alcance del hombre.

Dios al alcance del hombre. Maravillosa esta frase de Alexis Carrell. Dios, inabordable e inaccesible según el concepto religioso del paganismo, desciende de su temida eminencia, de su pedestal labrado por el terror de mil generaciones y se confunde con el hombre. No viene a recaudar ofrendas de los hombres, sino a hacerse El mismo Ofrenda…

Pero el hombre, demasiado soberbio, no ha aceptado del todo a un Dios tan humilde, a un Dios que, según la frase de San Agustín, se hace hombre para que el hombre se haga Dios. Dios puesto al alcance del hombre, Dios Niño en el portal de Belén, Dios Obrero en el portal de Nazaret, Dios Maestro en los caminos de Palestina, Dios Ofrenda en la Cruz, es despreciado, vilipendiado, por una Humanidad presta a inmolarse, siempre, en aras falsas.

«El hombre necesita de Dios, como del oxígeno y del agua». El Cristianismo «nos trae» a Dios. Ya sólo resta querer. El se ha acercado. El ha venido, El nos ha llamado, El se ha hecho Hombre. El se nos da, verdaderamente, en Cuerpo y Alma. Pero como en Belén, al venir a nosotros, al ponerse a nuestro alcance, sólo encuentra Frío.

El hombre busca a Dios porque necesita de El. Pero lo busca en sí mismo. Ya lo ha dicho Federico Nietzsche: «Disfracémonos de Dios; es más cómodo». Es esa la trágica realidad. El hombre no se contenta con un Dios que se disfraza de hombre; lo que él quiere es «que el hombre se disfrace de Dios», que el hombre, «más allá del bien y del mal» establezca su reinado, su égida, en la tierra.

Muchos, más o menos inconscientes, van aceptando esta limpia filosofía sin moral. Porque, como dice el mismo Carrell, cuando desaparece la fe, la moral dura muy poco. Sin Fe, la moral es sólo un crepúsculo transitorio.

* * *

Oculta en la garrapiñada alegría de la Navidad está la almendra de una verdad. La Verdad que nos alegra, la verdad que nos trae al espíritu un mensaje de euforia, es ésta: En Belén se pone Dios al alcance del hombre.

«Gloria a Dios en las alturas y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad». Urge la vigencia real —no la vigencia retórica— de esta salutación angélica. Urge que el hombre renuncie a su loca idea de hacerse Dios, de «disfrazarse de Dios», para adorar rendido a un Dios que se ha hecho hombre, que se ha «disfrazado» de hombre. El egoísmo quiere disfrazarnos de dioses. Pero la Caridad nos hace semejantes a Dios.

El novelista francés Meersch, en su obra Cuerpos y Almas se pregunta: «¿Por qué odiarnos, si hay tan poco tiempo para amarnos?» La inmoralidad, la frivolidad, el egoísmo, la soberbia, la ¿? acordados en un jazz band demoníaco, seguirán gritándonos la blasfema exhortación de Federico Nietzsche, «Disfracémonos de dioses». Pero, místicamente, envuelta en dulzura celestial, nos llega, cada año, durante estos días, la exhortación angélica «Gloria a Dios en las alturas y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad». Palabras que deberían tener una vigencia real, y no retórica. Así, sabríamos reemplazar, con la caridad , que nos hace semejantes a Dios, ese egoísmo que quiere disfrazarnos de Dios. Y así, dejaríamos de odiarnos. Porque.. «¡tenemos tan poco tiempo para amarnos!»

(Diario JAÉN, 31 de diciembre de 1946)


domingo, 22 de diciembre de 2013

LA MULA Y EL CARRO





Todavía gimen por esos caminos de Dios las ruedas de los carros. Pero la carretera ya no es del carro. En la pista asfaltada se advierte enseguida su torpeza antigua, su perplejidad. ¿Y las mulas? «Azorín» tiene una página sugerente, llena de expresividad, acerca de las mulas. Son —dice— «algo consustancial de España». «Allá, allá en la lejanía, sobre el cielo radiante, se columbra la silueta de una reata de mulas que arrastran lentamente, dando tumbos y retumbos, un grueso carro.» «No concebimos el paisaje de España sin mulas», añade después.

¡Eh, automovilista!, ¿qué opina de las mulas?, ¿qué piensa usted de las mulas y del carro? Estamos en La Mancha. La recta de la carretera se pierde en lontananza. Placer de la velocidad. Es lenta la Naturaleza, lento el paisaje, lentas las viñas. Y la carretera impávida, incoercible, representa una invitación al vértigo. De pronto, «allá en la lejanía, sobre el cielo radiante, se columbra la silueta de una reata de mulas que arrastran, dando tumbos y retumbos, un grueso carro». ¿Carros a estas alturas? ¿Mulas con colleras? ¿Caminantes? Frena suavemente el automovilista, amaina unos instantes la velocidad. Y durante un momento en la carretera se cruzan dos mundos: el del motor y el del carro. Uno va de retirada, diríase que de arribada forzosa. Otro avanza irresistible venciendo al viento con su viento.

Recientemente Ramón Ferreiro ha cantado al camión en versos de sabor pindárico:

            Tu fatiga es la gran palabra del futuro anhelado,
            tu brío el que recorta al transporte sus uñas salvajes,
            tus hombros los que llevan la cruz de lo urgente y maldito,
            tus pies los que traen a la ciudad el perfume del campo.

Y es cierto que el camión, «siervo leal», y el automóvil, su hermano distinguido, merecen —bien merecen— el homenaje, el arrebato de la vibrante oda. Pero el progreso no es ruptura, sino esforzada continuidad. El camión es porque el carro fue. Hoy existen grandes hoteles gracias a las bulliciosas ventas de ayer, y grandes empresas porque hubo trajinantes. Aquel mundo en retirada, en arribada forzosa —el que ya se clausura en la historia—, ¿no reclama como contrapunto a la dinámica modernidad el canto umbroso, despacioso? Cada epifanía se corresponde —es ley de la vida— con una elegía. Por eso, tras el canto enardecido al camión, cabe al poeta melancolizar a costa del carro:

            La tierra tiembla de emoción cuando avanzas, lento y solemne.
            A la tierra no le importa el paso veloz de las caravanas de automóviles...

En los hombres mueve a la antipatía el egoísmo, la insolidaridad. Semejantemente repele de una época su falta de comunión con los siglos que se fueron. Porque el tiempo no se «divide» en pasado, presente y futuro. Espejismo. El tiempo es una línea continua. Y el trazo vigente no es sino efecto del impulso pretérito. En realidad el motor de lo moderno es la historia; los muertos están más enterrados que muertos. No hay autonomía posible para lo actual: la herencia histórica no es menos decisiva que la herencia biológica. ¿Por qué ironizar con aire de suficiencia ante el gesto enfático del abuelo retratado al óleo en la sala de recibir? Y, ¿por qué la sonrisa de desdén, no exenta de pedantería, para los versos de don José Zorrilla o de don Ramón de Campoamor? Los futbolistas de 1910 con pantalón hasta las rodillas, el landó del diputado liberal del distrito, las cartas de amor decimonónico que guardaba amorosamente en un cofre la viejecita por quien doblan las campanas... ¡cuánta lejanía!

Pero no hubiéramos llegado al «twist», amigo mío, sin el rigodón primero y sin el tango después. Ni las victorias internacionales del Real Madrid serían posibles si cincuenta años antes once señores con bigote no hubiesen constituido el Real Unión de Irún. Ni la épica nuclear y electrónica pasaría de ser ciencia soñada sin el precedente del siglo del «vapor y del buen tono». Existiría el presente sin nosotros, pero no existiría si no hubiesen nacido nuestros abuelos.

Alto en el camino. Se ha parado el carro junto al pueblo. Descansa la paciente mula. Muy cerca alzan su anhelo las torres y los palacios, testigos del pasado. Prodigiosa estampa... histórica. Pero la estampa histórica es premisa responsable del cuadro futurista. Y si no nos solidarizamos , también, con la estampa histórica, ¿no volveremos a la Prehistoria?

(ABC, 15 de diciembre de 1964)

jueves, 19 de diciembre de 2013

EL OLIVAR






El olivo, naturalmente, no es el almendro. El almendro es el árbol de vanguardia, con una prédica de ilusiones en flor, insuflado de un mensaje blanco de alacridad, al tiempo que todavía el invierno —denostador y torvo— cierne su amenaza. Cuando florece el primer almendro es que se ha recibido el telegrama de la primavera anun­ciando su llegada...

Pero la gracia del olivo es menos mórbida: su mensaje es en prosa. Diríase que viene escrito en tipo elzeviriano, sin fiorituras, ajeno al alarde o a la pirueta. Y siempre con los mismos, idénticos caracteres.

Uno, que es barroco por naturaleza, puede decir en presencia del campo de olivos: ¡Qué monotonía, Señor! El mismo color verde polvoriento, para todas las estacio­nes del año. Olivos, olivos, olivos..., todos achaparrados, sin ansias verticales de altura, uniformados y perennes; filas interminables, monocordes, como tetrástrofos monorrimos del poema informe de los campos, como alejandri­nos de un mester añejo y pardo. ¿Es que no tienen los olivos un vestido de desposorios? Y, ¿han estrangulado, como si se tratara de una tentación de Satanás, el brote de sus flores incipientes? Y su alegría, ¿de qué extraña especie es? ¿Por qué el mismo mutismo, indiferente, cuando el buen año supera la cosecha y cuando la fatali­dad adversa esquilma la dádiva de las redondas, tácitas aceitunas? Porque también el mundo vegetal, ante la po­breza, reacciona con la palidez y el desaliento; también se nota el hambre de los campos famélicos. En cambio del olivo, no; para sus ramas que no sienten el estímulo vivificante de la juventud, no existe tampoco el temible achaque de la vejez. Nada alegra al olivo; nada le entris­tece. San Ignacio de Loyola debió de ponerle como sím­bolo en su invitación a la santa indiferencia. Yo quiero imaginarme que uno de estos olivos perennes, antañones, inmutables, va a escribir cualquier día de primavera un terrible poema irónico, sarcástico, para recitar en plena euforia germinal, en un teatro jubiloso de flores, aromas y trinos. ¿Se titularía ese poema: «Las hojas amarillas... fueros verdes»? Sí; indudablemente estos olivos vetustos, junto a aquel retorcido olivo sarcástico, guardan un gesto fulmíneo para cuando el renacimiento llegue: serán los Savonarolas de la primavera.

Uno que es barroco por naturaleza, experimenta, así al principio, en el olivar una sensación de achatamiento. Pero, si uno es barroco por naturaleza, por gracia uno aspira a ser clásico. Y entonces, uno empieza a ver con otros ojos.

Un rato —cinco minutos— en el olivar, ha bastado para convencernos de la poesía del olivar. No es la suya una poesía epidérmica, como la del almendro; es más bien una poesía interior. Y bien, ¿qué será una poesía de vida interior?

Cuando las cosas —las pasiones, las emociones y las sensaciones— en lugar de hacerse tumulto de agua desbo­cada, corriente, se filtran gota a gota, a través de las capas hombre tiene dispuesto alojamiento para su vida interior; cuando las cosas, en lugar de resbalar con ruido, en silen­ció calan, hay en la concavidad del alma una resonancia azul, sin estridencias, para todo lo que de afuera llega. Entonces la poesía de «vida interior» surge armónica, sin violencias, en una sophrcsyne intelectual que equidista de todos los vértices... Yo, firmemente creo esto: la vorágine barroca, romántica, es el escándalo del agua derrotada, espumeante, que, como ha resbalado, camina dando ala­ridos, campo atraviesa, hacia la carretera (la carretera del mar, claro, es el río). Firmemente creo también que el clasicismo es agua lenta, agua tácita, agua filtrada, hacia el manantial, escondido en las catacumbas de la vida in­terior.

La posesión del olivo, que tan prosaico parecía, en tipo elzeviriano nos envía un mensaje de eternidad. Por eso llega vestida de modestia; la modestia es la virtud de los que no tienen prisa. (La modestia, honradamente, quie­re «llegar; pero llegar a pie. La necedad también quiere llegar; pero como, para ella, llegar a pie, por sus propios medios, es imposible, la necedad se monta en el primer «auto», en la primer «oportunidad» que se le brinda. Y, ya se sabe, el «auto» es un «chantaje» que se hace a la verdad.)

¿No será por todo esto por lo que se consagró el olivo a Minerva, diosa de la Sabiduría?

Iba a terminar el artículo y, de no sé qué rincón, ha surgido un duendecillo objetante. Me ha dicho esto:

—Tan tonto eres, que te has puesto a escribir un ar­tículo sobre el olivo y no has dicho una palabra sobre el aceite. ¿No te das cuenta, infeliz, de que lo único intere­sante del olivo es el aceite? Se conoce que no es tuyo el olivar, en que lo comparas con una estrofa de la «quaderna vía»... ¡Valiente ocurrencia esa de llamar tetrástrofos monorrimos a las filas de olivos! Y si no, para demostrar­te que en esto relacionado con los olivos, no sabes ni jota, dime: ¿A cómo está el «cambio»?

(Claro, me ha apabullado el duendecillo. Uno siente el alfilerazo lancinante de la duda. ¿Será verdad que del olivar sólo importa el aceite? ¿Será verdad que, en la Tie­rra, la belleza es nada más que la cáscara de la utilidad?)

(DIARIO JAÉN, 15 de diciembre de 1949)

miércoles, 18 de diciembre de 2013

EL ALMA QUE ANDA EN AMOR





«El alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa», escribe San Juan de la Cruz. Entonces ¿cómo podríamos cansarnos nosotros de leer, de escuchar, de aprender al mejor, al más grande sin duda de los poetas en lengua castellana? Aunque, en Juan de Yepes, lo de poeta es puro accidente, es añadidura y fleco de su entidad mayor de santo, de teólogo, de místico, de filósofo. En su discurso de ingreso en la Real Academia Española, bajo el título de Una hora de España, «Azorín» dijo nada menos que esto: «Nuestro ideal era tan elevado y legítimo como el ideal de los demás pueblos europeos. Es falso que Descartes sea superior a Santa Teresa y Kant a San Juan de la Cruz».

Nunca penetraremos lo bastante en la selva de sugerencias ascéticas, místicas, filosóficas, poéticas de San Juan de la Cruz. Es asombrosa la feracidad de su mente. ¡Cómo nos hace falta su doctrina en esta hora confusa! Para este tiempo que abusa de la palabra amor antes de haber usado el amor, ¡cómo viene, como anillo al dedo, la doctrina de amor de Juan de Yepes! Porque el amor no es únicamente un sentimiento: necesita para vertebrarse, de una doctrina. El fraile carmelita, deshoja las rosas de su amor divino en sus poesías. ¿Qué es el «Cántico» sino una custodia de pétalos, una orfebral fragancia de suspiros, anhelos, adivinaciones, esperanzas, glorias y nostalgias? Esta explosión de fervores, este hervidero de intimidades puestas al fuego, que es el «Cántico», se alisa, se encalma en pensamiento cuando Juan de la Cruz comenta palabra a palabra —en finísima exégesis, en un auto análisis— su poema. Sorprende, la mina de amor que el carmelita encuentra en esa especie de manto freático de la «sicología profunda». Limpias aguas, sin lodo, transparentes. El ilustre Freud ¿ha estudiado alguna vez a San Juan de la Cruz?, ¿se ha inclinado sobre el brocal de su cisterna? Tanto da. Juan de Yepes no es un «ego» que limita al sur con el «ego» y al norte con el «superego». San Juan de la Cruz es pensamiento empapado de teologales auxilios. Porque el espíritu en exilio «produce» el pensamiento como «contestación». Dice el santo: «Un pensamiento del hombre vale más que todo el mundo». Y añade: «Por tanto, sólo Dios es digno de Él». Maravillosa conclusión. Escribía Valéry: «No conozco a ningún hombre que haya llegado hasta el final». El reformador carmelita, sí; él sí ha ido, de derivación en derivación, al cabo último; él no se ha detenido; ha seguido hasta las últimas consecuencias. Buscando al amor con la verdad y a la verdad con el amor, se nos muestra como el alpinista de Dios en su Subida al Monte Carmelo. Despegando de la mundanidad que le estorba, es el genuino nauta que, arrojando lastre, encuentra en la «Noche Oscura» el auténtico medio divino que otorga a su alma la plena “disponibilidad”, la oquedad para la Gracia ( ¡Ah, la Gracia! Pegúy pensaba que la Gracia es la esencial juventud del hombre que, por naturaleza, decrece. Recrece la Gracia al hombre que, abandonado a sí mismo, se arruga en vejez, en costumbre, en rutina, en «cosa»). Y la fatiga ascética del ascenso, la oscuridad de la renuncia, se compensa en Juan de la Cruz con la luz de la «Llama». Llama viva de amor que es llaga y cauterio.

He aquí la técnica que nos brinda el santo carmelita para una época que carece de amor y parlotea incansablemente de esos efectos del amor que son la libertad, la comprensión, la tolerancia, la fraternidad y la igualdad. Porque queremos los efectos, despreciando la causa. Y preconizamos amores que no pasan por Dios o le rodean en circunvalación artificiosa. ¿Por qué? El Doctor Extático sabe que al «atardecer nos examinarán en el  amor». Entonces ya su vida es una porfía incansable: «Ni ya busco ganado, ni ya tengo otro oficio, que ya sólo en amor es mi ejercicio», escribe en una estrofa sutilísima. Para remachar en prosa: «Donde no haya amor, pon amor y hallarás amor». Y continuar: «¡Oh, dulcísimo amor de Dios mal conocido!, el que halló sus venas descansó...»

¡Hallar la vena del amor divino¡ Qué difícil se está poniendo, cuando buscamos  la fe por caminos que no son los que Dios prepara. Pascal, escribía conmovedoramente: «Ponte de rodillas para que te entre la fe». Pero, ¿quién pide hoy la fe de rodillas? Falta fe para la fe, y ustedes dispensen la perogrullada. Era el mismo Pascal quien escribía genialmente: «Dios está suficientemente desvelado en las Escrituras para que los que le busquen verdaderamente lo encuentren. Y está lo suficientemente oculto para que los que no lo buscan con todo su corazón no lo encuentren».

Buscar, buscar, porfiar, anhelar. Es el trabajo de la fe. Nuestro poeta santo lo ha dicho mejor que nadie: «Buscando mis amores/ iré por esos campos y riberas/ ni cogeré las flores/ ni temeré a las fieras / y pasaré los fuertes y fronteras».

Pero mil cristianos hay ya pululantes por ahí que no quieren saber nada de la mística. Que a la hora de adoptar una espiritualidad se contentan con el remedo del «medio divino» de Teilhard de Chardin (donde, como escribe Camón Aznar, «confluyen poéticas invocaciones y cursis logomaquias» en un «libro de alto lirismo y de vulgar sociología»). Mil cristianos que se quedan sin saber a este filósofo canonizado que Azorín no retiraría si hubiera que parangonarle —ya hemos reproducido sus palabras— con Kant o Descartes. Mil cristianos que no han paladeado jamás sus estrofas, que no se han puesto nunca a practicar, para el advenimiento del amor, la «técnica» del cantor de la «soledad sonora» y de la «música callada»...

Pero Juan de la Cruz es la invitación que no cesa. Quiere persuadirnos. Pide que hagamos «noche», que apaguemos frivolidades, que la soledad no sea desierto sino campo fértil para la sonoridad de lo trascendente; que callen los ruidos y hagan sitio a la música honda e intrépida de los últimos fondos: música que traspasa los sonidos, que los calla, para transfigurarlos en ascuas del espíritu y así encandilar, así gritar «A las aves ligeras/ leones, ciervos, gamos saltadores/ montes, valles, riberas,/ aguas, aires, ardores,/ y miedos de las noches veladores».

¡Si acudiésemos a su invitación! Pero su invitación es dura; «Para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes. Para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada». Muchas exigencias en un tiempo para el que queremos a toda costa el abaratamiento de Dios.

(DIARIO JAÉN, 14 de diciembre de 1972)

sábado, 30 de noviembre de 2013

MAEZTU





En uno de sus primeros artículos, allá por 1896, Maeztu es­cribía: «El hombre es, por definición, lo incalculable». ¿Podía el mismo, entonces, prever la trayectoria de su vida y de su obra? Lo de «se hace camino al andar» fue en Antonio Macha­do un bello verso, y en Maeztu un programa. Así Amezúa pudo hablar de la «peregrinación de su entendimiento en la busca de la verdad». Porque, quizá, lo que desde el principio distingue a don Ramiro del resto de los «noventayochocentistas» es su intuición de que «hay» verdad y de que «está» en alguna parte. Por eso su pesimismo inicial, ante el momento histórico que sir­ve de fondo a su juventud, se transforma en seguida en una es­pecie de lema que abre un portillo a la ilusión: «Esperar sin im­paciencia, obrando sin desmayo». Es su consigna en 1898. ¿Esperar, qué? Por lo pronto, ahorrando palabra y gesto. Maeztu no es nada histriónico. «¿Por qué no se habrá in­ventado un aparato para pesar el ingenio derrochado inútilmente?» Esta ascesis es reconocida en seguida por el entonces joven de ilustres promesas, José Ortega y Gasset, que escribe a Unamuno una carta interesantísima en la que dice de Maeztu que es un hombre sin «redroideas», vocablo que no hemos vuel­to a leer ni en el mismo Ortega pero que parece muy significa­tivo. Por el contexto de la palabra se deduce que la «redroidea» es algo repensado, sofisticado, reelaborado, sin frescura fon­tanal algo mediatizado por intereses ajenos a los del puro pen­samiento. Quizá esta es la causa de que en Maeztu se pueden en­contrar errores, pero jamás caprichos cristalizados en puros juegos de ingenio, en «boutades» o en fuegos de bengala. Maeztu es, sí, peregrino. No puede perder el tiempo. El quiere decir siempre algo al escribir, cuando la mayoría de los que es­criben «en vez de decir, recuerdan».

En su andadura, es obvio, nuestro pensamiento encuentra un día, al paso, al socialismo. No lo margina ni elude su significación. Pero su rigor mental le lleva al análisis. Es un momento en que los intelectuales españoles, acordes en la denuncía, no se aúnan en la propuesta, en ninguna propuesta. Denuncias del marasmo de España, del caciquismo, de la mediocridad, de la pobreza. Pero ¿propuestas de qué? Maeztu se desazona: «En la hora actual no hay programa para los intelec­tuales». Y es así que cada uno se improvisa el suyo. Lo bueno en Maeztu es que él, fiel a su consigna de «esperar sin impacien­cia y trabajar sin desmayo», no quiere improvisaciones. El de­rrote a la izquierda es siempre un recurso para el intelectual. Lo fue en tiempos de la juventud de Maeztu y lo es ahora. Pero Maeztu, que cree que «el ideal no puede consistir sino en in­fundir el infinito en lo finito», objeta al socialismo así: «Tiene que liberarse de su materialismo histórico si ha de limpiarse de su contradicción interna de ser un movimiento ético que niega el poder de la moral».

Y es precisamente el problema moral la clave del pensa­miento de Maeztu. En «Don Quijote, Don Juan y la Celestina», Maetzu concluye: «El problema moral no se ha resuelto. Repre­senta la cantidad de desarreglo necesario para impedir que la moralidad se automatice en equilibrio de virtud y recompensa». Empero, aunque nuestro pensador es consciente de que la ética es una tensión y no una entropía, renuncia en seguida a todo subjetivismo e intuye la necesidad del «metro universal». «Si detrás de nuestra tabla de valores —escribe— no hay una escala cósmica, un metro universal; si las estimaciones nuestras no tie­nen más valor universal que las de los gusanos, si no hay un Dios en los cielos, Don Juan tenía razón».

Ni lo faústico —ni tampoco lo fáctico— representa jamás en el peregrinaje de Maeztu un punto de arranque. Además re­nuncia al comodín del mito. Si el de Celestina impregna de tin­tes sombríos las meditaciones de Machado, de Valle-Inclán, del mismo Azorín a ratos, porque existe en ellos la «persuasión de que nuestras acciones nadan valen», tampoco el mito del Quijote es tabla de salvación para don Ramiro: «El amor, sin la fuerza, no puede mover nada, y para medir bien la propia fuer­za nos hace falta ver las cosas como son. La veracidad es deber inexcusable. Tomar los molinos por gigantes no es moralmente una alucinación, sino un pecado».

Momento crucial en el peregrinaje de Maeztu. La moral necesita de la Verdad y el amor, de la fuerza. Pero la fuerza del amor es, precisamente, la verdad. Naturalmente, bajo estos supuestos la urgencia de Dios salta a la vista. «Todo hombre —declara Ramiro de Maetzu— tiene la obligación de amar con fuerza. Pero, además, ha de poder amar a quien no ama o deja de amar a quien ame, si así es su deber». Y añade: «Jinete de su amor ha de ser el hombre». ¿No es toda una definición? ¡Qué conveniente recordarla en un tiempo en que el amor se hace producto publicitario, «anunciado», en campañas moralizajoras, entre desodorante y desodorante! El hombre, «jinete de ai amor». Y hasta el punto de proclamar: «Tenemos que de­fender a la Humanidad entera del odio; pero no odiar nunca, ni siquiera el odio de los malos». Estas últimas palabras las escribe Maeztu, ya en 1936, un mes antes de su muerte. Ahora bien: hasta llegar a formularlas, hasta dar con el meollo de su autenlicidad cristiana, Maeztu, ininterrumpidamente, ha cambiado como un pastor de sus ideas y de sus fervores, de sus lecturas plurales, de sus vivencias, imponiéndose una doble fidelidad a sinceridades y a verdades. ¿No se divide hoy el mundo entre sinceristas y lógicos? A los sinceristas les interesa su verdad, y a los lógicos, la Verdad. Pero cuando emancipamos nuestras verda­des respectivas de la Verdad, ¿pueden, con toda legitimidad, se­guir llamándose verdades?

Llegado a este convencimiento, Maeztu ya puede morir sa­biendo por qué muere. (Dirá a quienes le asesinan: «No sabéis por qué me matáis, pero yo sí sé por qué muero»). Y realmente ¿no termina el hombre de saberse, de investigarse, de averiguar­se cuando sabe de verdad por qué vive y por qué muere? Supre­ma ciencia que frecuentemente se esquiva tapando los huecos de la vida genuina con vida improvisada como se cubren ciertas zanjas con cascote efímero.

Maeztu concluye con su vida su programa. «España es co­mo una vieja encina medio sofocada por la yedra». ¿Programa de poda? Sí. Y un poco, también, programa de «decíamos ayer». Aunque no para que la lección de ayer ahogue los brotes hodiernos, sino para la necesaria labor de síntesis. Como en los últimos años de la vida de Maeztu se polemiza sobre el tema del atraso científico de España, él escribe: «Si no tenemos una bue­na física es oportuno ir a buscarla donde la hubiere, porque la física es una ciencia especialmente poderosa y el poder sobre la Naturaleza no debe descuidarse. Lo que no tiene perdón de Dios es que la busca de lo que nos falta descuide la conservación de lo que tenemos».

Desde su mundo, Maeztu nos sigue adoctrinando. El decía: «Yo he soñado con ser un espíritu con una mano descarnada que escribía». Creo que no se ha reeditado ni leído lo suficiente a Ramiro de Maeztu. Y pienso que la hora de España lo exige.

(ABC, 30 de noviembre de 1972)

viernes, 29 de noviembre de 2013

ESCENOGRAFÍAS DE OTOÑO





Es como si en la Naturaleza toda tocasen a arriar. Tras el orgiástico gesto estival, empieza a cuajar en los campos una recia vocación ascética. ¿Han visto ustedes cómo, a la hora amarilla de la renuncia, el árbol nos enseña su desnudez como una penitencia?

El ocaso se ha encargado una escenografía espléndida. Todas las decadencias —en la historia y en la geografía— requieren, como fondo, una barroca prodigalidad de color. Lo triste sin embargo es que todo, es nada más que eso: escenografía. La magnífica ilusión óptica del ocaso se desvanece en un instante cuando el sol —protagonista eterno del drama cósmico— hace mutis. Y, cuando hace mutis el sol, ¿no es cuando la Naturaleza, sin reservas, se entrega a su reciente vocación ascética? La brisa crepuscular del otoño —brisa impregnada de humedad, brisa contagiada de ábregas resonancias— es ya casi un sermón. La escasa fronda bisbisea trémula, como si rezara, y se van cayendo las hojas, como lágrimas... Ya entrada la noche, después de la brisa, incipiente y blanda, vendrá el viento bramador y denso; ¿no adivináis en el viento solemne del otoño —viento que llega después que las libidinosas sugerencias estivales han pasado— un eco profético, dogmatizador, cargado de trenos y amenazas? Sí; el viento tiene voz imponente de profeta, tiene acentos adustos de predicador. Por eso, a su conjura, los altos árboles cabecean contritos como si dijesen: Pequé, pequé, pequé...

Y luego la lluvia. La lluvia que esponja el campo como una gracia que redime y limpia. La lluvia unánime y clamorosa como una ovación cósmica. La lluvia que gime atormentada en la ciudad, mediatizada por las canales, por los aleros, por las gárgolas, para resbalar luego, casi burlada, por el asfalto y por el pavimento...


Cuando llega el otoño, también, naturalmente, se introducen modificaciones en el paisaje humano. He aquí ya todos los tópicos humanos otoñales: la gabardina, las castañas, don Juan Tenorio, los libros nuevos, el paseo al sol... ¿Quién dejará resbalar estos tópicos otoñales por el asfalto de su indiferencia? ¿Quién no se dejará penetrar suavemente de ellos? Hace una noche, un poco desapacible. Va a llover. Unos nubarrones sombríos cruzan el cielo movilizados súbitamente por no sé qué orden meteorológica: el caso es que llevan prisa y todos parecen dirigirse a un mismo punto, como si fueran a recibir instrucciones.. ¿No os dan deseos, pues, de comprar, en el puesto ambulante, un cartucho de castañas asadas? ¿No sentís, luego, un secreto placer, cuando, al llegar a casa, os dirigís a vuestros libros y de entre todos elegís uno que lleva indicado en su lomo: «Don Juan Tenorio. Zorrilla»? Y, cuando os disponéis a leer, cuando ya os habéis sentado junto a la mesa, ¿no experimentáis una insospechada, amabilísima impresión, al encontraros con que «hay brasero»?

Suena un viento lejano, un viento profético que desnuda a los árboles penitentes del lejano bosque. Mientras tanto, ¿qué hacer? No lo dudes lector: comerse la primera castaña, leer la primera escena del Tenorio, frotarse las manos y «mover por primera vez», también, el brasero...

(POLVO ENAMORADO, Gráficas Bellón, Úbeda, 1948)

jueves, 21 de noviembre de 2013

DESDE LA BARRERA





Sobre la Poesía existe mucha confusión. Los hombres, no se han puesto todavía de acuerdo sobre lo que es Poesía. Tampoco, naturalmente, sobre otras muchas cosas...

Habamos por unos instantes, «poesía comparada», aunque no nos guste el método. Eliminemos las poesías de versos —cortos o largos— que solo tienen versos, cuyo único mérito es el de expresar vulgaridades rimadas o vulgaridades ripiadas. Convengamos en que esos versos son los más difíciles para el auténtico poeta. Lo más difíciles ya que nada es tan extraño, tan ajeno, al poeta, como la vulgaridad. Porque claro está que en el ancho mundo existen vulgaridades a porrillo pero el poeta no las ve, no sabe verlas. O, cuando las ve, las transfigura. Si no es, que también puede ser, que las barra con la mirada... Eliminemos las poesías de versos que solo tienen versos.

Ahora lidian en nuestro parvo estudio comparativo, las distintas clases de poesía que además de versos, tienen otra cosa. En la composición poética, cualquiera que sea, es obvio que deben entrar como ingredientes el pensamiento y la belleza, o como se diría en un manual de preceptiva, el fondo y la forma. Pero, ¿en qué proporción?, ¿en qué dosis? He aquí la cuestión; he aquí el problema.

No lo dudemos; la poesía que solo tiene belleza pasará. No lo dudemos: pasará la poesía que solo tiene trascendencia. Ahora bien, una y otra tiene, tendrán, «su público» durante una época limitada, durante el tiempo que dura un «ismo». Y un «ismo» dura poco.

El mérito de la Poesía consiste en trenzar la gravidez de una idea —la idea siempre cae atraída por su centro— con la aérea luminosidad impalpable de una gracia flotante. Cuando la gracia, que es belleza, distrae a la idea, que es pensamiento; cuando se enreda en un rayo de sol la fibra de un querer o de un decir —aunque el decir tenga, de origen, la gravedad de un discurso—; cuando se encuentran en sus trayectorias las dos verdades, la del corazón y la de la mente, la Poesía surge clara y limpia, como un relámpago vivaz. O, mejor, como un chorro, como una fuente. Importa, entonces, que el poeta se apresure a recogerla. Importa menos, la clase de recipiente con que se apreste a cosecharla. Una airosa ánfora de corte clásico, o un adusto cuévano de factura modesta, ¿qué más da? Lo fundamental es la limpidez del agua. Lo fundamental es la pureza poética. Da igual el endecasílabo trabajado a cincel y sometido luego al torno del soneto —pongamos por caso—, que el despeinado encanto espontáneo del verso libre con la rima sincopada de emoción y el ritmo vigoroso latiendo por dentro.

Que el corazón y la mente vayan al encuentro, que se corten en un vértice inefable y sutil. Pero si nos empeñamos en que las dos verdades, la que siente y la que piensa, la que sueña y la que vive, se hallen... en el infinito, habremos destruido el ángulo prodigioso. ¿Por qué no acercar la fantasía al campo yermo de lo actual y de lo actuante? ¿Por qué no impedir que la tierra beba vino y que el aire se contagie de vaho telúrico, entrañable? ¿Por qué la «abstracción» —ese ángel soberbio— a ultranza? ¿Por qué el realismo, ese ángel alicorto?

Y es que la Belleza no puede subsistir por sí misma si no hay algo —algo tangible, vital y cierto— que la sirva de soporte. De lo contrario, la poesía será (y nunca desaprovechamos la ocasión de citar las palabras de Novalis) «éter pintado con éter en el éter». Pero cuán triste la vida de los hombres —hombres caídos— sin el consuelo poético. Porque la poesía es algo así como una embajada oficiosa de la alta Gracia; de la misma Gracia de Dios.

Recordemos la poesía de San Juan de la Cruz. ¿Quién se atreverá a pensar, al leer el Cántico, que su belleza es un tejido de rutilantes y ardorosas palabras yuxtapuestas? Alienta bajo el maravilloso ropaje de tornasol, la respiración vital, la respiración concreta de un alma a la que el Amor fatiga. Hay un latido escondido dentro de cada palabra; hay una idea encerrada dentro de cada imagen... ¡Cómo pesa la poesía de San Juan de la Cruz! Pero... ¡cómo vuela!

Pesar, volar... He aquí las notas de la verdadera poesía. Es tan difícil...

En cambio es muy fácil escribir, en prosa, de la poesía. Muy fácil y sin riesgo... (Perdón por este artículo escrito «desde la barrera»).

(VBEDA, Año 7, Núm. 83, noviembre de 1956)

viernes, 15 de noviembre de 2013

UN PALACIO DEL RENACIMIENTO





Fachadas de palacios quedan todavía muchas. Va sien­do más difícil ya topar con palacios; esto es, va siendo poco frecuente encontrar, en buen «uso», esas ediciones de lujo de la vivienda que la floración renacentista hizo surgir, generosamente, en nuestras ciudades y pueblos. Y no es que nos hayamos decidido, en lo que al modo de vida se refiere, por lo simple o exento de complicaciones; no es que prefiramos la «edición en rústica»... Es que el lujo cambia de estilo o, mejor, es que ya el lujo carece de estilo. Así, tocamos una época en la que lo suntuario, lejos de mostrar en cada caso el cuño de un personal prestigio —prestigio «trabajado» que al fin y al cabo cons­tituiría su mejor o su única justificación—, se ofrece (o se alquila) confeccionado, no siempre a la medida, al mejor postor. Y uno de los resultados es éste: Palacios deshabitados y «Palaces» repletos. Porque no es que la gente renuncie, ascéticamente, al lujo; es que aspira a que se lo den hecho.

Muchas familias han perdido la posesión de sus casas señoriales; son bastantes las que las conservan... en la­mentable abandono. No es raro, pues, que buen número de palacios, en estado de ruina más o menos inminente, hayan dejado de constituir un motivo artístico para re­clamar, más bien, una atención de la arqueología. Lásti­ma, porque la arqueología alude a la edad senil del mo­numento; y los palacios, poco más o menos, son jóvenes de cuatro siglos... Menos mal cuando los ha salvado una habilitación para otros menesteres; cuando el Estado o el Municipio les adoptan convirtiéndolos en museos, ayun­tamientos o casas de la cultura. Medida que ha redimido a sus artesonados, a sus estrados y a sus salones del moho y de la humedad; y que permite subsista de ellos algo más que la fachada renegrida o el desportillado patio. Pero más de un palacio ha visto uno, por estas tierras andaluzas, degradado a casa de vecindad. Pasáis ante su portada de ancho dovelaje sobre la que, a lo mejor, unos tenantes prosopopéyicos muestran su énfasis de piedra. Os sentís impulsados, sugestionados, por la presencia imponente. Intentáis penetrar en el interior y... súbita­mente os llega un tufo espeso y anodino agazapado tras la colosal puerta claveteada. O irrumpe en vuestros oídos una confusa algarabía de chiquillos de arrabal. No cabe más ironía...

Es grato por eso comprobar excepciones. No faltan, no pueden faltar. Contra el tiempo, frente a la famosa incuria de los hombres y a contrapelo de la opinión, exis­ten todavía quienes —nobleza obliga— hacen del mante­nimiento del palacio un deber: deber de estirpe y deber social de gran estilo. Deber social que rebasa la esfera del simple deber de sociedad cuando el palacio acierta a ser institución, es decir, cuando repercute su influencia en insospechados, y beneméritos, aspectos de caridad y de ciudadanía. Porque hay aristócratas. Porque hay aristó­cratas —digamos la palabra que tantas veces se elude— que no abdican, fieles a un fervor día a día continuado. La nobleza —piensan probablemente— no es, tanto en lo espiritual como en lo externo, una cosa que se conserva.

(ABC,16 de noviembre de 1959)

lunes, 11 de noviembre de 2013

SAN DANIEL DEL BUEN GOZO





En el Pórtico de la Gloria de Compostela, la efigie de Daniel profeta muestra a los siglos, uno a uno, su sonrisa. No tanto se ha literaturizado alrededor de esta sonrisa, como a propósito de la «Gioconda». Sin embargo...

Uno se imagina peregrino al tiempo, detenido el afán cansado de cada época junto al Pórtico. Hay huellas de los días furtivos en el granito que se pone en Compostela a imitar a la Eternidad. Hay impactos de mil presencias que ahora son mil silencios. El Pórtico recluta admiraciones. Pero la vida es breve y la obra de arte, indemne, subsiste a todos los relevos. Ocho siglos han hecho su relevo y la sonrisa de Daniel no ha sido arriada.

Y es el caso que los ojos del profeta, bien abiertas las órbitas, enraizan su expresión en una hondura pensante. No se puede decir que no sea el suyo un gesto de vida interior. Lo que sucede es que, aquí, las cejas no se fruncen hoscas, no forman oleaje. Pasa que su frente diafaniza amplitudes donde la visión allegó material al entendimiento. ¿Qué es una frente despejada? Quizá está en la frente la clave del gozo. Quizá en ella el secreto de la asunción de la alegría. Cuando las cejas se niegan a elevar la carga intelectiva, cuando se doblegan —roto el arco limpio— bajo el peso, ya el friso del gozo no es posible. Recordad las cejas cobardes y atormentadas, impotentes cejas rebeldes, que hacen ceño, saña, a veces, del simple mirar; hostilidad que se pliega hirsuta como estrangulando lo que los ojos ven. Así, todo júbilo se frustra porque no hay gozos que no vayan pasando por la frente; no hay gozos de planta baja, puramente sensoriales, aunque haya placeres de... entresuelo. La alegría es un tejer espíritu —luz y más luz— en las devanaderas del cerebro, encima, precisamente encima, de las órbitas...

Pero la frente que ha elaborado el gozo, que ha desenmarañado la oscura pasión para trocarla en acción visible y resplandeciente, transmite su fulgor, como en reflejo, a los labios. Y la boca de Daniel se embriaga en no sé qué delicias presentidas. Abrió Daniel los ojos y vio. Elevó luego el botín de su mirada hasta someterlo a la sutil manufactura mental. Luego —savia nutritiva, dulzosa— descendió su gozo y se hizo flor en el labio.

—Habrá que proclamar a San Daniel de... Compostela, Patrono del Buen Gozo.

—Pero, ¿por qué su frente ha elegido la alegría? Pero, ¿es que la alegría es materia de elección?

—Junto al pecho, las manos de Daniel descansan del trabajo consumado, de la obra hecha.

—Pero... ¿es que la alegría «se hace»? ¿No viene, no llega a impulsos de la fortuna? ¿No es un viento que trae la suerte a nuestro regazo?

—En su cátedra de Compostela, auténtico profesor de energía, él enseña su sonrisa como una asignatura; está diciendo: Mirad en torno; abrid, lo primero, los ojos; abridlos bien, para bien ver...

—Pero se ve la verdad y se ve la mentira; se ve la belleza y se ve el crimen...

—Él sigue enseñando: Si sólo veis, pereceréis: la forma no impondrá entonces su orden sobre el caos. Necesario es que alcéis lo que sentís, que alojéis la impresión en el pensamiento, que asentéis la emoción en la Verdad.

—Y... ¿qué es la Verdad? Oh, la Verdad... «¿Ha podido acaso librarte de los leones?», preguntaba a Daniel el rey de Media.

—«Oh, Rey... mi Dios envió su ángel, el cual cerró las bocas de los leones».

Es el secreto de la sonrisa de Daniel: Dios envía su ángel siempre. Cuando el pensamiento ha sido taraceado por la Fe, el friso del gozo se perenniza. Y los «leones» no dañan. Cualquier actualidad quema su anécdota para que de entre sus cenizas añore la categoría.

—Otra vez la Fe, clavando su media estocada a la embestida de los temas difíciles...

—Sin ella, sólo el placer del entresuelo —no el gozo que exulta en las alturas— es absolutamente viable. Si no es que las cejas, en ceño sombrío, acaban por estrangular lo que los ojos ven. Si no es que la ilusión aborta, haciendo cólera de lo que iba para sonrisa.

—San Daniel de Compostela, Patrono del Buen Gozo...

—¡Cómo necesitamos peregrinar hasta tu gesto todos cuantos deseamos conservar, en buen uso, la frente!

(ABC, 4 de noviembre de 1962)


jueves, 7 de noviembre de 2013

EL MATRIMONIO





Es una evidencia —no hay que recurrir a las estadísticas para comprobarlo— que el matrimonio también está en crisis. Pero aquí, creo, no se puede recurrir a esa especie de comodín con que se excusan ahora todos los trastornos: «crisis de crecimiento». Aquí, la cuestión es otra.

El hecho es que muchos cristianos están olvidando que en el matrimonio, bajo su forma de contrato, subyace un carácter más decisivo: el de Sacramento. Si valoramos el matrimonio nada más como contrato, está claro que no se le puede exigir indisolubilidad. Porque todos los contratos caducan, o se revocan, o son susceptibles de denuncia por una u ambas partes. Pedir perennidad y vigencia eterna a un contrato es pedir peras al olmo. Así es que desde el punto de vista puramente contractual, los partidarios del divorcio llevan razón.

Pero el cristiano en cuanto tal no puede pensar así. Aunque le vaya mal —muy mal incluso— en el matrimonio, no puede pensar así. Las nupcias no son para la felicidad permanente. La felicidad permanente, aparte de una utopía, no es el fin específico de la unión sacramental. Nos unimos los cónyuges para la felicidad cuando llegue, y para cuando llegue el dolor. Y no nos ligamos de hecho con las virtudes, o con los bienes, o con la belleza del cónyuge —que pueden ser cosas fungibles—, sino con el cónyuge todo entero. Al hacerlo carne de nuestra carne no quiere el sacramento que nos propongamos exclusivamente la materialidad de un placer. Es decir, la vida del desposado no se entrega bajo el aspecto unilateral de la mutua satisfacción. También se entrega para el mutuo dolor, puesto que el dolor, como decía Séneca, también forma parte de la naturaleza. El matrimonio es, por igual, fuente de posible alegría y fuente de posible sufrimiento. Pero alegría y sufrimiento compartidos. De tal forma que si el cónyuge respectivo tiene un defecto —aunque sea un gran defecto—, se incorpora al matrimonio, en fondo común, como defecto de los dos. Y hay que soportar, llegado el caso, las cargas físicas y morales, tanto si de él proceden como si proceden de ella. Y la enfermedad física o moral del consorte hay que aceptarla como propia, de la misma manera que como propios se aceptan sus caricias, su dinero o sus bondades. En el matrimonio se comprometen los sujetos y no solamente los objetos que se dan o que se tienen, contando entre los objetos el mismo cariño. De ahí su carácter irreversible. De ahí que no sea el matrimonio un simple contrato ya que en éste entran en juego objetos, pero no sujetos, es decir, personas. No puede cesar el matrimonio mientras no cesa la persona...

Que el matrimonio, pues, desde una apreciación mundana, entraña un riesgo y supone a veces una heroicidad, es indudable. Pero su carácter sobrenatural se rige por principios y valores que se cotizan de tejas arriba. Y éste es el único remedio frente a toda posible desventura. Dura es la ley, pero es la ley.

Creo, por eso, que la propedéutica del matrimonio cristiano que encarna el noviazgo no puede ceñirse a la absurda promesa de amores eternamente frescos. En el matrimonio cuentan muchos valores, entre los que no es el menor el del sacrificio. Holocausto es la unión sacramental y no simple intercambio. Objetivo suyo es el Amor más que los amores. A la vista de esto, el matrimonio exige, más que una preparación de besos —que por otra parte no necesitan prepararse—, una esencial preparación cristiana. (Aquella costumbre de que el párroco pregunte la doctrina a los contrayentes no es una simple fórmula.)

Porque si, ciertamente, el matrimonio se funda en el sexo y no puede prescindir del sexo, no menos cierto es que está llamado a rebasar el sexo. La sexualidad es la base del matrimonio, pero no es todo el matrimonio, de la misma manera que la base de la pirámide no es todavía la pirámide. Esto difícilmente se acepta en nuestro tiempo hedonista y desmoralizante. No se acepta que la felicidad posible del matrimonio no es una felicidad dada de antemano, sino, más bien, una felicidad a alcanzar. Y una felicidad de la cual el placer es sólo el estímulo, pero no el elemento constituyente. Si quienes se van a casar se persuadiesen de que el matrimonio no es un contrato de amores, sino una voluntad de amor, rara vez se produciría la disparidad. Pero es más: cuando nos convezcamos de que la disparidad posible entre los cónyuges no es causa suficiente de ruptura, se producirán automáticamente menos disparidades. Habrá más armonía cuando juzguemos que una accidental desarmonía no desata lo esencial.

En fin; será defendible el divorcio desde un punto de vista estrictamente natural. No lo es, en cambio, desde el punto de vista cristiano. Hay que persuadirse de que el cristiano es diferente. Y si nos decidimos a ser cristianos, tiene que hacerse con todas las consecuencias.


(ASÍ, 2 de noviembre de 1969)

lunes, 4 de noviembre de 2013

VIVOS Y MUERTOS





Noviembre es un mes inquietante para el espíritu. Con la caída de la hoja, cualquier hombre, a poca graduación que su sensibilidad alcance, siente lo perecedero de las cosas. No sirve lancear el tema. El tema —el de la muerte, sí— embiste ineludiblemente. ¿Cómo ignorarlo? Está ahí, sin remedio. Aunque nuestro tiempo intente esquivarla, aunque no la rodeemos ya de la solemnidad, probablemente  exagerada, de antaño —lutos pertinaces, imponentes catafalcos—, la muerte es algo sin remedio...

¿Sin remedio? Es una manera de hablar. Porque, cristianos como somos, sabemos o debemos saber, que la muerte es un fenómeno detrás de cuya apariencia se esconde la verdad más vital que imaginarse puede: la promesa de la resurrección y la vida eterna. «Muerte, ¿dónde está tu victoria?». Es el grito jubiloso que hace suyo la Iglesia en la liturgia de Pascua.

Sin embargo, de una u otra manera, la gente —usted, yo, todos— no estamos mentalizados, por usar un desafortunado vocablo que se emplea mucho ahora, respecto al tema inquietante. Preferimos aplazar su consideración y meditación. Y las «postrimerías» nunca tienen mucha prensa. Realmente, lo que sucede es que tenemos una incultura tremenda sobre la cuestión. Yo creo que habría que «culturizar» —tampoco me gusta esa palabra— el tema de la muerte. Pero culturizarlo, ¿qué sería sino cristianizarlo?

Que hay muerte, lo sabemos. Lo sabemos. Lo sabemos y, generalmente, nos desagrada. Que hay, además, juicio, infierno y gloria, son cosas que ya quiere saber bastante poca gente. Lo sorprendente es que, contagiados del ambiente, hay predicadores y directores de ejercicios espirituales que ya temen un poco hablar de las «postrimerías». En ocasiones, suelen ser los mismos que antes recargaban de tintas tenebrosas la misma meditación. ¿Por qué este cambio?

Noviembre, sí, es mes propicio para que el hombre se adentre en sus abismos. «Caña pensante» llamó al hombre aquel maravilloso filósofo, tan cristiano, poco citado hoy, Blas Pascal. «Una miseria que se conoce», agregaba el mismo pensador, refiriéndose siempre a la naturaleza humana. Realmente, no nos conocemos, no ahondamos en nuestro interior. Y cuando de vez en cuando lo hacemos somos ineptos para encontrarnos, para hallarnos y luego considerarnos en nuestra indigencia y en nuestra gloria. Más bien nos equivocamos al valorarnos porque nuestro instrumento para perforar la intimidad es generalmente la soberbia. Casi nunca, la humildad. Cuando es la humildad la que acierta, cuando ausculta. Cuando es la humildad quien da con el filón de nuestra auténtica «dignidad humana». Cuando, en fin, es la humildad quien nos da conciencia, de una parte, de la propia índole menesterosa. Y, de otra, de la personal «categoría». Categoría de cristianos redimidos, elevados, alzados por la Gracia.

Estupenda ocasión ésta de Noviembre para rogar a Dios por vivos y muertos, para unir vivos y muertos en el pensamiento y en la ofrenda.

(ASÍ, Núm. 11, 17 de noviembre de 1968)